Mordecai Richler. Foto: David Bezmozgis

Trad. M. Martínez-Lage. Sexto Piso. 583 pp., 27 eb



Ya nos lo sabemos, porque es un chiste de toda la vida: el viejo judío cascarrabias que se burla de todo lo moderno o correcto. ¿Una nuera vegetariana, un hijo multicultural, un mando a distancia con demasiados botones, una feminista a la vista...? Ahí va su andanada geriátrica. También conocemos la canción que suena de fondo, una que habla de los problemas de la verdad, la memoria y la identidad, tan difíciles de establecer. Así que con La versión de Barney, Mordecai Richler (Montreal, 1931-2001) no parte con demasiada ventaja: todo esto lo hemos visto docenas de veces. Sin embargo, luego llega la lectura y uno se ríe a carcajadas. Puede que el chiste, en efecto, sea antiguo; pero este autor sabe contarlo.



Barney Panofsky es el propietario de la empresa Totally Unnecessary Productions, dedicada a crear series televisivas infames. Es un hombre mayor y la pérdida de memoria lo acecha, así que se lanza a escribir sus memorias. La crónica de su vida es sencilla: tuvo tres esposas, una juventud en París y un amigo muerto. Esto último tiene importancia, porque todo el mundo cree que Barney lo asesinó, librándose de la condena sólo por ausencia de cadáver. Él lo niega. Nuestro protagonista, pues, decide ordenar los pasos de su vida, convertirlos en un relato, bajo el signo de esta confesión: "Soy un enmendador nato de lo ya vivido. Claro que, a fin de cuentas, ¿qué es un escritor, aun cuando sea tan primerizo como yo?". El resultado combina digresión y diatribas.



Richler maneja multitud de recursos no exactamente geniales, pero sí eficaces. Así, no es casualidad que tengamos acceso a las memorias, igualmente "enmendadas", de otros personajes; o que Barney lleve siempre en su equipaje la Vida del doctor Johnson de Boswell, por mucho que bromee diciendo que "deseo que lo encuentren en mi mesilla en el supuesto de que estire la pata mientras duermo". Pero para mí, en lo referente al juego de la verdad o la mentira y su relación con la escritura, hay dos ornamentos especialmente hábiles: las notas a pie de página del hijo de Barney, Michael Panofsky, que suponen una enmienda a la enmienda; y el paralelismo que se establece con el referéndum del 95 sobre la independencia del Quebec. Por cierto, Richler lanza varias puyas a los nacionalistas y su enternecedora práctica de convertir a hombres adultos en medidores del tamaño de los rótulos en inglés y francés.



La versión de Barney es muy divertida, aunque le hubiera sentado bien una poda (sobran tantas fantasías eróticas con la señorita Ogilvy, esos largos monólogos de la segunda señora Panofsky, las muchas reiteraciones, algunas bromas obvias...). Hay dos personajes estupendos: el cínico, resentido, gamberro, cobardica y sin embargo ingenioso y hasta tierno Barney, por quien sentimos indiscutible simpatía; y su padre. Esa figura es también de manual del humorista, no nos engañemos, pero a Richler le sale redonda: es un expendedor de pedorretas, un ingenuo experto en reventar la ocasión más solemne con sus anécdotas sórdidas y su franqueza.



Entre las puyas arrojadas por el bueno de Barney, recojo una para cerrar: tal y como van las cosas, muy pronto "la nueva enfermedad social será la inteligencia". Llevaba razón, el puñetero.