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Comienzo de 'Reflexiones sobre la pena de muerte'

La primera edición española completa del volumen que reunió en 1957 a Camus y Koestler

El Cultural
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Dos plumas privilegiadas convergen en 'Reflexiones sobre la pena de muerte'. Es, nada menos, la suma de 'Reflexiones sobre la horca', de Arthur Koestler, y 'Reflexiones sobre la guillotina', de Albert Camus. En 1957, la pena capital seguía vigente en Reino Unido y Francia, respectivos países de origen de los dos pensadores. Desgraciadamente actual, la pena de muerte ya no existe en Europa, pero sigue aplicándose en no pocos países y de vez en cuando hace su aparición en la prensa -hoy mismo, el estado de Florida asesinará legalmente a un reo que lleva esperando su hora desde hace 33 años- para escándalo de todos. A continuación reproducimos el comienzo de 'Reflexiones sobre la pena de muerte', la primera versión completa en español editada por Capitán Swing, que sale a la venta el 17 de octubre. El libro empieza con 'Reflexiones sobre la horca', de Arthur Koestler.


I
La herencia del pasado



El proceso comienza, los abogados llegan; Los jueces ocupan su lugar (qué horrible espectáculo). John Gay, La ópera de cuatro centavos.

El diablo en la caja



Gran Bretaña es ese curioso país de Europa donde los autos circulan por la izquierda, donde se mide con pulgadas y yardas, y donde se cuelga a la gente por el cuello hasta producir la muerte. Jamás se le ocurrirá a la mayor parte de los británicos que alguien puede asombrarse de esas costumbres. Cada nación considera como naturales sus propias tradiciones, y la horca forma parte de las tradiciones británicas, ni más ni menos que contar en chelines y en peniques. Generaciones de niños han lanzado gritos de terror y de encanto delante del guiñol, cuando veían aparecer al títere verdugo. Cuatro verdugos famosos tienen su nombre en el Diccionario nacional biográfico: Jack Ketch, Calcraft y «William Boilman», y mientras vivieron fueron tan populares como pueden ser actualmente las estrellas de cine. Podría creerse que hay algo risible en ese procedimiento, como si la víctima que patalea en el extremo de la cuerda no fuera un ser humano, sino un maniquí de carnaval. Nuestro verdugo actual, Pierrepoint, tiene un cabaret con el lema: Ayudad al pobre diablo.

Su antiguo asistente era dueño de uno que se llamaba La cuerda y el ancla, y el Lord Chief Justice en ejercicio provocó el júbilo en un banquete de la Academia Real al contar la historia del juez que después de haber condenado a muerte a tres hombres había recibido el toque de diana de una orquesta que ejecutaba el célebre estribillo de la Asociación Náutica de Eton: Todos unidos nos balancearemos. Este detalle aparecía en un retrato de lord Goddard publicado en el The Observer y en el que también se leía lo siguiente:

Sobre su infancia se cuenta una historia que aunque fuera apócrifa justificaría de forma bastante exacta la leyenda que rodea a lord Goddard. Cuando entró al colegio de Marlborough, tuvo que plegarse a la costumbre que consistía en que cada nuevo alumno cantara o recitara alguna cosa en el dormitorio. Requerido para cantar, se cuenta que el futuro Chief Justice asombró enormemente a sus camaradas salmodiando con voz aguda la fórmula exacta de la condena a muerte: «De aquí seréis conducido al cadalso, y seréis colgado por el cuello hasta que la muerte se produzca. ¡Que Dios tenga piedad de vuestra alma!».
Todo ocurre entonces como si la horca fuera una especie de gracia macabra, como si se tratara de una vieja broma familiar y que sólo los abolicionistas y otros personajes desprovistos de humor fueran incapaces de apreciarla.

El 2 de noviembre de 1950, Mr. Albert Pierrepoint fue llamado a declarar ante la Comisión Real sobre la pena de muerte. Al preguntársele cuántas personas había llevado a la horca durante su carrera de verdugo, repuso: «Algunos centenares».

P.- ¿Conoció momentos difíciles?
R.- Uno solo durante toda mi carrera.
P.- ¿Qué le pasó?
R.- Era un grosero. No tuvimos suerte con él. No era inglés, era un espía. Hizo un escándalo horrible.
P.- ¿Luchó contra usted?
R.- No solamente contra mí, contra todo el mundo.

A M.H.N. Gedge, cuando era sheriff agregado del condado de Londres, igualmente le consultó la Comisión acerca del incidente provocado por ese personaje desagradable que había hecho tanto escándalo y confirmó las declaraciones de Mr. Pierrepoint.

Sí. Era un extranjero, y he observado personalmente que los ingleses se comportan mejor en esos casos que los extranjeros… Con la cabeza baja se lanzó sobre el ejecutor y se puso a forcejear con todas sus fuerzas. Ensayamos pasarle una correa alrededor de los brazos, pero seguíamos con mala suerte: la correa era nueva… Se arregló para liberar los brazos.
Todo está claro. La horca es perfecta para los ingleses; y hasta es como para creer que les gusta. Sólo con los extranjeros hay dificultades porque no aprecian ni el lado divertido ni el lado solemne y ritual de ese procedimiento, y tampoco la respetable tradición que lo respalda. Sobre este último fundamento hay que citar la respuesta del lord Chief Justice al preguntársele si era o no partidario de mantener la costumbre del juez de cubrirse de negro la cabeza al pronunciar una condena a muerte.

Creo que sí. Es tradicional, y no veo por qué interrumpir una tradición que se remonta muchos siglos. Salvo, se comprende, que hubiera buenas razones para eso… La razón por la cual el juez se cubre la cabeza para pronunciar una condena a muerte proviene simplemente, según mi opinión, de que en otro tiempo el hecho de cubrirse la cabeza era señal de duelo. Ése es el motivo de continuar haciéndolo.
También Mr. Pierrepoint expresó claramente su punto de vista sobre los aspectos tradicionales del procedimiento.

P.- Supongo que la gente le habla de su oficio.
R.- Sí, pero yo me niego a hablar de él. Creo que es una cosa que debe permanecer secreta… Para mí es sagrada.

Es difícil imaginar dos personas más alejadas, una de otra, por rango y por dignidad, que esos dos servidores de la sociedad. Eso hace más sorprendente todavía la similitud de sus opiniones. Así, cuando se le preguntó a lord Goddard qué pensaba sobre una proposición que tendía a abolir la pena de muerte para las mujeres, respondió: «No comprendo en absoluto esa actitud». Y al preguntársele a Mr. Pierrepoint si había alguna razón que hiciera particularmente desagradable la ejecución de una mujer, contestó que no había ninguna.

P.- ¿Piensa usted que su tarea es particularmente difícil de cumplir o está, en cambio, habituado?
R.- Ahora estoy habituado.
P.- ¿Se sintió alguna vez conmovido?
R.- No.

No se le preguntó a lord Goddard cuántas personas había condenado a muerte o si se había conmovido, pero se le preguntó si pensaba que había que pronunciar menos condenas a muerte o, al contrario, si había que acordar menos frecuentemente conmutaciones de penas. Respondió que se acordaban demasiadas conmutaciones. Se le preguntó si encontraba normal que fuera condenado a muerte un hombre al que se le hubiera probado la locura. Respondió que creía que era perfectamente normal.

No tengo personalmente ninguna animosidad contra el lord Chief Justice Rayner Goddard, pero en calidad del más alto magistrado del reino es el símbolo de la autoridad, y sus opiniones, que a menudo tendré ocasión de citar, son de gran peso en este debate sobre la pena de muerte. No por azar lord Goddard utiliza esos argumentos; ellos expresan, precisamente, la actitud de todos los que son partidarios del mantenimiento de la pena capital. Esos argumentos, y la filosofía sobre la cual se fundan, no han cambiado desde hace doscientos años, como demostrarán las páginas siguientes. Por lo tanto, sólo será posible comprenderlos si nos dejan guiar por la luz que viene del pasado.