Susan Neiman, filósofa, en la sede del Instituto Aspen en Madrid.

Susan Neiman, filósofa, en la sede del Instituto Aspen en Madrid. David Morales El Español

Mundo HABLANDO SOBRE EL MUNDO

Susan Neiman, filósofa: "Con Trump corremos el mismo peligro, quizá peor, que Alemania en 1932"

La directora del Foro Einstein, entusiasta socialista, critica con dureza la deriva woke de la izquierda y el "protofascismo" de Trump o Netanyahu.

18 marzo, 2024 02:21
Jorge Raya Pons Laura Mateo

Susan Neiman (Estados Unidos, 1955) se expresa con una urgencia apasionada, con una acumulación de palabras memorizadas o intuidas, pensadas o soñadas, que abruman como metralla. La filósofa de Atlanta luce una sonrisa levemente contradictoria, un contraste entre los gestos y los mensajes, y sus rizos sin dueño, como atraídos por decenas de campos magnéticos, ofrecen un aire distraído y sabio, y al tiempo una figura reconocible desde cualquier ángulo de visión.

La historia se repite cuando escribe, con vocación didáctica, entendible para el más lento, sobre una condición que le ataca los nervios: que la izquierda se vea representada por hombres y mujeres con mentalidad de tribu, y no por los universalistas de siempre, como ella, que ni siquiera cree que la identidad personal esté determinada por el sexo, la religión o la raza. A todo ello ha dedicado este libro, Izquierda no es woke (Debate), para reivindicar ideas como justicia o progreso, y para reparar en el daño causado por pensadores como Michel Foucault.

Estamos formados de supuestos filosóficos sonríe, con esa sonrisa levemente contradictoria—. Incluso si no hemos abierto nunca un libro de filosofía. Nos bombardean a diario en los medios con supuestos filosóficos que no mejoran el mundo, sino que lo empeoran.

Susan Neiman, filósofa: "Con Trump corremos el mismo peligro, quizá peor, que Alemania en 1932". Laura Mateo

En sus páginas resuenan Kant y Arendt, padre y madre de su obra, y sus nombres salen una y otra vez disparados desde la mente que dirige el Foro Einstein de Potsdam (Alemania), que recuerda sus cinco años como profesora de Filosofía en la Universidad de Tel Aviv ("cuando los tiempos eran políticamente muy distintos en Israel") y que arroja sus advertencias sin eufemismos. "Si esperamos hasta que se construyan campos de concentración para llamar a los protofascistas lo que son", escribe en su nuevo libro, "será demasiado tarde para detenerlos".

¿Cómo era aquella frase de Hannah Arendt? La esperanza y la certeza de que las cosas pueden ser de otro modo...

En realidad la tomé de Kant, como Arendt, que era una buena kantiana.

¿Conserva esa esperanza?

Siempre. Pero carezco de certezas, como Arendt y como Kant. Esa es la diferencia entre la esperanza y el optimismo. El optimismo es la certeza sobre cómo serán las cosas, y yo no tengo ni idea de cómo serán. Pero estoy extremadamente preocupada.

¿Por qué?

Nunca en mi vida he estado más asustada que ahora, con todo lo que está ocurriendo y cómo puede ser el mundo en diez años, o quizá cinco. La única razón por la que hablo de esperanza se debe a su contraste con el optimismo. La esperanza asume que es posible cambiar el curso de la historia. La hemos cambiado a mejor. La hemos cambiado a peor. Si alguien me hubiese dicho hace diez años que Donald Trump iba a ser presidente de los Estados Unidos y que tendría muchas opciones de ser más adelante reelegido, a pesar de cargar con 91 acusaciones penales, le habría dicho que está loco. Casi cualquiera se habría reído tras sugerir tal cosa. Así que podemos cambiar las cosas a peor.

"Necesitamos un frente de izquierdas que se deje de problemas simbólicos y se centre en el protofascismo"

Pero también a mejor.

Sí. Por eso para Kant, y más adelante para Noam Chomsky, la esperanza no es una emoción. Es una obligación moral. Si no tenemos esperanza, no tenemos posibilidad de cambio, y el camino que llevamos es extraordinariamente peligroso, por toda clase de motivos. El primero es, quizá, el más importante: la emergencia climática. Sólo puede resolverse con cooperación internacional, y no está siendo así. El segundo gran peligro es el auge en todos los continentes, y diría que en todos los países, de lo que yo llamo protofascismo, impulsado por la idea de que no existe nada parecido a la verdad, y por la desconfianza en los medios de comunicación. Los protofascistas han corrompido los medios de maneras inimaginables para las generaciones anteriores. No me pregunte por qué, a estas alturas, Donald Trump está cinco puntos por encima de Joe Biden en los sondeos.

¿No lo sabe?

No conozco a nadie que lo sepa. Podemos pasar el rato y comentar los factores que lo provocan, pero es una locura. Ojalá ese resultado no tuviese implicaciones para el mundo. Las tiene. Y ya vimos cómo la presidencia de Trump impulsó a Putin, a Bolsonaro, a Modi o a Netanyahu, quien está haciendo su parte para que Trump sea reelegido. Trump fue un ejemplo para los protofascistas del mundo. Si el presidente de los Estados Unidos actúa de esa manera, cuando los presidentes estadounidenses solían defender ideales, ¿qué no podrán hacer ellos? Quizá la razón principal por la que escribí este libro fue advertir de que corremos el mismo peligro que Alemania en 1932, o quizá peor, porque entonces no existía la crisis climática. Lo que necesitamos es un frente unido de todos los partidos liberales de izquierda que se deje de problemas simbólicos para centrarse en el auge del protofascismo, que se unan de la manera que no lo hicieron en la Alemania de 1932.

Susan Neiman, en una sala del Instituto Aspen durante la entrevista.

Susan Neiman, en una sala del Instituto Aspen durante la entrevista. David Morales El Español

Pero hay una generación de jóvenes de izquierdas que ven esas ideas de siempre como arcaicas.

No creo que sea una cuestión generacional. Comenzó siéndolo. Recuerdo que, en los sesenta, cuando nació mi conciencia política, también existían discusiones entre la nueva y la vieja izquierda. Cada generación tiene sus diferencias. El movimiento woke comenzó en las facultades de los Estados Unidos, pero sus ideas pronto dejaron de ser generacionales. Saltaron a Europa, para mi sorpresa, a los guardianes de la cultura, a los editores, a los medios, a los directores de museos, a personas de 50 y 60 años que, por alguna razón, se han visto esclavizados por esta ideología. Pero no es sólo para gente de su edad. Asumiré que tiene treinta y pico.

Treinta y poco.

Me lo figuraba, de la edad de mis hijos. Pero conozco a mucha gente en sus cincuenta y sus sesenta que piensa, también, que las viejas ideas de la izquierda están agotadas.

¿A qué se debe?

Hemos olvidado lo que sucedió en 1991, y dónde se encontraba la izquierda entonces. El colapso del socialismo real pudo abrir otras posibilidades. Mucha gente hablaba, por ejemplo, de los dividendos de la Guerra Fría. De que, en lugar de gastar cantidades terribles de dinero en la compra de armas, ese dinero se podría destinar a un sistema de derechos sociales global. Malala calculó que, con los beneficios de la industria armamentística en ocho días, se sufragarían doce años de buena educación para cada niño del planeta. La gente hablaba de esto. La gente hablaba de un mundo sin bloques. Y muy rápidamente, en los mismos años noventa, emergió un movimiento económico y político, y también cultural, que promulgó que cualquier forma de socialismo conduce al gulag. De modo que no había otra alternativa que el neoliberalismo. Y mi percepción es que la psicología evolutiva contribuyó a su asentamiento.

¿Por qué?

Porque sostiene que las personas estamos programadas para querer poder y propiedades. Que el consenso internacional es que todos queremos el último iPhone. ¿Ideas como la justicia social? [Emite un sonido de desprecio]. ¿Quién sigue creyendo en eso?

"El tribalismo siempre será más sencillo que el universalismo: ser universalista requiere un esfuerzo de abstracción"

Los idealistas.

¡Exactamente! Y en esa división del mundo entre el idealismo y el realismo se presupone que sólo las cosas, como las mesas o las sillas, las armas o el grano, son reales. Pero hay ideas, como la justicia, que han cambiado la realidad. Y esa es la finalidad de las ideas. Es una visión generalmente kantiana, una en la que he creído y he trabajado prácticamente toda mi vida. Ahora el idealismo es un objeto de burla, algo desechable. Las ideologías que tenemos ahora se sostienen sobre personas como Michel Foucault o Carl Schmitt, o sobre la psicología evolutiva, que ni siquiera es una ciencia. Es una ideología. Y todas estas cosas se combinaron para convencernos de que cualquier movimiento internacional que persiga una solidaridad genuina y una justicia genuina será una cosa tontorrona y pasada de moda.

Y ahí está, a su juicio, la izquierda ahora mismo.

Ahí está. Este enfoque ha provocado que cuestiones simbólicas, pequeños casos de discriminación, hayan pasado a un primer plano. A principios de siglo, la gente perdió la esperanza sobre las opciones de introducir cambios reales y globales.

Ni siquiera hay líderes mundiales que representen a esa izquierda, pero a la derecha le salen los referentes de debajo de las piedras.

El tribalismo siempre será más sencillo que el universalismo. Ser universalista requiere un esfuerzo de abstracción. Requiere ser capaz de abstraerte de que tenemos distintas apariencias, distintos géneros, distintos idiomas, distintas costumbres, y sin embargo advertir que todos compartimos el potencial para la dignidad humana. Para ver estas cosas es necesario abstraerse, y lleva trabajo. Fue un logro de la Ilustración, en el siglo XVIII, y hemos olvidado que lo fue. Incluso nos burlamos. ¡Oh, derechos humanos universales! Bla, bla, bla. ¿Acaso no se violan sistemáticamente? Pero, como ideales, funcionan de maneras que hacen posible mejorar el mundo. Lo woke es una reacción a estos movimientos, pero una reacción muy destructiva, y sólo vuelve a los trumpistas, digamos, más locos todavía.

Susan Neiman, en una sala del Instituto Aspen durante la entrevista.

Susan Neiman, en una sala del Instituto Aspen durante la entrevista. David Morales El Español

Se retroalimentan. Y finalmente ves activistas que no sólo no condenan las atrocidades de Hamás en Israel, sino que arrancan las fotos de los rehenes de las plazas públicas.

Sí, así es. Las cosas han empeorado tras el 7 de octubre. He tratado de ser la voz de la razón en Alemania, tanto en los medios de comunicación como en mis intervenciones públicas. Y en cierto modo Joe Biden no es mi político favorito, pero dijo lo correcto cuando viajó esa misma semana a Israel. Y fue muy significativo porque no es habitual que un presidente de los Estados Unidos critique la política exterior de su país en el extranjero. Fueron palabras mayores que se pasaron por alto. "Mirad", dijo, "entiendo vuestra rabia, pero no repitáis nuestros errores tras el 11-S".

Sí, lo recuerdo.

Me alegro, porque no hay demasiada gente que lo recuerde. Uno pudo sentirse horrorizado por los ataques de Al Qaeda del 11 de septiembre y, al mismo tiempo, por las acciones de las tropas de Bush en Afganistán e Irak. No hay razón para no decir que ambos fueron crímenes de guerra. Todo esto parece obvio, y sin embargo nos encontramos rápidamente con esta decisión woke de reducirlo todo a una lógica de equipos. Y puede que haya dicho esto 200 veces, así que lo diré una vez más. No soy proisraelí. No soy propalestina. Esto no es un partido de fútbol. Soy pro derechos humanos. Cada vez que lo digo, me responden que claro, por supuesto, cómo no. Debemos dejar de hablar en estos términos.

"Mientras las élites discuten sobre pronombres de género, muchas no pagan el alquiler con sus pensiones"

¿Y qué viene luego?

¡Vuelven a hablar en esos términos! Entiendo que es más fácil así, ayuda a fortalecer la idea de equipo. Y no sé si ha llegado a España, pero en Estados Unidos circulan vídeos en los que se pregunta, a quienes gritan "Palestina, del río al mar", a qué río y qué mar se refieren. Te encuentras de todo. No lo sé. Quizá el mar Negro. Quizá el río Nilo. ¿Cómo puede tomar partido sobre el conflicto en Oriente Medio alguien tan desinformado? Eso no es activismo. Eso es un fan defendiendo su equipo de fútbol. Desde luego, Netanyahu y sus seguidores sólo empeoraron las cosas al utilizarlos para atrincherarse y decir: "¿Veis? Todo el mundo está contra nosotros".

¿Qué será lo siguiente para Netanyahu?

Los principales intereses de Netanyahu son seguir fuera de la cárcel y la reelección de Trump. Netanyahu piensa en el panorama general. Y mire, Chomsky dijo en 2020 que podía ser el año del fin del mundo, porque la última oportunidad de prevenir la catástrofe climática se iría al traste con la reelección de Trump. Comparto esa idea. Netanyahu conoce bien la política americana. Sabe lo que hace. Sabe que, manteniendo la guerra, ayuda a la reelección de Trump. Es horrible.

Y mientras tanto los europeos miramos a su otro país, Alemania, porque no asume un papel más protagónico en la defensa de Ucrania y porque la extrema derecha es la segunda fuerza en las encuestas. ¿Qué esperar?

Sólo soy una filósofa. No soy profeta. Pero puedo decirle algo sobre el Gobierno alemán que va en sintonía con el mundo. Los datos no son buenos y este Gobierno es un desastre. Pero no lo es, únicamente, porque Scholz no sea el político más talentoso del planeta… [Guarda unos segundos de silencio].

Susan Neiman, en una sala del Instituto Aspen durante la entrevista.

Susan Neiman, en una sala del Instituto Aspen durante la entrevista. David Morales El Español

Ha sido muy amable.

No me tire de la lengua [Ríe]. Tengo motivos para ser cuidadosa a la hora de hablar del Gobierno alemán. No todo el mundo se da cuenta de por qué esta coalición ha sido tan problemática. Está compuesta por tres partidos. Dos son de centroizquierda [los socialdemócratas y los verdes] y uno, de centroderecha. Este último es, en esencia, un partido libertario. Apenas cuenta con el 10% del voto, pero no habría coalición sin ellos e insistieron en tener ministerios críticos, como el de Finanzas. Los españoles ya saben cómo van las coaliciones.

Sí, algo hemos aprendido.

Los libertarios han impedido a este Gobierno hacer políticas buenas contra la crisis climática o para el avance hacia más justicia social. Y una de las razones por las que crece la extrema derecha en Alemania es que, mientras las élites discuten sobre los pronombres de género, muchas mujeres en el este no pueden pagar el alquiler con sus pensiones. ¿Qué se supone que tienen que hacer esas mujeres con un pronombre de género? Aparte está el caso de los verdes. ¿Por qué se ve esto en las encuestas cuando los verdes llegaron a tener, antes de las últimas elecciones, una estimación de voto de entre el 30 y el 40 por ciento? ¡Más que los socialdemócratas!

¿Qué ocurrió?

Los verdes se hicieron woke. Todos se hicieron woke. Decidieron que no podía haber tres hombres como cabeza de candidatura. Tenía que haber una mujer. Los partidos alemanes, o al menos los de izquierda, tienen dos personas al frente. Un hombre, una mujer. No importa. Está bien. Aunque no creo que las identidades de las personas estén determinadas por su género. Pero es que, en este caso particular, fue especialmente doloroso. El hombre [Robert Habeck] era mucho mejor.

"¿Quién puede sustituir a Biden? El temor es que a Kamala Harris le vaya peor contra Trump"

¿Mucho mejor?

Muchísimo mejor. Mejor orador, mejor pensador, escritor. Escogieron a la actual ministra de Exteriores [Annalena Baerbock], de quien se descubrió que plagió su libro de campaña. Los verdes bajaron en los sondeos y ella es una mala ministra, y estoy segura de que la idea original de que escogiesen a una mujer independientemente de quién fuese la persona más indicada para el trabajo ha debilitado a los verdes hasta un apoyo de poco más del 10%. La gente acusa a Scholz de todo, pero pierde de vista lo demás. Si el Gobierno hubiese comenzado con otra base, estaría en estos momentos en mejor forma.

También critican muchos demócratas a Biden por no retirarse de la carrera contra Trump, a la vista de que es un blanco fácil.

Sí, muchos piensan que sería un buen movimiento. Pero ¿quién puede ocupar su lugar? ¿Kamala Harris? El temor es que le vaya peor que a Biden. Por eso se habla, en estos momentos, de una convención abierta. Tengo un amigo muy bien relacionado que predijo que estaba todo decidido y Biden estaría jubilado para el Día de Acción de Gracias. No fue así. Y lo más peligroso que puede pasarle al mundo entero es que Trump salga reelegido. Biden ha sido un buen presidente en política interior. No tanto en la exterior. Pero lo que importa ahora es la percepción pública de quién puede ganar. Ciertas personas plantean que Biden puede seguir siendo presidente, pero dudan de si está en forma para sobrevivir a una campaña presidencial. Yo no estoy segura de que pudiese hacerlo, y soy mucho más joven que Biden.

Yo tampoco.

Algo así exige un temperamento especial. Sólo cabe esperar. Pero, a estas alturas, cambiar a Biden sería una buena idea.