Las tormentas tempranas tronaban y tornaban en trampantojos a los tragontinos trompeteros del tranquilo jardín. Las triviales trinitarias trepaban por los trenzados emparrados translúcidos. Trufados tréboles al tresbolillo trazaban en el terreno estrellas de triste terciopelo. El trigo se mecía trémulo y las serpenteantes parras trenzaban trabéculas.
Trunaldo, el trampero, se atrevió travieso, en una más de sus tremendas tropelías, a traspasar a trancazos los travesaños transfronterizos de los fresnos de la ribera, hasta ayer transparentes y repleta de truchas. Un potro lo transportaba al trote, y a veces al trantrán, hasta las terroríficas troneras, mientras las trompetas transgredían el trino de los tordos y los trompos de las rapaces.
Al llegar a la trastienda de Trelon llenaban de tranza el vientre, hasta entrar en el trance de disfrutar sus trofeos. Cuanto más triunfa la trampa de aquel aquelarre, sembrado por dragones de redes, más se agradan trazando tórridas carreteras por donde discurrirán los trotamundos y traperos provenientes de tierras yermas.
Desde sus tronos con sus impertinentes, atrevidos y procaces troleos provocan truculentas tristezas con estruendos guerreros. Su teatral rostro era puro teatro de la traición, de la extravagancia trágica, de la contrastada intriga.
Disculpe el lector que le haya distraído con este trabalenguas cargado de aliteraciones, pero mi sencillo cometido era visualizar la fiereza en nuestro léxico de la combinación de la oclusiva te, la vibrante erre, en especial cuando se hace doble con repique, y el acento prosódico lo marca la eme o su hermana menor la ene. Pero aun más temor infunde cuando se convierte en onomatopéyico para gobernar.