Sándor Marai. Foto: Archivo

Trad. de Mária Szijj y J. M. González Trevejo. Salamandra, 2011. 187 páginas, 15 euros



¿Es posible enamorarse de una mujer que ya no se encuentra entre los vivos? En Portrait of Jennie (William Dieterle, 1948), un melancólico Joseph Cotten interpretaba a un pintor enamorado de una joven misteriosa, que murió ahogada años atrás. Sándor Márai (Kassa, 1900 - California, 1989) mantiene en La gaviota una deliberada indefinición entre lo real y lo imaginario, lo posible y lo fantástico. Un hombre de Estado que ha perdido a su amante se encuentra con una joven extraordinariamente parecida. La semejanza es tan acusada que podría ser su doble. El hermetismo inicial de la joven desconocida sólo acentúa la confusión. Se podría pensar que el destino le ofrece una segunda oportunidad, cuando ya se había resignado a la infelicidad. Su amante se había suicidado huyendo de una compleja trama sentimental y sexual, pero al menos su gesto había puesto fin al dolor y la incertidumbre. Nadie sospechaba que el conflicto se prolongaría más allá de la muerte.



Sándor Márai emplea la tercera persona para narrar unos hechos con esas dosis de ambigüedad que tanto apreciamos en Hitchcock. Nada está muy claro. No es posible determinar dónde acaban los sentimientos legítimos y cuando empieza la perversidad. La muerte introduce un cuarto personaje. Ya no se trata de dos hombres y una mujer, sino de tres seres vivos y una muerta que se resiste a desaparecer de escena. Una historia con cuatro vértices que dibujan esa extraña filigrana llamada condición humana. Márai prodiga un escepticismo cartesiano. Desconocemos casi todo de nosotros mismos. El cuerpo no es una evidencia, sino materia que nos desborda. El alma nos acerca a Dios, pero no somos el reflejo de su lejana perfección, sino algo "torcido y deforme". No podíamos esperar otras conclusiones de un novelista que fracasó en sus relaciones sentimentales y que transitó del éxito al olvido. Las circunstancias políticas afectaron a la valoración de su obra. El triunfo del comunismo en Europa del Este le obligó a refugiarse en los EE.UU, donde no halló el reconocimiento que esperaba. Al igual que el personaje femenino de La gaviota, se quitó la vida. Tenía 89 años. No actuó por un impulso. El suicidio siempre había merodeado por su cabeza. Sus memorias y sus novelas reflejan profundas tendencias autodestructivas. Nunca entendió el optimismo de Stefan Zweig, que confiaba en el progreso moral y político. Zweig se suicidó para no contemplar el hipotético triunfo del nazismo. Sándor Márai se murió de hastío e incredulidad.



La gaviota es una novela que juega con la pasión, la muerte y lo onírico. Con una prosa exquisita, reflexiva y profunda, Sándor Márai construye unos personajes que litigan con sus emociones, sin apenas comprenderlas. Son figuras trágicas, que no creen en el destino ni en la voluntad. Todo es fruto del azar y la fatalidad. "Cada ser humano es un planeta perdido". El amor es un espejismo, una ilusión insostenible y la política tiene un efecto deshumanizador, que propicia la transformación de las multitudes en masas. Europa tiene una identidad problemática. Es un continente por el que se puede viajar, intercambiando ideas y perplejidades, pero en el que raramente se encontrará la dicha. "Europa es una vieja herida". Márai pertenece a una generación extinta de escritores, caracterizados por un espíritu cosmopolita, refinado, irónico y desencantado. La gaviota evoca "el mundo de ayer", cuando la literatura, el arte y las pasiones convivían en un espacio de tolerancia, donde aún era posible convertir el sufrimiento en belleza.