
Las mujeres se exponen a diagnósticos erróneos, menos pruebas y exclusión en ensayos clínicos.
Diagnósticos erróneos, menos pruebas y exclusión: el sesgo de género que afecta a las mujeres más allá de las consultas
A pesar de que representan al 70% de las personas que sufren dolor crónico, el 80% de los ensayos se hacen con hombres, según un estudio.
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Si le hablo de los síntomas de un infarto, posiblemente el dolor en el pecho, la dificultad para respirar y el dolor en el brazo izquierdo, sean los primeros que se le vengan a la cabeza. Del mismo modo, puede que piense en una enfermedad reumática como dolor en la columna vertebral o, más recientemente, en la fiebre como el síntoma más común después de administrarse la vacuna de la Covid.
Pero, ¿y si le dijera que se equivoca?, ¿y si le dijera que esos signos son eminentemente masculinos? Pues, aunque parezca mentira, así lo demuestra la ciencia. En una disciplina como la medicina, que es tan antigua como el mundo, la evolución es importante.
Avances en tratamientos, en pruebas, en diagnósticos… se tornan insuficientes cuando el gran problema sigue siendo —aún— una teoría y unas bases sentadas desde la visión del androcentrismo. Esto ha asentado un fuerte sesgo de género que llega a afectar a las mujeres mucho más allá de las consultas.
Pero, ¿qué es exactamente el sesgo de género en la medicina? Un diagnóstico erróneo, un tratamiento tardío, no ser tomadas en serio o ensayos clínicos que las discriminan son sólo algunas de las consecuencias. Y los estudios lo avalan.
Un reciente informe de la prestigiosa Escuela de Medicina de la Universidad de Yale afirma que, a pesar de que las mujeres suponen un 70% de la población que padece dolor crónico, el 80% de las investigaciones en relación con esta dolencia se basan en sujetos masculinos.
Pero, ¿cómo es posible que esto siga sucediendo? Para encontrar la respuesta, María Teresa Ruiz Cantero, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Alicante, y Elisa Chilet Rosell, bióloga, doctora en Salud Pública e investigadora especializada en salud y desigualdad de género en la Universidad Miguel Hernández, explican qué es lo que sucede cuando la puerta del médico se cierra.
La medicina sí tiene género
Ruiz Cantero, que además es coordinadora del informe Perspectiva de género en Medicina (Fundación Antoni Esteve, 2019), explica que este concepto no se puso de manifiesto hasta 1991, momento en el que la Asociación Americana de Mujeres Médicas (MWIA) aludió a que existía sesgo de género en la práctica profesional.
Fue entonces cuando la MWIA puso el debate sobre la mesa y, además, con una definición a la que atenerse. "Se trata de las diferencias en el esfuerzo diagnóstico terapéutico entre hombres y mujeres que no están justificadas por factores clínicos", recuerda la catedrática, aludiendo al concepto asentado por este organismo.
Chilet, para completar la definición, prefiere ejemplificar: "Para pensar en el sesgo de género en medicina podemos pensar en la ilustración de Leonardo da Vinci El hombre de Vitruvio que todas y todos hemos visto alguna vez".
Y continúa: "En ella se representa una figura masculina desnuda en dos posiciones sobreimpresas de brazos y piernas, dentro de una circunferencia y un cuadrado. Es decir, la figura masculina en el centro del conocimiento y, por supuesto, también en medicina".
La doctora e investigadora añade: "Tradicionalmente, la medicina ha considerado al hombre como patrón y a partir de él ha considerado a la mujer. Tenemos un menor conocimiento de salud y enfermedad en las mujeres, tanto en enfermedades que afectan a ambos sexos como las que son propias de la mujer. Esto ha llevado a que, ante una misma necesidad, las mujeres tengamos mayores dificultades para tener un diagnóstico y tratamiento adecuado".
Más allá del infarto
Pero, ¿en qué se traduce todo esto? Más allá del ejemplo clásico del infarto, nos encontramos multitud de enfermedades o patologías, ya sean de índole respiratoria, cardiaca o digestiva, que comienzan a manifestarse de manera distinta en hombres y mujeres.
"Un ejemplo análogo a lo que ocurre en el infarto y muy descrito en la literatura científica son las espondioloartropatías, una enfermedad reumática. Como los síntomas descritos eran los que presentaban más frecuentemente los hombres, se les diagnosticaba más frecuentemente porque la sospecha diagnóstica era mayor y se pensaba que era una enfermedad típicamente masculina", cuenta Chilet.
"Ahora sabemos que la presentación de la enfermedad en mujeres es diferente. Mientras que en los hombres afecta más a la columna vertebral, en mujeres la afectación es mayor en las articulaciones", continúa.
Además, afirma la experta, "se ha comprobado que a ellas se les realizaban menos pruebas y se minimizaba su dolor sin ser derivadas a especialistas mientras pasaban por diferentes diagnósticos erróneos, incluidos problemas de salud mental".
En la misma, otro de los ejemplos —y quizás el más llamativo— que encontramos de la ausencia de mujeres en ensayos clínicos se trata del que se hizo para la conocida como viagra femenina. Para la investigación de este fármaco se utilizó un grupo de 25 sujetos sanos, de los cuales 23 fueron hombres y tan sólo dos mujeres. Pero, ¿cómo es posible? Chilet sentencia: "Es posible y, además, frecuente".

Las mujeres suelen estar excluidas de los ensayos clínicos. iStock
Ruiz Cantero asegura que, desde siempre, "los ensayos clínicos han utilizado el patrón masculino para el estudio de tratamientos, especialmente en las primeras fases de desarrollo de un fármaco". Concretamente, el de hombre blanco de 70 kilos.
Chilet lo refrenda: "Históricamente, se excluyó a las mujeres de los ensayos clínicos por miedo a posibles malformaciones en el feto o efectos en la fertilidad. A partir de los años 90, se exige incluirlas, pero hay ciertos problemas que lo dificulta, como la interacción de las hormonas con el tratamiento, que puede modificar los resultados".
Pero, una vez pasados los muros de la investigación, este sesgo de género que sufren las mujeres se hace notar también en las sillas de consulta. "Allí vemos como interactúan los roles, normas y estereotipos de género", cuenta Chilet.
"En el caso del dolor, hombres y mujeres lo expresamos de manera diferente y también se interpreta de manera distinta. Hay una revisión bibliográfica sobre el dolor con un título muy descriptivo que resume el estereotipo de género que se interpreta en la consulta: hombres estoicos y mujeres emocionales", confirma la experta.
"Los hombres no pueden mostrar debilidad, por tanto, cuando se quejan de dolor, este es tomado en serio por las y los médicos, y actúan buscando una causa", añade.
Y matiza que en el caso de las mujeres, hay mayor tendencia a ligarlo con temas emocionales y pensar que son unas exageradas, por lo que no se actúa igual. También hemos visto como a mujeres que sufren dolores incapacitantes, como en el caso de la endometriosis, no se les ha tomado en serio o se ha pensado, incluso, que mentían. Y como este tenemos muchos ejemplos", añade.
Un problema de base
Ahora, la pregunta del millón es: ¿y cómo se soluciona todo esto? Para las dos expertas, todo pasa por introducir cambios "en las escuelas". "Al final, los alumnos reproducen lo que ven en la teoría, y la teoría ya hemos visto que no contempla en muchos casos que los signos o síntomas de distintas enfermedades o patologías pueden diferir cuando cursan en mujeres", afirma Ruiz Cantero.
Para la coordinadora del informe Perspectiva de género en Medicina, la solución pasa por una "incorporación de asignaturas con perspectiva de género en las universidades" pero, completa Chilet, "aún falta mucho por hacer".
"Hay iniciativas y experiencias interesantes, y tenemos materiales para realizar esta transformación, pero en mi opinión no ha habido un cambio generalizado. Lo ideal sería que las cuestiones de género atravesaran transversalmente los planes de estudios de los grados de ciencias de la salud, pero lo que generalmente vemos son asignaturas o contenidos aislados y que dependen más de la voluntad de ciertos miembros del profesorado que de un cambio de paradigma", finaliza la bióloga e investigadora.