La última vez que vi a Mark Strand fue hace dos años, cuando aún vivía en Madrid. Me recibió en su casa para una entrevista que nunca podré publicar: siempre prefiero tomar notas a grabar, pero aquel día tenía ganas de cháchara y me confié a la técnica; y la técnica falló. De memoria sé que hablamos de sus primeros ensayos como pintor, de Rafael Alberti, de quien decía que físicamente era igual que una bruja (se sentía orgulloso de la comparación, porque la repetía mucho), de su amistad con Octavio Paz (pese a que unos años atrás, comentando algunos de los poemas del mexicano en la Residencia de Estudiantes, decía con estupor para sí mismo: “Para un poeta norteamericano es difícil aceptar que esto sea un poema”), de cómo se había negado a traducir los poemas de Joseph Brodsky pese a su amistad, porque sabía que Brodsky era el peor traductor de sí mismo e incapaz de dejar trabajar a sus traductores en paz, y de algo que parecía preocuparle en los últimos tiempos: si había o no humor en sus poemas. Hablamos mucho del humor en la poesía de otros, del humor que le gustaba y que, decía, no era capaz de introducir en sus propios poemas, aunque no le faltase: después de la entrevista me condujo hasta su biblioteca (la había trasladado entera desde Nueva York, y a uno le entraron ansias de ladrón nocturno, de revisar a fondo aquella biblioteca de la que sólo los lomos anunciaban tanta maravilla), me regaló un ejemplar de su libro The Monument y en la dedicatoria dibujó su propia lápida con fechas y todo, aunque la de muerte, desde luego, era más lejana que el sábado pasado. Me lo pasó para que lo viera al momento con una media sonrisa maliciosa, como diciendo: ¿ves cómo sí que tengo sentido del humor?

Sentido del humor y, también, mucha curiosidad. Quería aprovechar que vivía en España para volver a traducir. Lo había hecho ya años atrás, cuando tradujo al inglés la poesía de Rafael Alberti, precisamente (“había que empezar por algún sitio y empecé por la A”, decía, otra vez con media sonrisa), y a unos cuantos poetas brasileños para la antología que editó su amiga Elizabeth Bishop. Alguien le había recomendado, me parece que me dijo que Luis Muñoz, que lo retomase en Ángel González, y andaba pensando en ello pero también quería leer más poesía española reciente, y me pidió que le enviase algunas referencias, antologías sobre todo, para leer, que él se pasaría a comprar los libros por La Central, por donde pasaba a veces.

Escribo estas líneas, sí, porque Strand, que había nacido en 1924, murió el sábado pasado, aunque a estas alturas, unas cuantas necrológicas después, ya sabrán ustedes que desconfía uno bastante de eso de la muerte, y que en la mayoría de las cosas para quienes no éramos sus amigos íntimos Strand seguirá tan vivo como lo estaba. Su poesía está muy traducida al castellano, en versiones a veces tan dispares que nos alertan de las muchas lecturas que la aparente sencillez de sus poemas esconde siempre. A mí su poesía siempre me sugiere matiz, finura, suspense: en sus poemas siempre pasa algo de lo que es muy fácil no darse cuenta. Reclaman toda nuestra atención y complicidad. A él le gustaba mucho la pintura de Edward Hopper, sobre el que escribió un libro que aquí publicó Lumen; pero sus poemas hablan de lo que sus personajes llevan escondido en el bolsillo, o en cualquier otro sitio. La almendra de sus poemas no se descubre a simple vista. Ahora, siempre que acabe de releer uno de sus poemas (en Estados Unidos acaba de editarse su poesía completa, de la que pensaba uno hablar en breve) y llegue a esa almendra, veré su media sonrisa al tenderme su libro con el dibujo de su lápida y pensaré que sí, que también la muerte es una broma, y ni siquiera de las más pesadas.

 

El hotel de la playa

Fíjate, ¡el barco ha zarpado sin nosotros! Y hay viento del este,

y el próximo barco no pasará hasta dentro de un año.

Volvamos al hotel de la playa, donde nunca deja de llover,

donde el jardín, verde y en penumbra, advierte,

con el más extraño de los susurros,

“cuidado con la invasión”. Podemos caminar,

podemos visitar a los muertos, de punta en blanco

en sus pálidos pijamas, y, después de un paseo

entre abedules, podemos tumbarnos en la cama

sobre las sábanas arrugadas, contemplando cómo

la gastada luna entra en la habitación de puntillas.

El vidrio de las ventanas temblará

y olas de oscuridad, frías, como sábanas lúgubres

que nadie había pedido, nos cubrirán.

Y en las cerradas y reflectantes catacumbas

del sueño caeremos, y allí, en su marchita oscuridad,

descubriremos los huesos, el polvo, los amargos restos

de quien tendría que haber estado aquí

si nosotros no hubiéramos ocupado su lugar.