Liszt. Foto: Cat Music / Brilliant.

Su agitada vida, de impenitente mujeriego a ermitaño, pasando por reconocido músico de grandes directos y creador del poema sinfónico, anticipó la modernidad. El 22 de octubre se cumplen 200 años del nacimiento del pianista y compositor. El Cultural recorre algunos pasajes de la vida del genio y selecciona las mejores grabaciones.

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  • El prototipo del artista romántico: vida aventurera y azarosa, copiosa -inacabable más bien- en amoríos y amores profundos, ídolo de multitudes, virtuoso del instrumento rey del XIX (pronúnciese el piano), viajero impenitente e infatigable, místico y clerical durante los últimos 24 años de su agitada existencia -75 primaveras bajo la capa del sol-, y además compositor. Un castizo diría que no le faltaba de nada. Se llamó Franz (o Ferenc, o François, o Francis, que de todas estas guisas se le nombró) Liszt.



    Fue rico, adinerado -se lo ganó a pulso- y, grave fallo en el perfil biográfico, nunca pasó hambre: se ha dicho que el músico había nacido en una familia pobre y gitana; ni una cosa ni la otra. Adan Liszt, progenitor del artista, era persona acomodada, con estimable formación musical -y la transmitió a su retoño durante la infancia de éste-, que se permitió instalarse en Viena con su familia en 1820, cuando Franz tenía nueve años, y que tenía de zíngaro lo mismo que de cobrador del gas. Franz Liszt, sí, vivió en palacios y cortes, pero fue generoso hasta la filantropía, apoyando a amigos y colegas con esplendidez: Chopin, Paganini, Berlioz y, sobre todo, Richard Wagner, llamado a ser su yerno a pesar de que eran de la misma quinta, al que protegió moral y físicamente, amparó financieramente y promovió artísticamente.



    Dio conciertos por medio mundo de piano armado y se paseó varias veces por Europa, España incluida, en itinerario que va desde Sevilla hasta Moscú. Una de las pocas cosas salvables de Lisztomania, el disparate fílmico de Ken Russell de 1975, es la parodia de un recital del personaje, convertido en un concierto rockero, con Roger Daltrey haciendo de sí mismo vestido de Liszt y recibiendo de la frenética audiencia hasta prendas íntimas femeninas lanzadas desde la sala (hecho, por cierto, veraz en la vida del propio compositor).



    Amó, y de qué forma. Princesas, condesas, baronesas, cantantes, bailarinas o simples alumnas: en su inventario no faltó ni Lola Montez, con la que mantuvo una tórrida relación en 1844, affaire que terminó por provocar la ruptura con su amante oficial desde 1833, Marie de Flavigny, condesa de Agoult. En 1847 conoció en Kiev a Carolyne Ivanowska, princesa de Sayn Wittgenstein, y su vida cambió de golpe. En Elisabethgrad -hoy Kirovohrad, Ucrania-, al concluir uno de sus conciertos tumultuarios, cerró el piano y anunció a la atónita audiencia que desde ese día dejaba de actuar en público. Tenía 36 años.



    Acompañado por la princesa, se instaló en Weimar en 1848, donde gozaba, desde cinco años antes, de plaza pendiente de ocupación: en 1843 el Gran Duque Karl Friedrich le había nombrado director de la orquesta y de la ópera de la corte que Goethe y Schiller habían engrandecido literariamente, y en donde el joven Bach había sido organista. Liszt remoloneó cuanto supo y pudo hasta hacerse cargo, finalmente, de un puesto de trabajo al que se consagraría durante 12 años y que transformaría su vida. Y es que en Weimar fructifica, crece y se engrandece el Liszt que más nos interesa hoy, dos siglos después de su venida al mundo: el compositor. Sí, había subvertido de manera innovadora la técnica del piano, casi había gestado el moderno concepto del instrumento. Sí, había asentado la figura idealizada del artista dueño de su destino y señor de los públicos. Sí, también su sentido del mecenazgo se disparó, estrenando el Lohengrin de Wagner y montando producciones de Tannhäuser y El holandés errante, representando -además- el Benvenuto Cellini de Berlioz, Alfonso y Estrella de Schubert y Genoveva de Schumann. Pero el Liszt de Weimar es el creador del poema sinfónico, con su serie de doce composiciones, a las que se uniría, al final de la vida del artista, esa página maestra que es De la cuna a la tumba; es también el asentador del sinfonismo romántico post-beethoveniano, con sus dos partituras hiper-literarias, la Sinfonía Fausto y la Sinfonía Dante; es, asimismo, el revolucionario de la armonía y el cromatismo con sus visionarias Armonías poéticas y religiosas y el renovador de la forma y la arquitectura con la Sonata en si menor. Y todo esto a través de su antiguo camarada de viajes y conciertos, el piano.



    En 1860 deja Weimar y se va a Roma con la princesa Sayn Wittgenstein, que lleva dos lustros tratando de anular su primer matrimonio. Llega la ansiada declaración de nulidad, la pareja ultima su boda, pero la mano de la familia del cónyuge es poderosa y el Vaticano declara que las nuevas nupcias son írritas. Liszt, deprimido, desarbolado, decide quedarse en Roma, y se produce lo insólito: se hunde -o sale a flote- en una insondable crisis religiosa, ingresa en la orden franciscana, toma las órdenes menores y es designado Abate. Vivirá en una ermita de Monte Mario, y en ocasiones en el mismo Vaticano. Desde allí va a seguir la aventura que escenifican en Múnich su hija Cósima y Wagner, que en la corte de Luis II viven una pasión en donde el vértice truncado del triángulo es el marido de aquélla, el director Hans von Bülow, que ha estrenado Tristán e Isolda mientras el autor de la pieza dejaba embarazada a su esposa. Cuando los amantes ponen tierra de por medio y la primogénita del abate despide al esposo, con otro retoño en camino, Liszt hace pública su reprobación de la hija y el amigo, aunque cuatro años después se reconciliará con la pareja.



    Son los años de la música religiosa de gran aliento sinfónico, como el oratorio Christus, el inconcluso San Estanislao, o el más íntimo Via Crucis. Liszt envejece, el elegante paladín de los años centrales de la centuria es ahora un hombre encanecido, vestido de clérigo, atacado de hidropesía, que va viendo morir a sus antiguos amores (Marie d'Agoult en 1876 -el año de la inauguración del teatro y el festival wagneriano en Bayreuth-, Lola Montez en 1861) y que incluso ha de asistir a las exequias del viejo amigo Wagner, que muere en Venecia en 1883. Liszt parece haberlo anticipado un año antes, cuando redacta una de sus páginas más impresionantes, La lúgubre góndola.



    En los dos últimos años de su vida abandona la decisión de 1847, y vuelve a recorrer Europa en giras de conciertos que le dejan exhausto. El 25 de julio de 1886 asiste a una representación de Tristán en Bayreuth y sufre un colapso. Muere el 31 de julio en la villa alemana, donde está enterrado, cerca de Wagner y de Cósima. Pocos meses después murió en Roma Carolyne Iwanowska, la mujer que hizo salir a la luz lo más grande del legado musical de Liszt.

    Los discos del bicentenario

    Larga es la lista de novedades discográficas y de reediciones a propósito del bicentenario. Universal tira la casa por la ventana con un álbum de 34 cedés (DG) que contiene conciertos para piano, obras sinfónicas y sacras, lieder y composiciones para piano solo. Están convocados artistas de la talla de Zimerman, Barenboim, Arrau, Magaloff, Kempff, Berman, Bolet, Sinopoli, Haitink, Solti, Dieskau, Behrens y Fassbaender. Y amplía horizontes con grabaciones de nuevo cuño en las manos de Freire (Decca) y Aimard (DG), al tiempo que acoge en sendos álbumes registros históricos de Brendel (Decca), Zimerman (DG) y el hiperactivo Lang Lang (DG), a quien vemos también en una nueva grabación lisztiana para Sony, su nueva casa discográfica.

    EMI nos sorprende con una caja de diez compactos que recoge interpretaciones al teclado de Andsnes, Ciccolini, Cziffra, Rudy, Watts, Ogdon, Hough y Rogg. Y no podemos olvidar, por su amplitud e importancia, las recopilaciones de Brilliant, que lleva distribuyendo todo el año. Citaremos la monumental edición en 30 cedés de lo más granado del autor, de la Sinfonía Fausto a la Missa Solemnis de Gran. Orquestas importantes y directores como Ferencsik, Haenchen o Plasson se dan la mano con pianistas de hoy (Campanella, Ovchinnikov, Kissin) y del pasado (Richter, Brendel, Berman, Gilels, Sofronitzky). El mencionado Campanella, en otro álbum, toca los Estudios de ejecución trascendental y transcripciones. Por último, se ha editado una separata del primer cofre, con grabaciones legendarias.