Juan Marsé, a finales de 1960, en su habitación de la casa familiar de la calle Martí durante una entrevista realizada por Manuel Vázquez Montalbán. Foto: Miguel Barceló (Familia Marsé Hoyas)

Según Josep María Cuenca, primer biógrafo de Juan Marsé, la vida del escritor "estaba envuelta en un caos, con múltiples confusiones, contradicciones y explicaciones a medias a las que contribuyó él mismo con su discreción". A Cuenca le parecía un "escándalo cultural" que nadie se hubiese ocupado de poner orden, así que un día, obtenido el sí definitivo del escritor, comenzó a recopilar información y a entrevistar a amigos, familiares y colegas de oficio. El resultado, que incluye también cientos de horas de conversaciones con Marsé, es Mientras llega la felicidad (Anagrama), un volumen de más de setecientas páginas, un centenar de ellas con notas, que llega ahora a las librerías de toda España.



Un ejemplo. Aclarar -desmentir- la famosa historia del taxi (Joan Faneca, padre biológico del escritor, no era taxista, sino chófer de una familia a cuyo servicio pertenecía, y compañero de Pep Marsé en el partido independentista Estat Catalá), la primera gran revelación del libro, le llevó a Cuenca más de un año de búsqueda en archivos, hospitales y registros civiles. "Juan nunca quiso hurgar en aquello, aunque luego ha lamentado no haber investigado más. Esto se entiende porque los hechos para nada le traumatizaron. Él fue un hijo enormemente querido por sus padres adoptivos".



La biografía comienza retratando a la familia del escritor, a sus padres biológicos y a los adoptivos. Circula por el franquismo, los primeros desvelos literarios, el trabajo en la joyería, el servicio militar, el primer original, el primer cuento, el primer libro publicado. Algunos episodios son muy poco conocidos. Como el de su primer choque serio con la censura por Últimas tardes con Teresa (cuando presentó Si te dicen que caí la cosa fue peor: la novela no pudo publicarse hasta la muerte de Franco), prohibida en un primer momento por sus "escenas escabrosas", su "fondo francamente inmoral" o sus "referencias políticas de carácter izquierdista". "Aquello se solucionó -relata Cuenca- por la intervención de Carlos Barral y del propio Juan, que fue más allá y consiguió, tras una reunión con Robles Piquer, no solo que aprobara la publicación de la novela sino que solucionara un problema laboral que por entonces sufría su padre". Robles Piquer contaría luego, en sus memorias, que su intervención fue limitada: le indicó a Marsé que la palabra "muslo" era inapropiada, y le aconsejaba que la sustituyera por "antepierna".



Se ignoraban también las circunstancias del rechazo de Marsé a la Real Academia Española. Lo cuenta Cuenca, apoyándose en la versión del escritor. En 2003, Víctor García de la Concha, acompañado de Antonio Muñoz Molina -que no habló-, se reunió con él para proponérselo. "Le dije -recuerda el novelista - que yo no tenía nada que hacer en la Academia". "Yo creo que el perfil de Juan se define bien en esta anécdota", valora el biógrafo. "Él nunca la ha aireado, como harían otros, y además demuestra su honestidad al rechazar un puesto en el que, ciertamente, no cree que tenga nada que hacer".



En 1986 en casa de Manuel Lombardero. De izquierda a derecha: Ángel González, Joaquina Hoyas, Manuel Lombardero (hijo), Juan Marsé, Manuel Lombardero, Berta Marsé y Jaime Gil de Biedma. Foto: Familia Lombardero

Muchas páginas se dedican a la complicadísima relación que Marsé ha tenido siempre con el cine español; al disgusto, cuando no directamente la repulsa, que le han provocado las adaptaciones de sus libros, que son muchas y muy distintas. "Creo, con todo el respeto, que no hay resultados descollantes, aunque sí hay trabajos honrados", opina Cuenca, en línea -algo atenuada- con la opinión de su biografiado. "Juan siempre dice que él vende los derechos de sus novelas, pero no vende su opinión. Aunque siempre ha intentado no interferir en la promoción de las películas y emitir sus juicios dejando un tiempo prudencial después del estreno". Esa afición de Marsé al juicio seco, lapidario planeaba sobre la conciencia del biógrafo. "Como prueba más tranquilizadora para mí puedo aportar que después de seis años hurgando en su vida a un nivel casi obsceno, Juan y yo somos amigos".



La biografía dedica todo un capítulo a la que, según Marsé, es la mejor adaptación de su obra: la película nonata que Víctor Erice escribió sobre El embrujo de Shanghai. Marsé había apoyado a Erice para la adaptación de la novela, pero Andrés Vicente Gómez, el productor, encargó el proyecto a Fernando Trueba y éste le pidió un guion a Marsé. El escritor lo convertiría más tarde en Canciones de amor en Lolita's Club. Marsé criticó con dureza la adaptación de Trueba y cineasta y escritor se retiraron la palabra. Tiempo después, se estrenó El cónsul de Sodoma, producida por Andrés Vicente Gómez y dirigida por Sigfrid Monleón, y la polémica estalló ya definitivamente. La película, sobre la vida de Gil de Biedma, fue criticada por el entorno del poeta, y entre ellos, claro, por Marsé, que la calificó de "engendro fílmico". Cuenca tiene una teoría: "Andrés Vicente Gómez se tomó El cónsul de Sodoma con un deliberado y arbitrario espíritu provocador".



Cuenca destaca el tesón, la "autoexigencia" de un escritor, Marsé, que ha sido siempre consciente de la extraordinaria dureza de su oficio. Marsé no entiende la literatura sin el componente artesanal. "No es de pluma fácil, claro que no, Juan es un escritor lento que trabaja mucho, pero esto no quiere decir que sea un obrero de la literatura", señala Cuenca. "Yo diría que Juan Marsé es uno de los últimos exponentes de esa literatura hecha desde la convicción, al margen de las modas, esa literatura que permitía a los autores ganarse digna y honradamente la vida, y además un indiscutible estatus". El biógrafo compara su caso con el de Paco de Lucía, que unió a su talento el trabajo y a quien, como a Marsé, le atenazaban siempre las dudas. "La inspiración no es algo que te roza y te hace escribir como los ángeles de una manera mágica. Eso Juan lo sabe y por eso lleva picando piedra tantos años, día a día, libro tras libro".



Marsé y el nacionalismo catalán

Juan Marsé, Jaume Perich, Manuel Vázquez Montalbán y Rosa Esteve en la redacción de la revista Por favor en febrero de 1974. Foto: Pilar Aymerich

Cuenca da detalles de la relación, y frecuentes desencuentros, de Marsé con el nacionalismo. Señala que, además de su biografiado, fueron muchos los catalanes -cita a Vázquez Montalbán y a El Perich- que se opusieron pronto "al pensamiento que se impuso con el inicio del pujolismo en los años ochenta".



Son notorios los enfrentamientos del autor de Rabos de lagartija con los últimos gobiernos de la Generalitat. En 2007 se produjo uno de los más sonados, cuando se negó a ir a la Feria de Frankfurt, en donde Cataluña era ese año la invitada y, por decisión del Parlamento de la región, la representación correspondía únicamente a autores en lengua catalana. Josep Bargalló, director del Instituto Ramón Llull -encargado de organizar la expedición-, le propuso a Marsé que viajara "para apoyar a los autores en catalán". "¿Tú me ves a mí apoyando al Porcel?", le espetó Marsé. "La sola idea de ir sentado al lado de ese tío en un avión me pone enfermo". "El nacionalismo intentó instrumentalizar a Juan, pero él siempre ha sido demasiado listo para dejarse", opina el biógrafo, para quien es "dramático" que "se le niegue la catalanidad a un escritor que ha contribuido como pocos a que Cataluña y Barcelona se conozcan fuera".



Y en 2012, por último, una aparatosa peineta: Marsé rechazó ser homenajeado en su ochenta cumpleaños por el gobierno de CiU. "Lo hizo por la misma razón por la que no fue a Frankfurt: porque lo invitaron para tener una coartada, porque querían decir: 'Mirad si somos enrollados que también traemos a Marsé, aunque escriba en español'".