Protesta tras el atentado contra la revista "El Papus"

Alianza. Madrid, 2010. 357 páginas, 22 euros



Una notable característica de este libro es su insistencia en que la Transición comenzó antes de la muerte de Franco. Quienes sostienen que el franquismo fue un periodo monolítico sin evolución interior alguna tienen aquí una oportunidad de salir del error. Eso no significa que el proceso de cambio fuera una oferta del sistema; fue un intento de supervivencia que gestionaron los más avispados entre las resistencias de los más radicales, el llamado búnker, en un tira y afloja que causó tensiones, miedos y disgustos. La ley de Prensa de 1966 fue uno de los impulsos reformistas que cosechó ataques desde el propio Gobierno, como reveló su autor, Manuel Fraga (Memoria breve de una vida pública, 1980), y permitió agresiones frecuentes a publicaciones y periodistas, pero ayudó, en palabras que la autora reitera, a que la Prensa se adelantara a la clase política en la presión para evolucionar hacia la democracia (págs. 169, 190…).



Tan importante le parece esto a Carmen Castro, catedrática de Historia en Cádiz, que dedica dos tercios de su libro a la contribución de la Prensa al desarrollo político hasta la muerte de Franco, con el epílogo del Gobierno continuista de Arias, y un tercio al meollo de la transición, desde el acceso de Suárez a la presidencia del gobierno hasta la Constitución. La Prensa, no toda pero sí una parte significativa, se batió el cobre para plantear la aspiración de la democracia, proponer las reformas necesarias (elecciones, partidos…) y exponer las opiniones ajenas más significativas (aquello que se llamó el parlamento de papel). En ese empeño, periodistas y medios se arriesgaron a sufrir las arremetidas del poder, actitud que, sostiene Castro, fue decisiva para alcanzar el dorado democrático. El libro es una historia de la Transición con la reseña de los protagonistas de papel, entre los que merecen un lugar de honor Cuadernos para el Diálogo, revista plural de reflexión fundada por Ruiz Giménez tras romper con Franco, de quien fue ministro; el diario centrista e intelectual Madrid; el semanario de izquierdas Triunfo; el colectivo democristiano Tácito que escribía en Ya; el innovador Cambio 16, que hizo una encomiable labor en los años bisagra de la Transición, y, ya tras Franco, las nuevas cabeceras El País y Diario 16.



Echo de menos en la relación de protagonistas a la agencia Europa Press, a cuyo emblemático director Antonio Herrero Losada ni se le nombra, y a cuyo presidente, José Mario Armero, se menciona dos veces por otras razones. Una agencia de noticias tiene menos presencia hemerográfica que un diario pero su labor a veces es más importante. Con su entusiasmo y su profesionalidad, Europa Press abrió cauces a la información, ensanchó el campo de la libertad informativa y… sufrió también heridas del poder. Su contribución no debe ser olvidada, como tampoco la de quienes aparecen en el libro, aunque no son todos los que pusieron su esfuerzo en la ilusión profesional de neutralizar el franquismo con el ejercicio de la libertad.



También cabe llamar la atención sobre el uso generalizado del término censura. No todo control político es censura y a veces resulta más lesivo. Si la censura previa dejó de aplicarse tras la ley de 1966, conviene precisar con qué métodos el poder siguió cercando a la Prensa; y si se denominan censura, no se explican adecuadamente. Pero ello no ensombrece la buena labor de investigación realizada por la autora para culminar esta obra.