Luis Herrero. Foto: La Esfera

La Esfera de los Libros, 2011. 348 páginas, 19 euros



El tercer disparo (2009) no fue el primer libro de este conocido periodista, pero sí su primera incursión en la ficción narrativa cobijándose, con acierto, en las claves aprendidas y admiradas siendo lector consagrado de novelas policíacas. Si aquella fue todo un thriller al que no le faltaron elogios (ni lectores) esta otra, titulada Los días entre el mar y la muerte, es también una auténtica novela de suspense rendida a los clásicos Hammet y Chandler, al detalle extremo en la escenografía, en ambientes y caracteres, y volcada en el lado oscuro de la condición humana. Desde ese asidero, Luis Herrero (Castellón,1955) invita al lector a participar en una intriga trepidante, equipada con acciones, personajes y sorpresas de distinto calibre, y volcada en tal despliegue argumental que lo más admirable, tras la lectura, es la compleja lógica que sirve a la trama.



Su escenario se reparte entre Madrid y Castellón; la época se justifica con alusiones al convulso presente (desdoblado en dos tiempos con un paréntesis de 17 años), aquí sugerido en el turbio y dramático asunto del robo y venta de niños recién nacidos cambiando su identidad, lo que da pie a una sugerente reflexión -sobre la búsqueda de identidad personal- que atraviesa el relato de punta a punta y lo enriquece con interesantes disquisiciones al respecto. Sus protagonistas son dos jóvenes que, a lo largo de un verano, se ven involucrados en el resultado de una acción que comenzó años atrás y la protagonizaron un importante abogado, la mujer de la que se enamoró y el fruto de esa relación.



Lo que leemos es una larga historia a dos voces que comienza con una advertencia telefónica anónima, amenazando de muerte a la mujer, y se extiende en una larga persecución, tras la pista de un bebé (que el abogado nunca llegó a conocer), para impedir que llegue hasta él un testamento que lega mucho más que una fortuna en metálico. Así, entre sugeridoras conjeturas, pistas que despistan, narraciones encadenadas, siniestros crímenes, y, de fondo, males que derivan de la codicia y bondades resultantes de las relaciones humanas, es imposible no dejarse conducir. ¿El resultado? Suspense bien dosificado y entretenimiento más que garantizado.