Las páginas de la prensa cultural dan cuenta de una incesante celebración de galas en que se conceden premios culturales de todo tipo. Escribo estas líneas en una semana en la que, recién hecho público el palmarés del Festival de Cine de San Sebastián, se han concedido en Barcelona los Premios de La Vanguardia; en Madrid, el Premio Formentor, y en Roquetas (Almería), los premios Círculo Rojo, todos ellos con gran pompa.
Nadie ha conseguido, al menos de momento, hacer un recuento fiable de los premios literarios que se conceden en España. Si se meten en el mismo saco los premios comerciales y los que conceden entidades públicas y privadas, se obtienen cifras asombrosas.
Las estimaciones más prudentes manejan cantidades superiores al millar (1.264, según el Ministerio de Cultura). Otras fuentes doblan esta cantidad. Y me estoy refiriendo solamente a los premios literarios. Si les sumamos los premios de cine, de teatro, de danza, de música y de todos los rubros adscribibles al ámbito cultural, la cifra resultante por fuerza ha de ser de varios miles, en cualquier caso desorbitada.
Cabe suponer, sin exageración, que en España se conceden al día, en promedio, al menos media docena de premios culturales, puede que bastantes más. Es de chiste.
En breve comenzará la gran traca otoñal de los premios literarios concedidos por editoriales. A estas alturas, da la impresión de que ya se ha dicho todo acerca de estos premios, una anomalía del sistema literario español con muy escasos equivalentes en el resto del mundo. Fuera de España, se sorprenden de la fortuna de la que goza en nuestro país esta fórmula de consagración, a todas luces sospechosa e inevitablemente tóxica.
En España se conceden más de 1.200 premios literarios al año. Una fórmula de consagración a todas luces sospechosa y tóxica.
En otras ocasiones he discurrido sobre las razones históricas de este turbio tinglado de los premios comerciales, que hace ya mucho perdió su justificación más plausible.
Hoy quiero preguntarme qué sentido tiene, y qué efectos, una abundancia tan insensata de premios de todo tipo. Pues el delirio es generalizado, va mucho más allá del mundo editorial y del sistema literario, y afecta –y subvierte– todo el sistema cultural, convirtiendo la excelencia en una moneda corriente, pura calderilla, y confiando los criterios para señalarla y destacarla a mecanismos movidos por intereses particulares, a menudo ligados a redes de influencia y de amiguismo, y sometidos a exigencias de rentabilidad económica.
Sobre el País de los Premios es inevitable concluir que no puede menos que ser algo permisivo con los cambalaches y las corruptelas de todo tipo. Siendo un país en el que los trabajadores del sector cultural suelen estar mal pagados, despilfarra millones en eventos de medio pelo a los que concurren muy ufanas autoridades, jerarcas y figurones de toda especie, siempre en proporción a las cantidades puestas en juego.
En el País de los Premios, el que hace más ruido es el que pone más dinero en la bolsa, dando lo mismo quién se la lleve.
Hay escritores y artistas especializados en acumular cuantos más premios mejor; cuya reputación, de hecho, se sostiene enteramente en la lista de premios obtenidos.
Hay una ciudadanía que sólo consume productos premiados, como si el marchamo de un premio supusiera ciertas garantías, un fiable control de calidad, cuando en realidad muy pocas veces es así, a la vista de cómo se constituyen y cómo funcionan la mayor parte de los jurados.
En el País de los Premios la crítica permanece relegada a un segundo o tercer plano, pues los propios medios que la albergan no renuncian a actuar como pantallas publicitarias de unas ceremonias mucho más llamativas que la solitaria y siempre cuestionable valoración de un simple reseñista.
En el País de los Premios los críticos terminan ellos mismos dando palmas. También ellos, cómo no, dan premios, y no renuncian tampoco a ser premiados.