Francisco Rico. Foto: Daniel Alonso/RAE

Francisco Rico. Foto: Daniel Alonso/RAE

Letras

Francisco Rico, un filólogo que escribía a la altura de novelistas y poetas

Su erudición nos dejó asombrados a mí y a mis compañeros de facultad. Ya hubiese querido que se me pegase algo de su prosa incisiva, perspicaz y deslumbrante.

28 abril, 2024 10:40

No lo hice hace ahora exactamente dos años, cuando Francisco Rico velaba la inminente celebración de su octogésimo segundo cumpleaños, y luego de hoy nunca ya borraré el último SMS que me envió. Yo le había mostrado mi gratitud por la verdad de lo que de mí decía en su libro de semblanzas sobre “filólogos y afines” titulado Una larga lealtad. Y él me respondió con dos escuetas palabras: “Gracias, chaval”.

Mantenía viva, quizá, la primera imagen que tuvo de mí, cincuenta años atrás, cuando me encontré cara a cara con él en el santanderino Palacio de la Magdalena. Cuando fui elegido director de la RAE escribió, así, un artículo en el que afirmaba conocerme desde “cuando universitariamente iba casi en pantalón corto”.

Efectivamente, recién acababa yo en aquel 1972 mis estudios de Filología Románica, y desde el año en que los comencé, me acompañó en la distancia la obra y figura de Francisco Rico. Pero un lustro atrás su edición del Lazarillo y Guzmán de Alfarache me había dejado tan asombrado como a mis compañeros de facultad por su erudición, increíble en un veinteañero, así como por su perspicacia crítica.

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Rico siempre puso por delante su condición de filólogo historicista, pero en 1970 La novela picaresca y el punto de vista representó ya una aportación magistral avant la lettre a una narratología que él nunca reclamaría para sí, pero que se mostró enseguida como la herramienta idónea para dilucidar la esencia formal de la novela picaresca como género literario.

Y años más tarde, a vueltas con el Lazarillo, cuya autoría tanto ha dado que hablar y que escribir hasta hoy mismo a los historiadores, Rico sentencia irrebatiblemente que en la novelita el anonimato era solidario de la autobiografía, pues para preservar toda la fuerza veredictiva de ese acto de lenguaje que es la carta noticiera, el anónimo escritor se esfumaba dejando como único sujeto de la enunciación al propio protagonista de la historia narrada, el pícaro del Tormes.

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Siempre reconoceré estas deudas, y la frase que tengo para expresar la admiración que le profeso a Francisco Rico es definirlo como “el más teórico de los antiteóricos españoles”. Y ya hubiese querido que se me pegase algo suyo en lo que es difícil que un filólogo académico y universitario pueda emularlo: su prosa incisiva, perspicaz y deslumbrante, a la altura de las mejores de nuestra literatura contemporánea (novelistas, dramaturgos y poetas incluidos).

Esta eminencia estilística está, además, acompañada por una impronta de suntuosa ironía, que campa frecuentemente por sus respetos desde el propio título de sus libros, como en Algo de fiebre, que encabeza uno de sus poemarios compuesto por algunas décimas y firmado por Alessandro Silva, o su opúsculo Primera cuarentena y tratado general de literatura. Dedicado esta vez a otro de sus heterónimos, Pacolete, resuelve en las meras cuatro páginas finales el arduo compromiso principal del empeño, y se abre con una declaración que define justamente a su autor: “A cierta altura de mi historia, y de la bibliografía, estas páginas dicen también la nostalgia de un modo de hacer más suelto y menos aburrido, más a la medida de un hombre y menos a la hechura de las escuelas”. En ello Francisco Rico quería seguir la estela filológica de un Poliziano y de su venerado Nebrija, a cuya lección y herencia dedicó uno de sus últimos libros cuando el quinto centenario luctuoso del gramático.

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He aprendido mucho de Francisco Rico. Leyéndolo y junto a él. En una de sus iniciativas más fértiles, el Centro para la edición de los Clásicos españoles; colaborando también en su magna edición de El Quijote y con el último de los 111 tomos de su Biblioteca Clásica, el gran legado que nos deja en la RAE para su cumplimiento total. También en su estela, y sintiéndome autorizado por su desenfado, me permití la travesura de traducir al castellano poemas gallegos bajo el seudónimo de Matilde Penalonga en su antología Mil años de poesía española.

Pero como modesto aprendiz de la Literatura comparada, no puedo ignorar la huella que dejó en mi formación nunca consumada esa precoz obra maestra de la tematología titulada en 1970 El pequeño mundo del hombre. Varia fortuna de una idea en las letras españolas, y la también juvenil Vida u obra de Petrarca: Lectura del Secretum, así como los libros italianos posteriores de Paco Rico sobre el propio Petrarca y Boccaccio.

No dejaré, finalmente, de mencionar esa monumental obra colectiva, de la que tantos fuimos y seguimos siendo agradecidos usuarios, que entre 1980 y 2000 representó la publicación de los sucesivos tomos y apéndices de la Historia y crítica de la Literatura española por él dirigida. Pero con la emoción contenida de quien ha perdido a un maestro pero también a un amigo querido, no dejaré de ponderar su generosa entrega al tutelaje y promoción de jóvenes filólogos como yo lo era cuando lo leí por primera vez, y luego tuve la inmensa suerte de conocerlo y tratarlo personalmente durante más de cincuenta años.

Darío Villanueva es catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Santiago de Compostela y miembro de la Real Academia Española, que dirigió entre 2015 y 2019.

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