Autobiografía sin vida
Félix de Azúa
11 junio, 2010 02:00Félix de Azua. Foto: Marta Pérez
De su niñez, nos cuenta la presencia ineludible del crucifijo. Los niños de la postguerra crecieron con la imagen de un dios ajusticiado, que simbolizaba la dictadura de un general bajito y algo ridículo, incapaz de soportar el contraste con los superhéroes del cómic. Cada época se identifica con unos signos y los signos del régimen franquista convivieron con las hazañas de Flash Gordon y los dibujos de Hanna & Barbera. La hermosa Dale Arden se grabó en el inconsciente de una generación con la misma fuerza que las Vírgenes de Murillo. La cárcel visual concebida por el nacionalcatolicismo no pudo evitar que las piernas de la novia de Flash Gordon o el generoso busto de Sigrid, la reina de Thule que insinúa una sexualidad reprimida en el Capitán Trueno, ofrecieran un punto de fuga a los niños educados (o maltratados) en los colegios de curas donde se identificaba la virtud con la inhibición del deseo.
Azúa divide su peculiar autobiografía en dos partes. La primera está dedicada al arte visual y la segunda a la poesía y la novela. Los caballos de la cueva de Chauvet, situada al sur de Francia, revelan una paradoja asombrosa: el arte nació perfecto y su devenir no es la historia de una decadencia, sino de una desintegración previsible. No hay una explicación convincente sobre el significado del arte rupestre, pero es indiscutible que marca el comienzo de una escisión. Al representar la Naturaleza, el hombre se separa de ella y pierde su inmediatez biológica. El arte avanza en la medida en que la razón prospera, pero esa progresión incluye las semillas de su autodestrucción. Si detrás de cada forma artística hay una idea, la aparición del arte conceptual sólo era cuestión de tiempo. El arte muere por un exceso de racionalidad. Rothko pretendió rescatar el significado elemental de la abstracción, pero descuidó el trabajo puramente técnico. Es evidente que no soportarán el paso del tiempo con la misma resistencia que los caballos de la cueva de Chauvet.
En la segunda parte, Azúa habla del placer poético como una experiencia física. La poesía está aquejada del mismo mal que el arte plástico. Ha perdido la referencia del "no entender entendiendo" de Juan de la Cruz y se ha rebajado a la condición de meros "deberes de colegio". Lo entendió perfectamente Gil de Biedma y eso explica la brevedad de su obra. La novela ha ofrecido su espacio a la poesía, pero ya ha finalizado su ciclo. Nada dura para siempre y es bueno que sea así. Nos resistimos a aceptarlo porque nos hemos acostumbrado a rebajar las cosas a la medida de nuestra temporalidad. Durante un paseo, Azúa descubrió el famoso "sí a la vida" de Nietzsche en la mirada de su podenco canario, que contemplaba la belleza de un valle sin preocuparse de la eternidad. Este libro es un alegato a favor de esa finitud que nos espanta, pero que nos libra de una eternidad tan indeseable como el desierto del cuento de Borges, donde murió extraviado el rey que afrentó a Dios construyendo un pavoroso laberinto.