Ignacio Echevarría

El décimo aniversario del atentado de la estación de Atocha, ocurrido el 11 de marzo de 2004, ha dado pie, como cabía esperar, a un amplio despliegue mediático. Junto al recuerdo de las víctimas, la dilucidación de la autoría del atentado y de las razones y circunstancias que lo motivaron, así como la refutación de algunas de las hipótesis a que dio lugar, han acaparado el grueso de los análisis y recordatorios, por encima incluso del balance crítico de las consecuencias que el trágico suceso tuvo no sólo en la vida política española sino, más ampliamente, también en la conciencia de los ciudadanos.



Respecto a la cultura, no han faltado los apuntes recapitulatorios, como el de Antonio Lucas en el amplio dossier sobre el 11-M preparado por El Mundo. Lucas habla allí del "hueco en blanco" que el atentado ha dejado en la cultura española: apenas una película notable (No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu), una mediocre producción televisiva (11-M), un par de poemarios y de temas musicales (de La Oreja de Van Gogh, de Despellejo, ya ven), y un puñado escaso de novelas, no todas memorables, que, lejos de discurrir abiertamente sobre él, utilizan el atentado como trasfondo del relato: La piedra en el corazón, de Luis Mateo Díez; La vida antes de marzo, de Manuel Gutiérrez Aragón; El mapa de la vida, de Adolfo García Ortega; Madrid Blues, de Blanca Riestra... Bien poca cosa, tanto menos si se compara -como hace Lucas- con la repercusión que ha tenido el 11-S en la cultura norteamericana.



Los sondeos realizados por Lucas y otros para explicarse ese "hueco en blanco" que ocupa el 11-M en la cultura española arrojan muy poca luz. Gutiérrez Aragón lo atribuye a que el atentado "se politizó en exceso". Un diagnóstico cuestionable, en el que sin embargo parecen coincidir la mayor parte de los consultados. Entre éstos no faltan los que invocan -como el editor David Trías- la concepción que el español medio suele tener de la cultura como un ámbito de "evasión y entretenimiento", en el que no suele ser bien recibida la intromisión de problemáticas vivas y concernientes, ya no digamos si vitriólicas (como, por no ir más lejos, ha sido durante décadas el terrorismo de ETA).



"La literatura como reflexión sobre nuestra historia presente, más aún si se trata de sucesos trágicos como el asunto de Atocha, parece abocada al fracaso", observa Blanca Riestra, que se queja del "tupido silencio" (¿?) que parece haber envuelto a todas las novelas que discurren sobre el atentado.



Otro argumento que se trae a colación es el estado de shock en el que el atentado sumió a unos y otros. José-Carlos Mainer habla de "la irrupción de una realidad que desbordó todo, que no se ha asimilado y que está como un quiste que oculta la insatisfacción política y social que se ha agudizado desde entonces, a la vez que descubre la sensación de vulnerabilidad".



Por mi parte, me pregunto si, aprovechando los despliegues periodísticos del décimo aniversario del 11-M, alguien se ha tomado el trabajo de acudir a las hemerotecas y exhumar lo que, en pleno estado de shock, cuando el ruido de las sirenas todavía sacudía la ciudad de Madrid, escribieron algunos de los más conspicuos creadores e intelectuales españoles. Si alguien se ha tomado el trabajo de repasar las páginas de la prensa española del día después, del 12 de marzo de 2004, fecha que -como el 11-M- debería grabarse en la memoria histórica y cultural de este país porque es el día en que la práctica totalidad de la prensa nacional acató obedientemente, sin apenas reservas ni cuestionamientos, la versión oficial sobre la autoría del atentado; y es el día, también, en que, desde las páginas de casi todos los periódicos españoles, escritores, artistas e intelectuales de renombre sirvieron de coro para escenificar las reacciones que aparejaba dicho acatamiento, reacciones que recorrieron todos los grados previsibles entre el balbuceo horrorizado, el gemido lírico y la condena solemne, transida de indignación.



Me pregunto cuántos de esos escritores, artistas e intelectuales han vuelto luego sobre sus palabras de esa hora primera, cuántos han reflexionado públicamente sobre sus reflejos en aquellos momentos, sobre su actuación. Y si los pronunciamientos impulsivamente hechos aquel día, el ruido verbal y emocional con que tantos amplificaron el ruido de las bombas, no se cuentan entre las razones profundas (¿traumáticas?) de la sospechosa afasia que parece padecer la cultura española en relación al 11-M.