El Cultural

Música y arte: encuentros de ruidos en una radio muda

Abel Hernández
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Siempre me ha intrigado el gran secreto que rodea la relación entre música pop y arte contemporáneo. Resulta de lo más divertido comprobar cómo ciertos tabúes siguen actuando bajo la seda de su silencioso influjo y el conocimiento de tal reciprocidad parece cosa de sabios investigadores que escriben la Historia de las ideas estéticas o de detectives de los rastros de carmín de la Historia de lo revolucionario. Aún hoy es raro encontrar alusiones o exposiciones dedicadas a la interconexión de lo visual con su coetánea música y a veces parece que uno va a tener que salir corriendo si dice que ambos mundos se tratan constantemente y no precisamente a escondidas.

La cuestión se las trae y llevaría consigo una reflexión profunda y una investigación que seguramente excede las capacidades de esta columna de aire. Pero, así de primeras, tengo la impresión de que tal fenómeno de ocultismo tiene que ver con la noción de Bella Arte ligada a la pintura, escultura y arquitectura, disciplinas todas ellas donde el tiempo y el espacio quedan reducidos a un marco concreto y paralizado. Pero ¡hace tanto tiempo que las artes plásticas no son necesariamente pintura o escultura! Sí, hace mucho ya que el artista plástico se expresa mediante performance, vídeo, cine, diaporama, que la escultura puede acompañarse de proyección y hasta ser un todo con ello, que la pintura forma parte de montajes o cuando no instalaciones más complejas donde a menudo el tiempo y el espacio juegan un papel fundamental, etc. Las artes plásticas llevan décadas usando el tiempo y el ritmo como materiales esenciales, con obras que controlan la secuencia cronológica. Tiempo y espacio, las dos coordenadas elementales de la música (y, me atrevería a apuntar, especialmente de la música pop), son también ya propias de la creación plástica. Prometo detenerme en esto en una próxima ocasión pero, siguiendo el bote pronto de esta impresión primera, parece claro que la relación música-arte contemporáneo va más allá de las retroalimentaciones y mutuas enormes influencias...

(No hay más que ver lo que hace, por ejemplo, Anri Sala, hoy tan de actualidad por su expo en el Pompidou de París).



En las últimas semanas una buena nueva ha vuelto a ponernos tras la pista de un doble despertar a la conciencia de tal evidente relación: el grupo más importante de la historia del pop alemán y continental, Kraftwerk, uno de los grandes pioneros de las músicas y los sonidos electrónicos y de cierta "alta cultura" (sic., pero no hay espacio) aplicados a la canción popular y a los esquemas del Rock, habían ocupado con estruendoso éxito (entradas agotadas en minutos, esa pareja del Upper East Side ofreciendo entradas a otra pareja a cambio de un encuentro sexual...) las salas del MoMA.

Entre el 10 y el 17 del pasado abril, con Kraftwerk-Retrospective 1 2 3 4 5 6 7 8 la banda de Düsseldorf ha desplegado un recorrido cronológico en directo de sus ocho álbumes: Autobahn (1974), Radio- Activity (1975), Trans-Europe Express (1977), The Man-Machine (1978), Computer World (1981), Techno Pop (1986), The Mix (1991) y Tour de France (2003), acompañando su música de flamantes proyecciones en 3D. A la par de los conciertos se ha montado una muestra visual y sonora del material (algunos inéditos) creado por el grupo.



No es la primera vez que el museo de Nueva York cede su espacio a contenidos que tienen que ver con la música popular. De hecho, desde hace unos años ha montado diversas exposiciones con las que ha querido escudriñar desde distintos ángulos la relación entre el pop surgido desde mediados de los cincuenta y las artes plásticas. Sobre todo en sus márgenes. Así, su cita em>Look At Music se ha venido dedicando en sucesivas ediciones (tres si no me equivoco) a la relación entre las escenas experimentales neoyorquinas musical y artística durante más de tres décadas, desde de los 60 hasta los 90, el disco, el club y el concierto musical como epicentro artístico (como volcán cuya lava habrían arrastrado luego los artistas plásticos hasta sus talleres), o a la relación entre arte, diseño y música.

En los últimos años las exposiciones que tienen en consideración lo musical como elemento central van poco a poco saliendo del limbo y llevándose a cabo. Incluso en España ha podido verse la colosal itinerante Sensational Fix con el grupo Sonic Youth como vórtice de un movimiento artístico multifocal donde el ruido, cierto atavismo tribal y mística colectiva del rock, la energía del caos, el flujo de elementos y la disonancia punk, compondrían el retrato de una forma social y de una revolución cultural. En ésta, como en menor medida ocurriera en aquella Rock My Religion de Salamanca, la música pop se proponía como vehículo de exploración en contextos culturales y sociales.



Pero me parece que aquí la noticia que da pie a la reflexión no es tanto que los formidables Kraftwerk (que algún día también tendrán su columna) hayan "llegado" a las salas del MoMA, sino que un grupo de pop, especial, intelectual, arty donde lo haya pero de pop al fin y al cabo, sea tratado como material artístico vivo por un centro de arte moderno.