Image: El absurdo o Miguel Mihura

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Opinión

El absurdo o Miguel Mihura

Los Alucinados

7 junio, 2000 02:00

Miguel Mihura, por Julián Grau Santos

El día que estrenaron "Tras sombreros de copa" se metió en Chicote con Luis Calvo, director de "ABC", para emborracharse y rezar por el fracaso de aquello. Resultó el éxito más grande de la posguerra

Salió en una revista de Madrid diciendo "ese chico, ese Umbral está muy bien". Entonces me fui a visitarle a su casa de General Pardiñas, ya muy cojo él de las dos piernas, solitario y doméstico, lleno de un talento natural que nadie ha tenido nunca en el teatro español del último medio siglo. Entre el 27 del humor, él era el maestro trascendental, fundamental y cojo.

El absurdo o Miguel Mihura. Su teatro era ya menos absurdo. Había que condescender a las marquesas y la clase media. Pero el absurdo se salvó en su vida.

-Mira, Umbral, me ha mandado el médico pasear, pero paseando por aquí por General Pardiñas, al anochecer, parezco un pobre. De modo que me voy a El Corte Inglés de Goya y allí paseo sobre moqueta, con luz y dependientas jovencitas para mirar.

Yo había leído en la provincia sus memorias, absolutamente geniales y que eran como una prolongación humorística de Ramón. Yo admiraba infinitamente su teatro, aunque no me gusta mucho el teatro, por su juego sutil con el disparate, los tópicos burgueses, el costumbrismo trascendido y la gracia exquisita. Miguel Mihura, creador de "La Codorniz", creador de un teatro nuevo en España (nadie le ha sucedido), creador de una prosa humorística y lírica que hace olvidar para siempre a los Fernández Flórez y otros realismos.

Cuando yo iba por su piso de General Pardiñas, cerca de donde vivía una novia que tuve, Miguel ya salía poco. Le habían elegido para la Academia y me preguntaba:

-Creo que mi oponente ha sido un general.
-Sí, Díez Alegría.
-¿Y para qué necesitan un general en la Academia?
-Como necesitan un almirante y un obispo. Para que les ilustre sobre los dialectos correspondientes.
-Ah, ya comprendo, el general les enseña a los académicos a decir PUM.

Este entendimiento infantil de la vida está en su humor, en su prosa, y es lo que le hace fragante y siempre nuevo.

-¿Y sobre qué vas a hacer el discurso de ingreso, Miguel?
-Sobre los humoristas. Hoy llaman humoristas a los caricatos de la tele. Hoy llaman humorista a un cuentachistes. Hoy llaman humorista a cualquiera. Y no es verdad, el humorista soy yo y el humorismo es lo mío.

La cultura de la incultura le había masacrado, como sigue ocurriendo, y no se resignaba. Pero la enfermedad y la muerte no le dieron tiempo para pronunciar su gran reivindicación académica.

-Mira, Umbral, a la hora de los seriales le digo a la criada que se siente aquí conmigo a ver la tele y luego ella me los explica, porque yo no cojo bien el fondo.

Los veranos los pasaba en Biarritz, viendo a las turistas en tanga con unos prismáticos, desde su terraza, y en las librerías de Biarritz ya le tenían reservadas todas las novedades de Simenon que habían llegado. Hay quien dice que nuca leyó otra cosa que Simenon.

Yo creo que Simenon es el Balzac de los muertos y puede bastar. La condición humana está en Simenon como en Balzac o en Malrraux. En muchas comedias de Mihura se aprecia que la intriga es de Simenon y el humor del comediógrafo madrileño.

-Mira, Umbral, yo empecé en el teatro, de familia de actores, dando bonos gratis por una ventanilla sobre la cual ponía: "No se conceden bonos".

Lo que quiere decir que conoció pronto la mentira del teatro, y por eso llegaría a dominarlo. El día en que estrenaron Tres sombreros de copa se metió en Chicote con Luis Calvo, director de "Abc", para emborracharse y rezar por el fracaso de aquello. Resultó el éxito más grande de la posguerra. Luego vienen Ni pobre ni rico sino todo lo contrario, El caso de la mujer asesinadita, etc. Pero lo esencial y fundamental de Mihura está en la prosa, en los artículos de "La Codorniz" y otros. Ahí aparece el niño que decíamos antes, con su visión intacta del mundo, el humorista de vanguardia que no lo sabe, el que no ha perdido la mirada infantil sobre las cosas, secreto de Baudelaire y de otros genios, como Dylan Thomas. Lo que en Ionesco, su amigo, es talabartería y oficio, en Mihura es espontaneidad. Los cómicos dicen que era mala persona, como todos los cojos.

-Mira, Umbral, he pensado en quitarle a Tres sombreros los conejos, los cazadores, la gente de los armarios, hacer un musical muy sencillo y que lo cante Raphael.

No sé si quería ganar más dinero o renunciar a la vanguardia, ya tan pasada. Estaba haciendo el humor del humor, burla de su propia obra. Por eso era grande. Me llamaba todas las mañanas y me interrumpía la columna. Había vuelto a la infancia lúcida y quería que le explicase los crímenes diarios de la literatura:

-A la tarde me paso un rato a verte, Miguel.

Puso un cartel en su teatro prohibiendo el paso a los novios de las actrices.

-Las chicas del teatro son para nosotros. ¿No te parece, Umbral?
-¿Y cómo vas ahora de amores?
-Todo se acabó. Tuve una chica suiza que vino a hacerme una tesis y nos enamoramos mucho. Luego, se fue, aquello se acabó y, sin ella, qué me importa estrenar, hacer artículos, ganar dinero.

El humorista cínico era un sentimental, como todos. Había sido toda su vida un soltero ejemplar y pertinaz, pero se enamoró para siempre de una suiza fugaz, cuando ya era demasiado tarde. Se nos murió en seguida. Le lloré con Alfonso Sánchez, que tampoco duró mucho. Siempre viví una adhesión sentimental, intelectual, al 27 del humor, que eran una prolongación de Gómez de la Serna, imposibles sin Ramón, aunque no le citaban demasiado. Mihura llegó a decirme que el maestro era Fernández Flórez. Estaba borrando sus propias huellas. Siempre fue un cojo malvado y adorable.