Serafín Marín. Foto: Sergio Enríquez-Nistal.

El torero catalán torea este domingo en Las Ventas, en el marco de la Feria de Otoño

El toreo tiene un componente heroico indiscutible. Un hombre, con un trapo rojo, delante de un animal de 600 kilos armado con dos pitones capaces de atravesarle. Ese heroísmo se eleva -como mínimo- al cubo si el hombre que se tiene que poner frente al toro está zarandeado por miles de vaivenes emocionales. Como si un funambulista se sube al alambre justo cuando le ha dejado su novia. Serafín Marín (Moncada y Rexach, Barcelona, 1983) ha encarnado estos días esta versión de héroe sobredimensionado. A él le cupo el triste honor de cerrar un capítulo esencial en la historia de su tierra, Cataluña, donde la lidia pasará a ser en enero un arte ilegal. Hundió la espada en la carne sexto morlaco de la tarde y ahí se acabó una tradición de más de seis siglos. Esa corrida la vivió Marín muy nervioso, muy presionado, con la cabeza plagada de pájaros negros de tristeza. Estos días se repone en una finca de Trujillo de tanta agitación. Su intención es llegar sereno y firme al paseíllo de este domingo en Las Ventas y centrarse únicamente en el objetivo de todo torero: "Cortar orejas".



Pregunta.- Se resiste a pensar que ese toro que mató el domingo será el último que se matará en Barcelona. ¿Qué le hace conservar la esperanza?

Respuesta.- Que se recojan las 500.000 firmas necesarias para sacar adelante la Iniciativa Legislativa Popular. También está el recurso en el Constitucional y el cambio de Gobierno también puede favorecernos... No quiero perder la esperanza. De todas formas, en lo que más confío es en la firmas. Hace un mes y medio creo que ya había 350.000 recogidas.



P.- ¿Pudo torear abstrayéndose de todas la connotaciones extras que tenía esa corrida?

R.- No, no fui capaz. Fue una corrida muy difícil y no la pude disfrutar. En el primer toro estaba muy nervioso. Creo que se me notó mucho. Me sentía muy presionado, con muchas emociones bailándome dentro y muy triste. Sobre todo, muy triste.



P.- ¿No le ha agobiado haberse convertido casi en una especie de mártir, en un símbolo del mundo taurino?

R.- Sí, ha sido muy agobiante. Durante una semana casi no me pude despegar el teléfono de la oreja. Todo el mundo quería hablar conmigo. Y como a mí me gusta atender a todo el mundo... Ha sido increíble la repercusión mediática. El lunes, cuando me levanté a las diez de la mañana, ya tenía 74 llamadas perdidas en el teléfono.



P.- ¿Con qué se queda de esa tarde?

R.- Con el cariño del público, sobre todo. Ese día se volcó. Nunca había vivido algo así en toda mi carrera.



P.- ¿Hasta dónde le llevaron los aficionados que le sacaron a hombros?

R.- Por toda la Gran Vía, el Paseo de Gracia. Íbamos al ayuntamiento pero al final no nos dejaron. Al final acabé en el Hotel Omm, que es donde estaba José Tomás.



P.- ¿Llega a Madrid con la cabeza despejada?

R.- Llegó con mucha responsabilidad. Con presión también, pero una presión distinta a la del domingo pasado. Esta fue una presión mediática y la de este fin de semana estrictamente taurina, la de torear en una plaza tan importante, que me ha marcado mucho.



P.- Nos acercamos al final de la temporada. Es tiempo de balances. ¿Cuál es el suyo? ¿Siente haber crecido como torero?

R.- He hecho buenas cifras. Si no pasa nada torearé 27 corridas [le quedan Zaragoza y Ávila], y me perdí siete por la cornada. Dentro de lo que cabe ha sido buena. De tres tardes en Madrid, en dos en dado dos vueltas al ruedo. En Barcelona, en las tres que he toreado he salido por la puerta grande. En Albacete porque fallé con la espada, sino hubiera salido también por la puerta grande. Me quedan todavía tres exámenes en los que me tengo que entregar para quedar bien colocado en la parrilla de salida de la próxima temporada.



P.- ¿Sacará el capote reivindicativo en Las Ventas [en Barcelona sacó uno donde podía leerse la palabra 'libertad']?

R.- No, ese era para la corrida de Barcelona. Ya se han acabado las reivindicaciones. Ahora sólo pienso en cortar orejas.



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