Tomás Segovia

Hoy leerá poemas de su libro 'Estuario' en la Librería Rafael Alberti de Madrid, dentro del festival VivAmérica.

Tomás Segovia (Valencia, 1927) ha vivido más tiempo fuera de España que en ella. Emigró con su familia a una edad demasiado temprana como para sentir nostalgia, por lo que ha rechazado la inclusión de su obra en el saco de la "poesía del exilio". Fue director de la Revista Mexicana de Literatura y profesor en la Universidad Autónoma de México, su país de adopción, y más tarde en Princeton (Nueva Jersey, Estados Unidos). Aunque ha cultivado también la narrativa, el ensayo y el teatro, en su haber literario predomina la poesía, incluyendo su último libro, Estuario. En 2009 publicó el primer volumen de sus cuadernos de notas -que no memorias-, El tiempo en los brazos. Segovia fue galardonado con el premio Xavier Villaurrutia en 1972, el Octavio Paz en 2000, el Juan Rulfo en 2005, el Premio de Extremadura a la Creación en 2007 y el Federico García Lorca de Poesía 2008.



Pregunta.- Hace tres años hizo también una lectura en Librería Alberti en el marco del festival VivAmérica. ¿Qué ha cambiado en usted en este tiempo?

Respuesta.- A mi edad lo único que cambia visiblemente es la salud. Además a mí, desde muy joven, eso de presumir de estar siempre cambiando y "evolucionando" me parece una cursilería moderna. Tampoco en eso he cambiado. La evolución no es eso.



P.- En Estuario alude constantemente a la ligereza, a flotar con la corriente ("Horas sin sombra y sin residuo / en las que el mundo basta"). ¿Se es más feliz sin raíces fijas?

R.- Se es feliz o infeliz con raíces fijas o sueltas, pero en todo caso más probablemente si se pone en regla con su condición.



P.- Usted combate la etiqueta de "poeta del exilio". ¿Qué peso tiene entonces el desarraigo en su vida y su obra, si es que tiene alguno?

R.- Bien dicho: la etiqueta. El exilio es mi condición, o sea lo que con espíritu romántico trata uno de convertir en un "destino". Pero aceptar nuestro "destino" es justamente no utilizarlo en provecho propio, incluyendo el provecho de tener con eso una bandera, una justificación, una reclamación o lo que llaman una "identidad". Dicho de otra manera: yo no quiero que se juzgue mi obra como la obra de un exiliado, sino de un hombre, como si fuera mujer no quisiera que se juzgara mi poesía como poesía de mujer, sino de poeta. Ponerse a la cabeza de algo, incluso en arte o poesía, es siempre buscar el poder y yo creo que la poesía es todo lo contrario del poder.



P.- En Estuario hay una búsqueda de la verdad a través de la naturaleza. ¿La vida moderna nos aleja de esa verdad? ¿Esa relación con la naturaleza tiene algo de místico o religioso?

R.- Sí, creo que el aspecto más dominante de la vida moderna no sólo nos aleja de la naturaleza, sino que la amenaza gravemente, a la vez que un aspecto de esa vida moderna tiene una evidente nostalgia, muchas veces con alarma, de esa naturaleza. Pero "místico" y "religioso" me parecen palabras muy peligrosas, prácticamente imposibles de usar con inocencia. Si se trata de un nivel de reflexión y expresión que busca el sentido radical y de conjunto del hombre y su historia, creo que ese nivel existe, pero los que reivindican la religión y la mística no suelen colocarse en ese nivel, más bien todo lo contrario.



P.- Como dice García Montero, en su poesía se combina la embriaguez con la lucidez. ¿Cómo opera esa dualidad?

R.- Porque tal vez no se trata de una dualidad. Embriaguez aquí no se refiere a la pérdida de lucidez del borracho de alcohol o de drogas, sino a ese soltar amarras y levantarse por encima de los pequeños intereses particulares, ese "flotar" como quien se cierne sobre la vida en su mayor amplitud, que es justamente el sentimiento de la más limpia lucidez.



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