Fernando Aramburu. Tengo entendido que lo primero que filmaste en tu vida fue, siendo niña, una mancha de Coca-Cola en tu vestido de la primera comunión. Traigo esta anécdota a colación para asociarla con unas declaraciones tuyas en las que confesabas tu gusto por filmar manchas y sombras, esto es, imperfecciones. A mí esta convicción, en la que coincidimos (¿por casualidad?, ¿por concomitancia generacional?), se me figura por demás productiva, y te expongo brevemente mi idea del asunto y luego tú me dices lo que quieras. Para empezar, no postulo lo imperfecto al modo de una deficiencia, sino como el hallazgo de una mirada selectiva que no olvida darle una pincelada humanizadora al objeto observado. Se puede encarnar la heroicidad, la virtud o la belleza añadiendo a su representación una faceta entrañable, digna de aunar en el observador o en el lector el pasmo admirativo con la ternura, la risa o cualesquiera otras emociones. Se establece entonces una horizontalidad entre el personaje y el receptor, como diciendo: no somos iguales, nuestras vidas difieren, pero somos de la misma especie. Por otro lado, en un plano estrictamente formal, estaría la imperfección como disonancia deliberada, como ruptura de la simetría que hace imprevisibles los pasajes de una obra al par que los aligera de mármol retórico y de solemnidad.

Isabel Coixet. Perfección y simetría: dos términos que me espantan en la vida y en la obra. Y que evito, no por sistema, sino porque me sale de algún punto del estómago o del alma evitarlos. Ahora mismo vengo de ver una retrospectiva en el New Museum of Art, en el Bowery, de una artista italiana, Carol Rama, que me obsesiona y que murió en un oscuro apartamento de Turín, a los 103 años, cuando había perdido la vista y la memoria. Sus dibujos son turbadores, están llenos de manchas de sangre y de café. Nunca conoció la obra de Luoise Bourgeois, pero fueron contemporáneas, salieron de tinglados familiares parecidos y tienen un trazo muy similar y una utilización de los detritus que me fascina. Hay una técnica japonesa que resume bastante mi relación con la perfección: el kintsugi. El kintsugi es la técnica para reparar con oro objetos de cerámica rotos, porque para sus practicantes, los objetos rotos contienen en sus cicatrices la historia del objeto y así éstas no deben ocultarse sino mostrarse. El kintsugi es lo opuesto al culto a la perfección y al photoshop en el que vivimos. No soporto a las actrices de sonrisas perfectas, no puedo con ellas…

FA. Tus palabras me suscitan de inmediato un pensamiento. Cuando Carol Rama incurre aposta en el feísmo y pinta a la mujer que defeca, a la que saca la lengua roja o a la que está sentada en una silla de ruedas de (perdón por la redundancia) seis ruedas, está, vamos a decir, sola con su figura pintada. Incluso podría afirmarse que es la dueña de la figura. No digamos los novelistas, que llevamos y traemos a los personajes de nuestras narraciones como se nos antoja. Ni siquiera necesitamos ejercer la tiranía para que los trasuntos humanos por nosotros creados hagan lo que queremos sin que ellos se puedan resistir. Una de las razones por las que nunca me metí en el mundo del teatro, a pesar de que me colma de gusto el arte escénico, es su naturaleza colectiva. Me gustaría que me contaras cuál es tu relación de directora de películas con esa parte de soberanía, de potestad, de autoría, que quieras que no has de ceder a los actores y al resto del equipo. Supongo que el casting es crucial. Pero luego, durante el rodaje, si la actriz protagonista te da la sonrisa de anuncio de dentrífico que detestas, si el actor no acierta con el tono, los gestos, la voz, sin los cuales el personaje no se sostiene ni con andamios, ¿qué haces? ¿Sacas el látigo y repites y repites la toma? O a la cuarta noche en blanco, ¿te resignas y te dispones a ir con la cabeza gacha a la guillotina del crítico?

“Perfección y simetría: dos términos que me espantan en la vida y en la obra. Y que evito, no por sistema, sino porque me sale de algún punto del estómago o del alma. Hay una técnica japonesa que resume mi relación con la perfección: el Kintsugi”. Isabel Coixet

IC. La naturaleza colectiva… ¡ahí le has dado! Me río porque una de las grandes contradicciones en las que vivo es que yo soy una persona muy poco sociable. Una cena de seis ya me parece un evento multitudinario al que me cuesta dios y ayuda enfrentarme, así que tú te preguntarás qué hago yo conviviendo con 100 personas durante meses, que se supone deben hacer lo que yo diga. Pues bien, mientras en la vida cotidiana soy cobarde, tímida, apocada, y desearía ser invisible, en un rodaje me convierto en una especie de maestro zen con toques de Yoda, samurái y Harry el sucio. El guión, la historia que quiero contar, me impulsa con una fuerza arrolladora que no sé de dónde sale y pasa por encima de mis limitaciones, complejos y tonterías. No tengo ningún problema en decir lo que quiero con firmeza y en mandar sin que me tiemble la voz. Luego se apagan las luces y vuelvo, como un topo, a mi guarida. Aunque siempre, hasta donde mi memoria alcanza, la vida ideal para mí es la tuya, la del escritor que no necesita accesorios ni equipos ni apenas nada para crear y recrear el mundo. Pero aquí me tienes haciendo películas, con el látigo en la mano, cuando soy de esa gente a la que todo el mundo se torea en la cola de la frutería…

FA. La gente, nuestra materia prima. Permíteme que te saque un poco de sustancia confidencial, no por atraerte al cuarto oscuro de los chismes, sino porque abrigo el convencimiento de que la verdad o la impostura de lo que hacemos, merezca o no el nombre de arte, depende del modo como nos relacionamos con los demás. El componente narrativo de tus películas te obliga o te induce (por mí, si lo prefieres, te convida) a representar destinos humanos. Claro, podrías filmar documentales sobre insectos y platillos volantes; pero vamos a decir que en tus trabajos mayores pones a convivir a hombres y mujeres, a viejos y jóvenes, como hacemos otros en las novelas, género que también has practicado. A mí la gente, si no se acerca demasiado, me gusta, bien es verdad que unos días más que otros. Para sacarle provecho literario no tengo otro remedio que apartar de la masa a unos cuantos ejemplares y cascarlos como a una nuez para robarles su núcleo íntimo. En realidad, se trata de un secuestro con fines literarios. Recuerdo que te conocí hace cuatro años, cuando fuiste a estrenar Ayer no termina nunca en la Berlinale. La película, protagonizada por Candela Peña y Javier Cámara, abría a los dos protagonistas en canal. No me quedaré tranquilo hasta averiguar qué te entra por los ojos cuando te paras a mirar a la gente. Confiesa que vives las veinticuatro horas del día en “modo cine” como otros vivimos en “modo literatura”.

IC. Lo confieso. Sí, vivo en “modo cine”. Me nutro de conversaciones robadas, de miradas esquivas en corredores, de cosas que me cuentan o de cosas que sé y me ocultan. Cualquier brizna de información puede ser el inicio de una historia, cualquier recorte olvidado, una música que suena en el lugar equivocado, una espera de seis horas en un aeropuerto (¡qué remedio!). El gesto de una mujer recogiendo las migas del pan de la mesa. Un niño que habla con un teléfono móvil de juguete y se contesta a sí mismo. Por suerte (y a veces por desdicha) siempre me ha resultado fácil que la gente me cuente sus historias y sus cuitas. Seguro que a ti también te pasa: “Huy, de mi vida sí que se podría sacar una novela / una película”. Pero generalmente las cosas más estimulantes salen de aquellos que no buscan legitimar o trascender lo que les ha pasado, sino simplemente compartirlo. Me gusta eso que dices de partir la nuez, aunque yo me veo más como una máquina licuadora que hace zumo con frutas variadas. Ya sabes, eso que decía Lautréamont en Los cantos de Maldoror: el encuentro de un paraguas y una máquina de coser en la mesa de disección…

FA. No he sentido nunca deseos de convertirme en un escritor camarero. Esto es, en uno que va sirviendo por las mesas la literatura que los consumidores le piden. Tráigame por favor una novela negra cuya trama se desarrolle en Londres. Pónganos unas tapas de erotismo subido de tono. Vuelvo hacia ti la mirada y ciertamente no te imagino con delantal y con un cucharón en la mano, cocinando los guiones que dicta la moda o dirigiendo películas encaminadas a halagar los gustos del público. Me gustaría conocer tu relación más secreta con los resultados de tu esfuerzo. Me explico. En mi caso, nunca pierdo de vista que estoy escribiendo para otros. Elijo las palabras para que obren en personas a las que no conozco unos efectos determinados. Para que les sean, en suma, significativas. Ahora bien, más allá de este razonable ejercicio de comunicación, yo necesito decirme cosas a través de mis libros. En los distintos estratos de lectura hay siempre uno que yo me reservo para mí, al que el lector, por muy espabilado que sea, jamás accederá. Vuelvo de nuevo hacia ti la mirada. Rememoro escenas de La vida secreta de las palabras. Veo a Hanna llegar a la plataforma petrolífera y me pregunto qué lectura secreta, de la que sólo tú eres consciente, haces del personaje, de sus gestos, de su ropa, del lugar, de lo que allí espera a esa mujer.

“Nunca pierdo de vista que estoy escribiendo para otros. Elijo las palabras para que obren en personas a las que no conozco unos efectos determinados. Ahora bien, yo necesito decirme cosas a través de mis libros”. Fernando Aramburu

IC. No te veo yo de escritor camarero precisamente, ni escribiendo novelas policiaco-históricas, ese género que es más un recorta y pega (¡marchando una de detective decimonónico!) que otra cosa… En mi caso, muchas veces he querido renegar de las cosas que me obsesionan, sin conseguirlo. Aunque me siente a escribir con el propósito de esta vez sí, esta vez hago algo menos trágico, casi una comedia…, indefectiblemente caigo en tramas de gente castigada, melancólica y perseguida por el pasado. Y es cierto que hay una vida secreta detrás de cada detalle de cada película, cosas que sólo yo sé por qué están, de dónde han salido, a qué momento de mi vida corresponden; pero siempre he tenido la fantasía de que ahí fuera hay gente como yo, que las traducirá, le conmoverán, las compartirá: esa idea me ayuda a seguir. Alguna vez con guión ajeno (Aprendiendo a conducir) he hecho intentos de salirme de mi terreno; pero me las he arreglado siempre para llevar el barco a mis caladeros, ya sabes: “La tristeza no tiene fin, la felicidad sí”, de Vinicius de Moraes. La comedia me sigue pareciendo el género más difícil en cualquier disciplina. Quién sabe, quizás algún día…

FA. Quedémonos un instante, si te parece bien, en este asunto de la comedia. Permíteme una breve digresión. La circunstancia de que un largometraje, una novela o una obra de teatro ofrezcan un sesgo jocoso, incluso amable, no remite necesariamente a la superficialidad. En todo caso, creo que hay otras opciones para entender y juzgar una historia en apariencia ligera sin recurrir de costumbre a la ligereza interpretativa. Me da que en nuestro país se incluye con demasiada precipitación a la comedia entre las actividades festivas. El problema es que al privarnos de afrontar la condición trágica del hombre desde la sonrisa, el humor, la parodia, incurrimos en unas limitaciones creativas de órdago y luego no me extraña que se nos tenga fuera de nuestras fronteras por adustos, monótonos y, al menos en mi país de residencia, por escasamente imaginativos. Dices que la comedia te parece el género más difícil. Ilumínanos, por favor.

IC. De qué no hablo cuando hablo de comedia: de la saga de los apellidos, sean vascos, andaluces, catalanes o murcianos. No hablo del chiste ni de la réplica ingeniosa ni de la burla ni de la sal gorda ni del exabrupto ni de la mofa ni de todo lo que ha constituido la comedia cinematográfica española, excluyendo a Berlanga y a Ferreri (que ya sé que era italiano, para el caso es casi lo mismo), que me parecen dos maestros universales cuyas películas ganan con el tiempo: véase la manera vergonzante con la que uno de los herederos de Pujol ha mencionado a Sazatornil en La escopeta nacional en el juicio que le ha llevado a reunirse con Ignacio González en Soto del Real, cárcel que éste último inauguró. De estar vivo Berlanga (¡cómo le necesitamos ahora mismo!) hace una secuela seguro. Comedia: hablo de Billy Wilder y ese equilibrio prodigioso entre la ternura y la acidez, el humor y el dolor, la inteligencia y las emociones. Hablo de Blake Edwards y ese dominio de la locura y la comedia física, el ingenio y la ingenuidad. Hablo de Annie Hall y hasta del primer Zoolander, de Lina Wertmüller y Vittorio Gassman. Hablo de ese momento de El verdugo, para mí una de las películas mas bellas y terribles de la historia del cine, cuando la Guardia Civil entra en barca en las cuevas del Drach para buscar a Nino Manfredi. Hablo de una visión de la vida que si en primer plano es tragedia, se convierte en comedia en el plano general. De la comedia y la tragedia que son vecinas como las máscaras sonriente y doliente que se encuentran en la enseña de muchos teatros.

"De qué no hablo cuando hablo de comedia: de la saga de los apellidos, sean vascos o andaluces. No hablo del chiste ni de la réplica ingeniosa ni de la burla ni de la sal gorda ni de lo que ha constituido la comedia española, exceptuando a Berlanga y ferreri". Isabel Coixet

FA. Hay un charco en el que he procurado no meterme como escritor por más que, a partir de cierto grado de celebridad y si uno toca ciertos temas, es imposible que no le salpique el barro. Me refiero a la política, más concretamente a la política española. La razón de mi renuencia es múltiple. Procedo de una tierra en la que durante largas décadas algunos justificaron el uso de la violencia en virtud de determinadas convicciones políticas. Pero sobre todo me retrae el peligro de la simplificación, el menosprecio de lo estético y la escasa verdad humana que comporta de ordinario lo que llamo el discurso político y, en general, cualquier discurso supeditado a la plasmación de una causa colectiva en la historia. En 2008 hiciste aquellos vídeos para la campaña electoral del PSOE de Rodríguez Zapatero. Me gustaría que me hablases un poco de esto, de qué te impulsó a aceptar un trabajo que era tanto como meter los dos pies en el charco de la política española y cómo lo ves ahora, pasados nueve años.

IC. ¿Por qué hice esa campaña? Me lo pidieron, había trabajado mucho en el pasado con la agencia que la creó y, sin conocer personalmente a Zapatero, me parecía en ese momento la mejor opción política. Sigo creyendo, pese a todo lo que hoy sabemos, que lo era. Creo que tomó algunas buenas decisiones y también que se equivocó a lo grande. Reconozco que, en política, como aquel personaje de Gide en Los monederos falsos, he recortado mis ilusiones al mínimo: en el poder, me gustaría que hubiera gente con sentido común, honesta, cabal, coherente, bien formada, que lea, que escuche, que se sepa rodear de gente aún mas honesta, cabal, coherente, bien formada, que escuche… Ah, y muy importante: gente que carezca de familia o la tenga lejos, porque el cuñadismo de la política española raya en el sainete, sólo superado en los últimos tiempos por el gabinete Trump capitaneado por el yerno y la hija. No parece tan difícil y sin embargo, visto lo visto, lo es. Formo parte de esa inmensa minoría de votantes desencantados y perplejos que acuden a las urnas con la sensación de cumplir un deber caduco, sin ningún tipo de aspiración o ilusión. Oigo los discursos y no me reconozco en ninguno de ellos. Siento una separación abismal entre el país del que ellos hablan y en el que yo vivo. Y no, no he vuelto a hacer ninguna campaña ni la haré en el futuro.

FA. Tengo leído por ahí que te dejó hecha polvo una crítica negativa, rayana en la crueldad, dirigida contra tu primer largometraje, Demasiado viejo para morir joven. No sé si es leyenda que por dicho motivo estuviste a punto de abandonar el cine. Me parece triste que un juicio adverso le menoscabe a uno la vocación y que eso es justamente lo que ningún creador debería permitir. Me pregunto si todavía una reseña hostil puede alterarle el sueño a una veterana como tú.

IC. Desde mi primera película ha llovido mucho… y me han llovido críticas ¡mucho peores! Una de las cosas que más me consoló en su momento fue una conversación con Martin Scorsese, que me recitó palabra por palabra una crítica tremenda que le habían hecho por Toro Salvaje, que a mí me parece una obra maestra. Fernando, los creadores tenemos, por definición, la piel fina. Esa piel te permite ser empático, maleable, dúctil y tremendamente vulnerable. Al menos ese es mi caso. También soy de las personas que, cuando tienen una herida, no paran hasta arrancarse la costra. Las (malas) críticas duelen, pero no te detienen.

FA. Tú, que hasta la fecha has merecido cinco Goyas, dime, ¿en qué cambia tener sobre la colcha bustos de bronce en lugar de peluches? Supongo que te costó acostumbrarte.

IC. Sigo teniendo peluches en la colcha. A los Goyas no te puedes abrazar…

@FernandoArambur