Mo Yan. Foto: Ulf Andersen

Traducción de Yifan Li. Kailas. Madrid, 2012. 400 páginas, 19 euros

Mo Yan (Shandong, 1955) significa "No hables". Mo Yan se llama en realidad Guan Moye y desde que en 1996 se prohibió una de sus novelas (Grandes pechos amplias caderas) ejerce una discreta disidencia. Adaptada al cine por Zhang Yimou, Sorgo rojo (1987) mostraba la crudeza del mundo rural en la época de la invasión japonesa, escogiendo la lepra como metáfora de la miseria moral de una sociedad que no contemplaba la libertad de elegir. Ambientada en los años 50, Rana (2010) redunda en un conflicto semejante, pero esta vez no se trata de la imposición de un matrimonio no deseado, sino de una política de Estado que limita el número de nacimientos, implicando a todos los estratos de la sociedad en una medida que subordina el anhelo individual de felicidad al interés de la comunidad.



Mo Ya escoge la forma epistolar para narrar la historia de Wan Xin, ginecóloga y comadrona que ha intervenido en infinidad de nacimientos, prodigando vida con su saber y ternura. Su sobrino Wan Zu, que sueña con convertirse en autor dramático, recrea su historia en su correspondencia con el profesor japonés Gijin, un experto en literatura que le incita a buscar la poesía en lo más íntimo y cercano. Siguiendo sus consejos, Wan Zu se acerca a la figura de su tía, sin ignorar que la belleza a veces anida en lo terrible y que el espanto en ocasiones brota de la inocencia. Dedicada a facilitar los alumbramientos de las mujeres de Dongbiexiang, las manos de su tía desprendían "un frío envuelto en un calor suave".



Compasiva y comprometida con el bienestar de sus semejantes, luchará desde joven por la transformación de China en un país sin hirientes y ofensivas desigualdades, pero la historia no repara en los sentimientos y cuando el gobierno impone la política del hijo único, la joven idealista se convertirá en la fiel ejecutora de una decisión que escarnece sus sentimientos y menosprecia sus logros. Afiliada al Partido Comunista en 1955, Wan Xi se alejará cada vez más de sí misma. Después de ayudar a nacer a 1645 niños, no escatimará esfuerzos para impedir que las familias que ya han engendrado un hijo, incrementen su prole con un segundo vástago.



Mo Yan no escribe novelas líricas, sino introspectivas, donde el estudio psicológico prevalece sobre el estilo. Se le ha comparado con Kafka por su forma de describir la impotencia del ser humano frente al poder, pero sus novelas no se caracterizan por lo metafórico y simbólico, sino por el análisis histórico y político. El proceso de deshumanización de Wan Xi refleja el potencial destructivo de las ideologías, sin ocultar el conflicto permanente entre las emociones subjetivas y las necesidades colectivas. En la cultura china, la rana simboliza el poder de la mujer para engendrar vida. Wan Xin procede de ese linaje, pero los acontecimientos históricos aniquilarán su potencial benefactor, acercando su trabajo a un umbral que recuerda las políticas eugenésicas del nazismo.



Mo Yan finaliza la novela con un cambio de género. La ambición literaria del narrador se ha consumado y la peripecia de Wan Xi se convierte en una pieza teatral firmada por Renacuajo. El sobrino de la Rana restituye el poder de la vida mediante la ironía y la creación artística, donde lo formal sólo es el soporte de una visión ética del ser humano. No es extraño que la última página celebre un nuevo nacimiento y ensalce la maternidad como la experiencia que nos revela la trascendencia del otro. Sin concesión al pesimismo, Mo Yan no oculta su confianza en un porvenir donde la vida pueda desplegarse, sin sufrir el acoso de ideologías enemistadas con la libertad y la dignidad.