Sean cuales sean los motivos reales de la Administración Republicana para desplegar su agresiva estrategia proteccionista, los resultados inmediatos no parecen ser buenos.
Muchos analistas han contemplado y atribuido a la política arancelaria trumpiana un carácter instrumental, el ser un medio-amenaza para conseguir objetivos de naturaleza económica, metaeconómica o una combinación de ambos.
Otros sostuvieron y sostienen que el Presidente Trump siempre consideró el proteccionismo un programa adecuado, necesario y eficaz para preservar el empleo, para impulsar el crecimiento y para mantener la hegemonía norteamericana.
Sin embargo, esa no parece ser la opinión de los inversores y de los empresarios. Tras haber recibido la victoria republicana con un considerable entusiasmo, por no decir euforia, la bolsa estadounidense no ha dejado de caer y esta semana ha sufrido un ajuste bajista aun más intenso.
No se trata de una corrección técnica sino el resultado de algo de mayor alcance: los mercados comienzan a descontar los perniciosos efectos de los aranceles sobre el PIB estadounidense y, en consecuencia, anticipan una disminución de los beneficios de las compañías.
Algunos analistas-economistas consideran que Trump persigue inducir una moderada y pasajera recesión para que la Reserva Federal se vea obligada a bajar tipos. Esta hipótesis resulta poco consistente.
Por un lado, América no necesita pasar por un proceso recesivo para sanear su economía; por otro, el descenso de las tasas de interés no parece muy conveniente con una inflación que se resiste a caer y con unos aranceles que impulsan al alza el nivel general de precios; por último, si lo que se pretende es abaratar la financiación de la macro deuda USA, es básico recordar los tipos a largo no los decide la autoridad monetaria sino los mercados.
Y, si la meta es reducir el deficit comercial con terceros, eso es incompatible con la apreciación del tipo de cambio real causada por la elevación de las barreras arancelarias.
Los aranceles de Donald Trump están perturbando el sistema comercial global y habría que remitirse a lo acaecido hace casi un siglo, también en EEUU, para comprender el alcance no ya de lo que está sucediendo ahora, sino de lo que puede suceder en el supuesto de que el proteccionismo se consolide, se acentúe y, como tiene altas posibilidades de ocurrir, conduzca a una guerra comercial de alcance mundial. Una vez en marcha, las medidas proteccionistas tienen una dinámica expansiva que se retroalimenta.
Los aranceles de Donald Trump están perturbando el sistema comercial global
La última vez que se aplicaron aranceles de esta magnitud en EEUU fue en con la aprobación de la Ley Arancelaria de 1930 con la aprobación de la tristemente célebre Smoot-Hawley Act.
Sus resultados son conocidos y han sido ilustrados una y otra vez por un sin fin de historiadores económicos. Los aranceles introducidos por esa legislación desencadenaron la guerra comercial entre América y sus aliados, contribuyeron a agravar, a prolongar, a extender la Gran Depresión y a dividir el mundo en bloques rivales.
Si el libre comercio siempre ha sido un embajador de la paz, el proteccionismo de los años 30 del siglo XX fue uno de los factores que ayudó a alimentar el espíritu de guerra en los años precedentes a la Segunda Gran Conflagración Mundial.
Desde esta perspectiva es interesante realizar una breve excursión historica. Cuando Herbert Hoover, fue elegido presidente en 1928, uno de los ejes de su campaña fue la de impulsar la agricultura estadounidense que comenzaba a resentirse de la competencia planteada por los productos europeos tras la recuperación del sector primario en el Viejo Continente en los años posteriores a la I Guerra Mundial anhelaba impulsar la agricultura estadounidense.
La última vez que se aplicaron aranceles de esta magnitud en EEUU fue en con la aprobación de la Ley Arancelaria de 1930
En 1929, dos políticos republicanos —Reed Smoot, senador de Utah, y Willis Hawley, congresista de Oregón— propusieron elevar los aranceles que recaían sobre las importaciones agrícolas. Estos afectaron especialmente a Canadá, el principal socio comercial de Estados en esa época.
La tramitación de la iniciativa de Smoot y Hawley por las dos Cámaras del Congreso se fue “enriqueciendo” y cada vez más sectores presionaron y consiguieron ser cubiertos por el manto de la protección.
En paralelo, los incentivos canadienses para adoptar represalias contra las importaciones procedentes de USA se incrementaron. En 1930, Mackenzie King, el primer ministro liberal del Canadá, aumentó los aranceles para Estados Unidos y los redujo para el resto del imperio británico. Otros países hicieron lo mismo y el mundo se fragmentó en bloques.
A diferencia de lo sostenido por los paladines de la protección, la economía estadounidense no se libró de los daños causados por la contracción del comercio global.
El valor de las importaciones y exportaciones cayó casi un 70% entre 1929 y 1932. Las desastrosas consecuencias de la política proteccionista emprendida por los EEUU durante entreguerras fue determinante para repudiarla después de la II Guerra Mundial y para desplegar un programa de apertura y liberalización de los intercambios comerciales internacionales durante mas de medio siglo.
Y eso tuvo su recompensa: el mayor período de crecimiento de la economía occidental y y la conversión de los EEUU en la primera potencia económica global. Mr. Trump parece haberlo olvidado.