El sol brilla y se proyecta con fuerza sobre el número 40 de la calle Villanueva de Madrid, en el corazón del barrio de Salamanca. Dentro de la galería de arte María Porto & David Bardía, los lienzos y esculturas parecen respirar. Hay color, buena energía y calma: un equilibrio perfecto entre emoción y belleza, entre talento y verdad.
De una de las paredes se abre una puerta que parece mágica y se escucha la voz de la anfitriona. “Dame un segundo, por favor. Pero antes dime: ¿quieres algo?, ¿estás bien?, ¿qué necesitas?”. Ella es María Porto (Madríd, 1969), la respetada y destacada galerista y coleccionista de arte, que abre las puertas de su casa a Magas con los brazos en cruz y una sonrisa que le ocupa todo el rostro.
María Porto se mueve entre las obras con una gracia y una naturalidad inauditas, como si fueran parte de su piel, como si la reconocieran. Está concluyendo una producción de moda con esta revista, pero tiene la energía de quien acaba de empezar el día. Es una máquina. Está perfecta, lúcida, serena, ideal en forma y fondo. Porto es un ser divino que habla del arte como quien habla de la vida. En realidad, es su vida.
Lo aprendió todo de su referente, su padre, el maestro Juan Antonio Porto, guionista de películas como El bosque del lobo, El crimen de Cuenca, Beltenebros, la serie de televisión La forja de un rebelde y La conjura de El Escorial, con la que concluyó su carrera. El genio de las letras falleció en febrero de 2021 a causa de la Covid.
“Mi padre es mi debilidad. Y hablo de él en presente porque tengo la teoría de que sigue conmigo. Me comunico con él. Tuve mucha suerte con él. Era un hombre raro para la época, en el sentido de que era avanzado, progresista. Vivíamos en la Gran Vía y, cuando le decíamos de jugar, nos sentaba a mis hermanos y a mí y decía: ‘Hasta que no pasen tres señoras con un abrigo de piel, no nos movemos’. ¡Y a lo mejor era otoño! Pero eso hacía que observáramos a la gente, que nos fijáramos en cómo vestían… Nos despertó el amor por buscar, por preguntarnos cosas, por ser curiosos”, explica Porto.
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Entre cuadros y esculturas, bajo la luz cálida que entra por los escaparates —y la suya propia, la que emana de su persona—, la coleccionista habla con pasión y con una ilusión que se transmite y contagia a través de su enorme mirada. Es mucho más que una galerista o una mujer sensible a lo bello: María Porto es un refugio de emociones, de armonía y de descubrimiento constante.
“Mi padre era un progresista, raro para su época: me enseñó a ser curiosa y el amor sin etiquetas”- María Porto
María, qué energía tan bonita se siente al entrar aquí. ¿Qué buscaba transmitir con esta galería? ¿Qué significa para usted este lugar?
Nosotros llevamos toda la vida en el mundo del arte, tanto David, mi socio, como yo. Para mí este espacio significa muchísimo, porque supone una vuelta a la primera línea de la galería. Trabajé muchos años en Marlborough y, en un momento dado, decidí cerrar el espacio físico y dedicarme a trabajar directamente con coleccionistas en compra y venta. Después de la pandemia sentí la necesidad de abrir un lugar que permitiera acercar el arte sin miedo, sin vértigo. Cuando conocí a David, decidimos convertir este espacio —que antes estaba más enfocado al mercado secundario— en una galería de primera línea. Ser galerista es una manera de vivir: tener una galería abierta es 24 horas al día, siete días a la semana.
¿Y qué sentimiento le despierta este proyecto?
Alegría, descubrimiento, investigación, solera. Aquí están presentes todos los grandes con los que he trabajado: Antonio López, por ejemplo. Este lugar es mi casa, pero me gusta que también sea la casa de todos. Me emociona cuando alguien entra y dice: “Guau, qué bien se está aquí”.
Usted ha vivido siempre entre arte. Si tuviera que definir con un hilo invisible todas esas etapas, ¿cuál sería?
La ilusión. La ilusión y la sensación de no haber trabajado un solo día en mi vida. Dicen que quien ama lo que hace no trabaja, y es verdad. Mi hijo, cuando era pequeño, me decía: “Mamá, a ver si lo amas un poco menos”, pero es que… esto es una forma de vivir. Llevo 33 años —empecé en el 92— y sigo manteniendo la misma ilusión que el primer día. Este trabajo te mantiene viva porque siempre descubres algo nuevo. En este trabajo nunca lo sabes todo: siempre hay un artista nuevo, un movimiento nuevo… Es como ser un niño de cinco años cada día.
¿Y cómo ha cambiado su manera de mirar el mundo a lo largo de estas tres décadas?
El ojo se educa. Soy mucho más reflexiva y tranquila. Antes era más impulsiva, creía que mi opinión era la única válida. Con el tiempo he aprendido que hay muchas miradas posibles y que hay grandes artistas fuera del mercado. También he aprendido la paciencia de sentarme delante de una obra que no entiendo del todo y dejar que me hable. No pienso que el equivocado sea el artista, sino que quizá hay algo que yo aún no he descubierto.
Esa forma de mirar también habla de su empatía. ¿La aplica del mismo modo en su vida personal?
Sí. Puede que a veces yo parezca muy boom, pero adoro intentar ponerme en los zapatos de los demás. Cuando alguien me dice “yo eso no lo haría”, pienso: “yo tampoco, quizá… pero, ¿qué ha vivido esa persona para hacerlo?”. Intento comprender a los demás desde ese lugar. No soy un ser perfecto, pero los intento comprender.
¿Quién fue la persona que le abrió los ojos al arte?
Mi padre. Desafortunadamente ya no está, falleció durante la pandemia, pero me enseñó a mirar la vida con libertad. Era un hombre intelectual, empático y muy avanzado para su época. Cuando vivíamos en una España no tan abierta, él ya me hablaba del amor sin etiquetas, de la amistad, del respeto. Crecí viéndole conversar en cafés con el mismo respeto a directores de cine y a los limpiabotas de la época. Él me decía: “De todo el mundo puedes aprender”.
Imagino que sería una casa llena de libros de cine, de música, de arte...
En casa teníamos todos los libros, y siempre nos pedía que tuviéramos curiosidad, que preguntáramos las cosas. Me enseñó a escuchar música clásica, a disfrutar de la ópera, a mirar con atención. Escribía los guiones y me los dejaba leer. Hizo la adaptación de La Regenta, El crimen de Cuenca… Fue un hombre maravilloso. Tuve la suerte de acompañarle hasta el final y de tener con él conversaciones preciosas. Me da mucha pena que él no esté, pero tengo mucha paz. Mi padre estuvo escribiendo hasta el día que se fue. Me dejó una frase escrita poco antes de morir que guardo como un tesoro: “Solo me llevaré lo que es mío, mi alter ego; todo lo demás se quedará con vosotros”. Y lo firmó JAP, sus iniciales, Juan Antonio Porto.
Qué hermoso legado, María.
Sí. Y por eso creo que sigue cerca, de alguna forma. Me enseñó tanto… que incluso cuando no está, sigue guiándome.
La vida dedicada al arte de María Porto, lejos del foco público: "Los galeristas somos una especie de confesores"
Ha mencionado antes a jóvenes artistas. ¿Le interesa más descubrir nuevos talentos o reinterpretar a los consagrados?
No podría elegir. Descubrir es muy bonito, pero también me gusta mostrar a artistas consagrados desde una mirada diferente. El año pasado, por ejemplo, cubrimos la fachada de El Corte Inglés de Serrano con una obra gigante de Luis Gordillo. Nunca había salido a la calle de esa forma, y fue un espectáculo. Pero acompañar a los que empiezan es emocionante. Me apasiona. Es un mundo difícil, lleno de puertas que se cierran. Vivir con ellos sus primeras ferias, sus primeras ventas, sus miedos… eso es pura emoción.
¿Podría mencionar algunos de esos artistas emergentes que van de su mano?
Por supuesto. Gonhdo, por ejemplo, al que tú conoces perfectamente, que lo entrevistaste para Magas, hizo su primera exposición con nosotros y hoy expone en Nueva York y China. Pepe Baena, al que descubrimos gracias a María López, la hija de Antonio López. Su evolución es fantástica: pinta Cádiz, el pescaíto, la sandía, la silla de playa… O la portuguesa Ana Malta, a quien descubrimos dando un paseo por Lisboa; hoy su obra viaja a ferias internacionales. También Robert Panda, un escultor al que vimos en Lisboa y que ahora trabaja en proyectos internacionales, o José Palacios, muy reconocido fuera de España pero poco conocido aquí. Qué curioso, ¿verdad? Triunfa en China, en Japón, en Reino Unido… Y después en su tierra. Y Ángela Mena, a la que descubrimos en Sigüenza. Es una sevillana con una técnica fascinante, a la que pronto dedicaremos una exposición.
Óleo sobre lienzo de lino de Ángela Mena, Vínculos salvajes
En un mundo tan digitalizado, ¿cómo se mantiene viva la experiencia física y casi espiritual de contemplar arte?
Tú lo has dicho: es que es una experiencia física y espiritual. Las redes sociales son maravillosas: permiten descubrir artistas, difundir proyectos. No estoy en contra, al contrario, hago cursos de inteligencia artificial para no quedarme atrás. Pero la experiencia de enfrentarse físicamente a una obra, de ver las texturas y los matices, es insustituible. Quiero ser una mujer contemporánea, quiero saber qué está pasando. La tecnología nos informa, pero no puede reemplazar el alma. Un cuadro pintado con emoción, con memoria, tiene algo que ninguna pantalla puede transmitir. Llevo toda la vida escuchando que la pintura ha muerto, pero mientras haya seres humanos, habrá quien necesite escribir, actuar o tocar un instrumento. No tengo nada en contra de las redes sociales: son un vehículo, pero nunca podrán sustituir la experiencia de ver una obra de arte en persona.
Usted es una mujer referente en el mundo del arte. ¿Qué papel tiene la mirada femenina en su galería?
Cada vez más importante. He tenido la suerte de trabajar con grandes artistas como Antonio López o Julio López, casados con mujeres extraordinarias —María Moreno, Isabel Quintanilla— que quedaron a la sombra de sus maridos, grandes artistas. Hoy los museos están recuperando sus obras, y eso me parece justo y necesario. El Thyssen acaba de hacer una exposición de Isabel Quintanilla, la mujer del escultor Francisco López.
¿Y en su galería?
En nuestra galería trabajamos con artistas como Ángela Mena, Amelia García Escoda o Ana Malta, entre otras. Pero es cierto que sigue siendo un mundo exigente, de soledad y disciplina.
“No tengo nada en contra de las redes sociales, pero nunca podrán sustituir la experiencia de ver una obra de arte en persona”- María Porto
Y usted, más allá del arte, en su vida personal, ¿ha sentido alguna vez el peso de estar “a la sombra de”?
He intentado que no, por carácter. Siempre he estado enfocada en mi carrera profesional, pero es verdad que cuesta quitarse el sambenito. Todavía vivimos en un mundo donde se dice “la mujer de…”, pero nunca “el marido de…”. Por suerte, los tiempos cambian. Y medios como el vuestro me han ayudado mucho a mostrar mi trabajo.
Eva Longoria estuvo casada con el jugador de baloncesto Tony Parker y contaba hace poco, en el documental de su amiga Victoria Beckham, que las mujeres de los otros jugadores se le presentaban como: “Hola, soy la mujer de…”. Y ella les decía: “¿Pero no tenéis nombre propio?”
¡Exacto! Yo nunca me he presentado como “la mujer de…”. No por nada, yo no reniego de mi expareja ni de mi actual pareja, pero es que ser “la mujer de…” no es un título. O al menos no es un título que haya que usar.
¿Y cómo vive esa relación con otras mujeres?
Adoro a los hombres, me parecen interesantísimos, pero no vivo en guerra con ellos. Lo que sí reivindico es que hay mujeres potentísimas, brillantes, y que el networking entre nosotras es maravilloso. Yo tengo grandes apoyos femeninos: amigas que son periodistas, abogadas, vicepresidentas de empresas, y que me inspiran cada día. Si necesito consejo profesional o emocional, levanto el teléfono y sé que estarán ahí. Quiero cargarme el tópico de que las mujeres somos envidiosas y nos ponemos verdes. Mis mayores apoyos son mujeres.
¿Qué le inspira más: la belleza o la verdad?
La verdad. Sin verdad no hay belleza.
¿Le han mentido mucho?
Todo el mundo engaña. A veces me dicen que soy ingenua, pero lo que soy es transparente.
Pero usted es muy observadora. Es difícil colársela, ¿no?
Me las han colado (ríe). Me han engañado, claro, pero prefiero eso a vivir con desconfianza. Creo que la belleza auténtica está en lo verdadero, incluso cuando no es “bonito”. Hay obras que, desde el canon estético, pueden parecer extrañas, pero si están hechas desde la verdad, tienen una belleza distinta, más profunda.
Ha estado cerca de figuras claves de la cultura y el arte. ¿Quién le ha dejado huella?
Muchos. Alex Katz, por ejemplo, me impresionó profundamente. Hizo una exposición el año pasado en el Reina Sofía. Antonio López me ha marcado por su mirada; Paco Calvo Serraller, por su paciencia y su sabiduría; y Pierre Levai, presidente de la galería Marlborough cuando yo empecé, que era una persona difícil, pero me enseñó la dureza del mundo del arte. También me marcan los jóvenes, los que empiezan con ilusión y vértigo. Y también me dejan huella las personas que no conocen la obra de un artista, pero que ven una pintura o una escultura y deciden llevársela a su casa para convivir con ella el resto de su vida… Eso me sigue poniendo la piel de gallina. Es mágico.
María, ¿y si el arte es una forma de resistencia: contra qué resiste usted?
Yo no resisto contra, sino a favor. A favor de la vida, del color, de la belleza, de esta conversación. Me resisto a la envidia, eso sí. La envidia es una carga pesada que impide avanzar. No soy envidiosa, y creo que eso me ha hecho libre. El padre de mi hijo nunca se ha ocupado de él, por ejemplo, y te digo que yo sola ya he superado: infancia, adolescencia, carrera, máster… ¡Ya trabaja! ¡Tengo la hipoteca pagada! Todo lo que tengo lo puedo invertir en arte y en crear. Quien envidia no puede ser feliz, porque siempre habrá alguien más guapo, más joven o más exitoso. Es una mochila de piedras.
¿Y qué le conmueve ahora mismo, fuera de los focos?
Las cosas más sencillas. Ir a una exposición, charlar con un amigo, pasear con mi chico por el campo, una comida en casa con mi hijo y su novia, un libro, un vino, una buena película.
Conservo a mis amigos de toda la vida, algunos desde los siete años, y me encanta descubrir personas nuevas. A mi edad sigo encontrando gente maravillosa. La vida está en eso: en los cafés, las risas, los pequeños momentos.
¿Y el futuro? ¿Cómo lo imagina? ¿Su hijo tomará las riendas de la galería?
Tengo 56 años y estoy fenomenal, pero sé que el tiempo pasa. No quiero que mi hijo se sienta obligado a seguir mi camino; quiero que haga el suyo. Trabajo con un equipo joven y me emociona pensar que ellos podrán continuar este proyecto algún día. Espero seguir muchos años con ilusión, con curiosidad, con ganas de aprender y de compartir.
Déjeme cerrar con una pregunta clásica. ¿Qué opina usted de esas obras provocadoras, como el plátano pegado con celo en la pared?
(Ríe) Mira, una cosa es el arte y otra el mercado del arte. Pero el arte siempre ha sido provocación y protesta. Duchamp ya lo hizo con su urinario y Warhol con sus objetos cotidianos. El arte tiene que hacernos pensar, reírnos, enfadarnos incluso. No me atrevo a juzgar la creación de nadie, porque cada artista nos está contando algo desde su verdad. Otra cosa es el precio que el mercado le ponga.
Y para terminar, dos deseos: uno personal y otro profesional.
En lo personal, ser buena persona, seguir manteniendo a mis amigos, que mi hijo y su chica sean felices, continuar con mi pareja —que por primera vez entiende mi mundo, porque también es galerista—. Y en lo profesional… virgencita, que me quede como estoy. Seguir trabajando con los artistas de siempre, creciendo con los nuevos y dejando algo bonito detrás. Que cuando alguien mire una obra y diga “esa fue mi primera exposición con María”, o piense “era una buena profesional”, sienta que he dejado una huella.
Trabajadora incansable, con un gusto infalible y una sensibilidad que trasciende, María Porto ha hecho del arte su forma de estar en el mundo. Cercana, atenta y vital, ha logrado convertir su galería en un espacio donde la belleza y la emoción conviven en equilibrio ideal. Un lugar, como ella misma, donde la luz siempre encuentra su manera de entrar.