Fotograma del documental '7291', sobre los muertos en las residencias de Madrid durante la pandemia.

Fotograma del documental '7291', sobre los muertos en las residencias de Madrid durante la pandemia. RTVE

Columnas LA CAMPANA

Los documentales, o el disfraz para los linchamientos virtuosos de la izquierda

Nuestro corazón sangra por los fallecidos en las residencias de Madrid. Que sólo sea por los de Madrid revela la insinceridad, pero todo da igual.

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Una mujer socorre de un accidente de tráfico a un escritor al que admira profundamente, lo acoge en su casa y lo cuida, y él lo agradece dándole con una máquina de escribir en la cabeza.

Un xenófobo persigue a un emigrante centroeuropeo por Londres y no para hasta clavarle una estaca de madera en el corazón.

Un energúmeno desaliñado recorre un rascacielos matando gente y riendo como Santa Claus, y acaba lanzando a un tío con barba desde el último piso.

Fotograma del documental '7291', sobre los muertos en las residencias de Madrid durante la pandemia.

Fotograma del documental '7291', sobre los muertos en las residencias de Madrid durante la pandemia. RTVE

Son versiones alternativas de Misery, Drácula, y La jungla del Cristal que obtendríamos con un manejo selectivo de la cámara y el foco. Basta con apagar las luces, enfocar a otro sitio y eliminar del montaje final las escenas (por importantes que sean) que contradigan el guion previsto para obtener cualquier historia, por disparatada que sea. El secreto está en enfocar exclusivamente los detalles que la confirmen.

¿Qué necesidad hay de explicar que Annie Wilkes ha roto previamente las piernas al escritor si lo que queremos (digamos) es denunciar el heteropatriarcado que exuda el señoro escritor?

¿Por qué tenemos que estigmatizar a Drácula contando que chupa la sangre a los fulanos que atrapa, si el que nos cae mal es Van Helsing?

Lo curioso es que este modo desenfadado de contar historias a veces se camufla bajo el formato, aséptico y neutro, del documental. Han pasado veinte años desde que Michael Moore rodara uno muy sesudo para echar la culpa de la matanza de Columbine (llevada a cabo por dos tarados) al sistema en general y a Charlton Heston en particular.

Desde entonces esta técnica se ha llevado a extremos sorprendentes.

En 2014 se estrenó Ciutat Morta para denunciar la injusticia de mantener encarcelados a unos pobres jóvenes que se habían limitado a interrumpir un desahucio. Recibió muchos premios, le gustó mucho a Julia Otero y sirvió a Ada Colau en su carrera hacia la alcaldía.

El caso es quelos pobres jóvenes no estaban en la cárcel por interrumpir el desahucio sino por dejar parapléjico a uno de los agentes que lo llevaba a cabo, pero el manejo del foco permite eludir cuestiones incómodas. Una vez liberado uno de los pobres jóvenes no tuvo más remedio que matar a un paisano por llevar unos tirantes con la bandera de España, pero de momento no ha habido más documentales sobre el asunto.

Obviamente la condición necesaria para colar estas producciones es una audiencia predispuesta. Para presentar a un vampiro chupasangre como una pobre víctima de su perseguidor es necesario tener espectadores, digamos, transilvanos con muchas ganas de aplicar la antorcha a Van Helsing. O, más bien, deseosos de que el director les señale a alguien para usarla, que siempre suele ser el mismo.

Se necesita, en suma, una audiencia predispuesta al linchamiento virtuoso.

El documental de las residencias de mayores de la Comunidad de Madrid cumple perfectamente estos requisitos, tanto por parte de los productores como de la audiencia.

En una pandemia, en la que la prevención se subordinó al oportunismo político, la cámara evita a Fernando Simón (como mucho habrá un par de casos porque el animal que transmite la enfermedad sólo está en China), a Carmen Calvo (nos va la vida en acudir a la manifestación), y a medios y cómicos gubernamentales restando importancia al virus.

Pasa por alto la imagen de los hospitales al borde del colapso y de los profesionales sanitarios atendiendo sin la debida protección.

Ignora (como todos nosotros entonces) al vicepresidente haciendo negocios corruptos con las mascarillas.

Sobrevuela, en fin, un escenario con 120.000 muertos y se enfoca en los producidos en las residencias de una única comunidad.

¿Fueron peores sus cifras? No. ¿Hizo algo distinto que las demás? Tampoco.

Pero al espectador transilvano le basta. Ya puede canalizar su propensión al linchamiento camuflándola con una máscara virtuosa: nuestro corazón sangra por los fallecidos en las residencias de Madrid. Que sólo sea por los de Madrid, revela la insinceridad, pero todo da igual.

En realidad, hemos perdido mucho tiempo intentando razonar con ellos porque en todos los linchamientos a los que hemos asistido les hemos concedido una presunción de buena fe.

Es mejor dejar de hacerse ilusiones y entender que, siempre que necesite alcanzar o mantener el poder, o desviar la atención de sus manejos, la izquierda puede utilizar cualquier desgracia para enardecer a sus adeptos transilvanos y convertir a la derecha en chivo expiatorio.

No lo llamemos política porque todo es bastante más primitivo.