Gente en sitios de Juan Cavestany

El humor es el destino al que se encomienda en estos días una muy nutrida representación de directores, desafiando lugares comunes y proponiendo algunos desvíos a un género asociado a la "españolada" y sus variantes. Nacho Vigalondo, Daniel Sánchez-Arévalo, Isaki Lacuesta, Borja Cobeaga, Juan Cavestany y Santi Amodeo, entre otros, están a punto de estrenar nuevos títulos que transformarán definitivamente nuestro cine

Aunque todo presente se explica en su pretérito, a veces el pasado puede pesar como una losa. ¿Ha sido el cine español capaz de desprenderse de ella para encontrar nuevas formas de humor? Isaki Lacuesta, ganador de la Concha de Oro con Los pasos dobles, está convencido de que "España solo puede entenderse en clave de chirigota, de esperpento, de entremés o de tragicomedia berlanguiana, es decir, en clave de telediario". Aunque ya en Los pasos dobles había guiños cómicos y en el reciente corto Tres triples triples practica un humor indefinible, en un sentido estricto el autor de Los condenados aborda por primera vez la comedia con su último proyecto, Murieron por encima de sus posibilidades, cuyo rodaje ha terminado este verano. Rodada en cooperativa, su argumento gira en torno al secuestro de un banquero por una banda de indignados.



Lacuesta no está solo en su intención de retratar, desde la incorrección humorística, la rabia y el desencanto de nuestros tiempos. Los demonios de la actualidad son un buen caldo de cultivo para las "situaciones absurdas, la comicidad cáustica y los enfoques grotescos", es decir, aquellas características que según la famosa definición de José Luis Borau determinan lo "berlanguiano". Para Juan Cavestany, la comedia española sigue abonada al "esperpento, el hambre, la violencia y el alarido como formas de relación social", y Nacho Vigalondo encuentra la madre del cordero en el ADN quijotesco, "detectable tanto en el ‘mainstream' (Torrente de Santiago Segura) como en el ‘low cost' (Mi loco Erasmus de Carlo Padial, Ilusión de Daniel Castro)" y que, "por mucho que mute, nuestra comedia seguirá hablando de perdedores, personas fuera de su lugar y su tiempo, gente que la lía porque su realidad no es la del otro". Sánchez Arévalo sostiene que la respuesta al destino de la comedia española solo la tienen "quienes ahora mismo están escribiendo y no dejándose abatir por la crisis, al revés, sacándole punta a la situación actual". En La gran familia española, que estrena el viernes 13, el director de Primos contempla su abordaje a la "comedia emocional" tomándose muy en serio las "taras, traumas, carencias y miedos de los personajes", porque la buena comedia, asegura, "sólo sale desde una situación dramática". El reverso de la lágrima, por tanto, como catalizador de la risa.





Un fotograma de La gran familia española de Daniel Sánchez Arévalo



En el gallinero ibérico los linajes han sido siempre tan relativos como discutibles. La paridad Azcona-Berlanga, allí donde el desencanto costumbrista se dio la mano con la causticidad fallera, nunca ha desaparecido del todo en el cine español -"es difícil despegarse de lo que supuso para la comedia que vino después", reconoce Borja Cobeaga-, si bien Cuerda y Almodóvar propusieron sus propias alternativas a los cánones del humor numantino. Hoy, cuando el determinante modelo berlanguiano de comedia española se ha quedado en la piel, acaso corrompido por el superficial humor de las telecomedias -"la comedia de gritarse mucho los unos a los otros es la que más gusta e impera, junto a la comedia de imitación con los espectáculos tipo Arévalo y las franquicias de Gran Vía", resume Cavestany-, la influencia americana es acaso más visible que nunca, síntoma de la globalización de la carcajada. Como apunta Cobeaga, autor de No controles y Pagafantas que recientemente ha presentado el magnífico cortometraje Democracia -escrito por Alberto González, el autor detrás de la animaciones de Queridoantonio y los vídeos de El intermedio-, "la comedia española actual tiene que ver más con los Farrelly que con Ozores". El sevillano Santi Amodeo, que estrenará en octubre la ‘action comedy' ¿Quién mató a Bambi?, considera natural que "a directores de mi generación [nació en 1975] nos influyan más Judd Apatow o Alexander Payne que Berlanga, por mucho que nos guste".



Crisis de identidad

¿Padece por tanto la comedia española una crisis de identidad? "En absoluto -asegura Vigalondo-. Como mucho se está replanteando su impronta en la sociedad. Antes la comedia era un gran común denominador. Antes teníamos la españolada, al vecino del quinto, a Martes y Trece... Después de Chiquito de la Calzada, más allá de Santiago Segura, la comedia ha dejado de decirle lo mismo a todos". Una posible respuesta a la multiplicidad de humores que practican cineastas como Víctor García León (Vete de mí), Javier Fesser (Mortadelo y Filemón), Jonás Trueba (Los ilusos), Javier Ruiz Caldera (Tres bodas de más), David Serrano (Días de fútbol) o Chiqui Carabante (12+1, una comedia metafísica). "Veo el género algo disperso -señala Cobeaga-. Cuesta definir con precisión qué comedia se hace en España. La que practica Ruiz Caldera poco tiene que ver con la de Sánchez Arévalo. Pero sí creo que Serrano, Segura o De la Iglesia son herederos de cierta tradición cómica que tiene que ver con Azcona. O que la comedia más berlanguiana realizada recientemente es la del comienzo de [REC] 3 de Paco Plaza". El director de Extraterrestre concluye: "Sólo sé que el humor español es lo que separa a Andy Kaufman de la manzana de Tony Leblanc, a los Monty Python de Muchachada Nui y a Superbad de Pagafantas".





Emma Suárez y Albert Pla en un instante de Murieron por encima de sus posibilidades



Presos de influencias y obsesiones varias, los cineastas españoles practican el género desde flancos bien diversos. Mientras Cobeaga siempre ha intentado aproximarse a "una comedia pocha, melancólica, algo bajonera", Amodeo se divierte con "el humor inglés, esa forma de comportarse con la mayor seriedad ante situaciones estúpidas". Si Vigalondo busca que "el gag esté engarzado en el lenguaje de la película", Lacuesta prefiere "corretear en calzoncillos por donde nadie me ve ni se me espera". Y cuando a Sánchez Arévalo lo que le interesa "es contar historias y mezclar géneros, sin pensar si va ser una comedia o un drama", Cavestany encuentra la perplejidad del humor absurdo en los intercambios entre vida y creación: "Nunca he sabido resolver con la escritura aquello a lo que tampoco encuentro respuesta en la vida real. Por eso supongo que hago una comedia problemática que en consecuencia no interesa a casi nadie".



Cobeaga tiene algo que decir al respecto: "Si hay alguien que ha hecho algo totalmente nuevo y que merece la pena destacar es Juan Cavestany con Dispongo de barcos y El señor". Cineasta y dramaturgo (integrante de la compañía Animalario), Cavestany, quien confiesa que nunca se ha reído tanto en su vida como con los especiales de stand up de Louis C.K., presenta estos días en el Festival de Toronto su tercera aventura ‘low cost', Gente en sitios, en la que aborda el humor "abrazando el caos, pero a la vez en movimiento dramático constante, siendo claro y tratando de no mirarme el ombligo ni de impostar nada. En una escena de la película, dos personajes gastan una broma a un tercero, pero de repente la víctima de la broma pasa a ser el espectador y esta escena, casi improvisada y rodada de forma inconsciente, resulta increíblemente molesta e intolerable a muchas personas que la ven. Tengo pendiente reflexionar sobre este efecto".





¿Quién mató a Bambi? de Santi Amodeo



La comedia ya no puede seguir negociando con la inocencia perdida del espectador, y se encuentra en fuga hacia un lugar desconocido, a veces indagando en la oscuridad de las cosas, otras en su reverso más absurdo, y a partir de esas tentativas indeterminadas surgen ‘ofnis' (objetos fílmicos no identificables) que revientan las confianzas del espectador, como las películas de Cavestany, donde montañas de talento reemplazan la precariedad de la producción. "En contra del tópico, la inocencia no es una pérdida irreversible. Puedes reírte de marrón y volver a reírte de blanco", cree Lacuesta, si bien parece claro que, como apunta Cobeaga, "ya no puedes acercarte al público anunciando que vas a hacer reír. Huirían como la peste. Por eso a veces las estrategias son retorcidas".



Incomodidad y horror

Sea mediante el humor agresivo o infantil, macabro o idiocrático, los desequilibrios que la comedia contemporánea genera en el espectador anidan en el germen de lo que se ha venido en llamar el post-humor, y que no cesa de ganar adeptos a uno y otro lado de los espejos de la ficción. Pero seamos serios, ¿qué es exactamente el post-humor? "Un concepto que sirve para catalogar ese humor construido a partir de materiales contrarios como pueden ser el vacío, la incomodidad o el horror", sostiene Vigalondo. Para Lacuesta, bajo otros disfraces, esa clase de "carcajada asombrada" siempre ha estado ahí: "Es estupendo repasar A Book of Nonsense (1846) de Edward Lear y compararlo con el reciente Ultraviolencia de Miguel Noguera [uno de los gurús del post-humor] para ver que son primos hermanos". El director de El factor Pilgrim añade el germen de la corriente: "Si tiro de intuición, supongo que La hora chanante de Joaquín Reyes podría ser un ejemplo de post humor", especifica Amodeo. "Es una etiqueta para definir un humor que sobre todo ha tenido su caldo de cultivo en internet. Al parecer el post-humor no tiene como objetivo hacer reír, pero creo que esa definición no acaba de convencer a los que supuestamente lo practican", dice Cobeaga.





Democracia de Borja Cobeaga.



En la televisión y en internet, efectivamente, es donde se ha ido labrando el culto al post-humor desde que la muchachada de Joaquín Reyes (La hora chanante, Muchachada Nui, Museo Coconut) prendiera la chispa. Colectivos como los Venga Monjas o Canódromo Abandonado empezaron subiendo vídeos delirantes (y todavía lo hacen) en sus respectivos blogs para acercarse en los últimos tiempos a una concepción más "cinematográfica" de su oficio como cómicos. Un denominador común del post-humor podría ser la conciencia con que sus propios artífices ponen en cuestión sus métodos, y cómo el proceso de intelectualización (o idiotización) de la risa prima sobre el gancho emocional. En el corto de Tres tristres triples, Lacuesta y los Venga Monjas deslizan en un momento dado la afirmación de que "el post-humor es una moda", y en el saludable desconcierto que genera La tumba de Bruce Lee de Canódromo Abandonado -proyecto de crowdfunding rodado en Seattle bajo el reconocimiento de que se trata de una película "que no le va a gustar nada al sistema"- abundan los diálogos y las reflexiones metalingüísticas en torno a qué demonios es La tumba de Bruce Lee: "Tienes que entrenarte para verla", dice el personaje de la película que actúa como cicerone. Cavestany confiesa que esta clase de humor le "hace gracia en algún sitio profundo": "En La tumba de Bruce Lee alguien compara la forma de correr sin avanzar en un sueño con untar mantequilla en el suelo con los pies. Este es el tipo de reflexión que me deja perplejo durante días y que ahora me interesa".



Probablemente Don Pepe Popi, de Carlos Vermut, sea una de las piezas que con mayor claridad recoge, en palabras de Cavestany, "ese humor cuyo objetivo principal es no hacer gracia o incluso provocar lo contrario: la extrañeza o la amargura". Vermut, autor de Diamond Flash, coloca a los Venga Monjas en el contexto de una situación dramática, "y tienen que abordarla no como Venga Monjas, un baluarte desde el que pueden reírse de todo, sino desde su condición de individuos", de tal modo que la película acaba siendo un barómetro con el que cada espectador podrá marcar sus límites a la hilaridad. ¿De qué podemos reírnos? ¿Hasta dónde podemos reírnos? ¿En qué momento la risa se encuentra con la lágrima? "Entiendo que lo que han bautizado como post-humor tiene que ver con una clara intención exclusivista -reflexiona Vermut-. Y no lo digo como algo malo, lo digo porque intuyo esa necesidad de filtrar como ejercicio de búsqueda al que es como tú, al hermanado. Al que es capaz de reírse de algo que creías que sólo te podía hacer gracia a ti. El post-humor no nace de la negación, nace de la intención de encontrar a tu media naranja". El imperio del humor, como siempre quiso Chaplin, deriva en el imperio del amor.

De Louis C.K a Hitoshi Matsumoto

Probablemente la comedia sea el género más poroso a las sensibilidades del cine contemporáneo. Los creadores españoles mantienen un admiración generalizada hacia la comedia norteamericana actual, tanto la que se practica en el cine como en la televisión. Si Daniel Sánchez Arévalo y Santi Amodeo coinciden plenamente en sus gustos -Little Miss Sunshine y el cine de Alexander Payne a la cabeza, con mención especial a Entre copas (2006)-, Juan Cavestany confiesa que nunca se ha reído tanto como con Louis C. K., el ‘stand up comedian' creador de la serie Louie, que también se cuenta entre las preferencias de Borja Cobeaga -junto a Ricky Gervais (Extras), Sacha Baron Cohen (Borat) y Greg Mottola (Adventureland)-, mientras que Nacho Vigalondo prefiere destacar la comedia danesa Klown (Mikkel Nørgaard, 2010), Alan Partidge: Alpha Papa (Declan Lowney, 2013) y la obra completa de Hitoshi Matsumoto. En lo referente al cine patrio, forzados a escoger la que, según ellos, es la mejor comedia española del siglo XXI, el consenso es más complicado. Vigalondo apuesta por Mi loco Erasmus (2012), de Carlo Padial; Sánchez Arévalo destaca Vete de mí (2006), de Víctor García León, Amodeo rompe su lanza en favor de 12+1. Una comedia metafísica (2012), de Chiqui Carabante, y Cobeaga resalta la extrañeza de El señor (2011), cuyo director, Cavestany, llama la atención sobre los cortos de Javier Botet y David Pareja.