Teatro

El talento

Portulanos, por Ignacio García May

10 mayo, 2007 02:00

El talento fue una moneda de origen babilónico, luego popularizada en todo el Mediterráneo antiguo. Su valor era variable, pero se utilizaba siempre para aludir a sumas de dinero muy elevadas. Cuando en el teatro griego se referían a un ‘actor de talento querían decir que les había costado muy cara su contratación, puesto que se le pagaba en esa moneda. Evidentemente, por semejante precio se esperaba de él que fuera el mejor. De ahí viene la identificación entre la palabra y nuestra interpretación contemporánea de la misma, que no es sólo la de ‘aptitud’ o ‘capacidad, según la R.A.E., sino algo mucho más misterioso. El talento es atronador: se hace notar cuando está y también cuando no. Incluso un hombre tan austero como Zeami, el padre del Noh, se vio obligado a reconocer la existencia de algo que él llamaba Yûgen y que los traductores españoles del Fushikaden identifican sabiamente con el ‘tener duende’ o ‘tener ángel’ de nuestro idioma. Desde hace un tiempo se han puesto de moda en la tele esos programas que, supuestamente, descubren y muestran el talento. Es turbador: no sabemos analizar los errores de nuestro sistema educativo sin hacer discursos apocalípticos completamente inútiles, y acusamos de vagos, incompetentes y desagradecidos a esos jóvenes a los que tanto hemos dado (una playstation a cada uno), pero luego exigimos de ellos que estén bendecidos por el talento. Y si no lo tienen, al infierno de cabeza, como jansenistas que no hubieran recibido la Gracia en la Lotería Divina. Lo que hacen en realidad todos esos programas inmundos es alimentar la Gran Máquina de Vender Cosas echándole dentro a un montón de chavales engañados y al público que les sigue, pensando todos ellos que lo mejor que le puede pasar a uno es ser rico y famoso. Pero es incongruente que se hable tanto del talento en una sociedad de la que previamente se han extirpado tanto el pensamiento crítico como la noción de esfuerzo; porque ninguno de ellos garantiza su existencia, pero son las dos únicas cosas que ayudan a cultivarlo.