María Jesús Perles posa antes de la entrevista.

María Jesús Perles posa antes de la entrevista. Álvaro Cabrera

Málaga A título personal / María Jesús Perles, catedrática de Geografía por la Universidad de Málaga

"Un defecto en Málaga es aprovechar los recursos con tal intensidad que acabamos por matar la gallina de los huevos de oro"

"El modelo de construcción de rascacielos dentro de la trama urbana ya saturada es erróneo; se pueden construir, pero en espacios más proclives, que no saturen".

"Consideraría imprudente bajar las exigencias de seguridad para permitir la construcción de los puentes-plaza en el Guadalmedina"

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La Torre del Puerto, el Guadalmedina, las inundaciones en Campanillas, los riesgos que pesan sobre la provincia de Málaga, la evolución de la ciudad… Asuntos centrales de la conversación con María Jesús Perles, catedrática en Geografía por la Universidad de Málaga y especialista, entre otros muchos asuntos, en gestión del territorio. 

¿Dónde nació usted? 

Soy malagueña de nacimiento. Mi apellido despista un poco porque mis abuelos de parte y parte son levantinos. Pero mis padres son nacidos en Málaga. Soy de Málaga Este, nacida en Las Acacias y sigo viviendo allí. Podemos decir que soy medio paleña. 

Es curioso, porque hay gente que es de El Palo y luego hay gente que es de Málaga.

Es un poco como los trianeros respecto a Sevilla. Soy de las que sigue diciendo lo de bajar a Málaga. Somos un poco República Independiente

¿Qué le llevó a usted a estudiar Geografía? 

En aquellos tiempos la información que se tenía sobre la geografía en Bachillerato o en Educación primaria era más sesgada de la que se recibe actualmente. En aquel entonces pensaba que la geografía tenía que ver, únicamente, con saberse los ríos, las montañas, un poco los mapas... 

Entré en la facultad de Filosofía y Letras más bien orientándome a la parte de Historia del Arte, de Patrimonio. Pero en los cursos de asignaturas comunes contacté con los profesores de geografía y, fundamentalmente, con el profesor García Manrique, que me abrió los ojos hacia lo que sería la geografía moderna, que es una ciencia que tiene mucho más que ver con las relaciones del ser humano con el territorio. Estas relaciones son muy complejas, porque se rigen por las leyes que impone el medio natural y por las acciones de uso y transformación  que propone la sociedad en ese entorno

En los años en los que usted empezó, ¿cuál era la percepción social que se tenía de esa relación del ser humano con el territorio?

En aquellos años había mucha distancia entre las disciplinas del entorno de las ciencias de la tierra, que abarcaban el medio natural, respecto a la perspectiva de la arquitectura y la ingeniería, que abordaban los aspectos relacionados con el territorio artificial o el medio humano. Los planes de ordenación urbana los realizaban los arquitectos. Fue en ese momento cuando los primeros compañeros empezaron a visibilizar socialmente lo que nuestra disciplina llevaba haciendo mucho tiempo, que era entender que las ciencias pueden tener ramas distintas y enfoques sectoriales, pero que el territorio es una unidad integral en las que hay montones de interrelaciones de los procesos naturales con los procesos del medio humano. Teníamos muy poca visibilidad y seguimos sin tenerla ahora.

¿Es comprensible que eso siga siendo así?

Hay algunas deficiencias que explican que eso sea así. Porque en Secundaria todavía hay pocos geógrafos y geógrafas explicando Geografía. Los compañeros que se dedican a la docencia en Secundaria suelen tener una formación más vinculada a la historia. Y la geografía les resulta un poquito ajena. Y no crean grandes vocaciones. Por otra parte, observamos que, a nivel universitario, hay alumnado que podría encajar muy bien en el grado de Geografía, pero que opta por el grado de Ciencias Ambientales porque pega más al oído. Se conoce poco el cometido de la Geografía y qué campos aborda. Tenemos el sesgo de tener que explicar que no nos pasamos los cuatro años estudiando, como bromeamos, 'primero de ríos, segundo de capitales...

" Se conoce poco el cometido de la Geografía y qué campos aborda. Tenemos el sesgo de tener que explicar que no nos pasamos los cuatro años estudiando, como bromeamos, 'primero de ríos, segundo de capitales...'

¿Cuál diría que es el principal riesgo que pesa sobre la provincia de Málaga?

Evidentemente podemos hablar del riesgo de inundación, que es palpable y tiene un carácter creciente. Los hechos empíricos evidencian que no lo estamos gestionando bien. El modelo de gestión de riesgos que hemos estado utilizando hasta la fecha para las inundaciones es insuficiente y tiene claras deficiencias y limitaciones.

Eso queda en evidencia con los datos de daños que ofrece el Consorcio de Compensación de Seguros, que muestran que, desde los años 70 hasta la actualidad, las pérdidas no han hecho más que crecer. En todos estos años hemos sido capaces de mejorar extraordinariamente nuestra capacidad técnica de intervenir en el territorio y, teóricamente, de proponer soluciones para que el riesgo disminuya, pero la realidad es que los daños por inundación aumentan.

Esto demuestra que la gestión del territorio la estamos haciendo mal. Eso es preocupante, no solo por los hechos puntuales. Como sociedad tenemos que darnos cuenta que hay que cambiar la inercia que traemos, sobre todo porque lo que nos viene ha cambiado a peor. La pregunta es si como sociedad seremos capaces de darnos cuenta de que hay que cambiar este modelo de gestión del riesgo de desastres fallido, concienciarnos de que de hay que reenfocarlo

María Jesús Perles, delante de un mapa, en su despacho.

María Jesús Perles, delante de un mapa, en su despacho. Álvaro Cabrera

¿Y cómo se reenfoca? 

Se reenfoca corrigiendo errores. El modelo de gestión del riesgo de inundación que se ha utilizado todos estos años en España y la costa mediterránea hay que desecharlo. Tenemos muchísimos vicios adquiridos en relación con el riesgo de inundación. Para reducir los daños se puede actuar en una doble vía: mitigar la peligrosidad, intentando que las crecidas sean menos peligrosas, normalmente con obras de ingeniería, y se puede actuar evitando la exposición al riesgo en los espacios peligrosos. 

En un primer momento parecía lógico actuar intentando controlar el peligro para proteger a la población que ya estaba expuesta. Pero lo que se ha hecho es un proceso un poco perverso, al aparejar la mitigación relativa de la peligrosidad con la declaración de esos espacios como seguros. Esta garantía que da la gestión institucional del riesgo sobre determinados territorios propicia, lógicamente, la sobreconfianza de la población.

La población entiende que si se permite construir en un determinado espacio, que originalmente era peligroso, es que ya es seguro. Se ocupan los espacios que antes eran inundables y que ahora, teóricamente, son seguros, lo que produce una sobreexposición extraordinaria. La consecuencia al final es que cuando hay algún fallo en las medidas de control, que son frecuentes y serán crecientes, nos encontramos un nivel de exposición extraordinariamente elevado, con efectos mucho más dañinos. Este es un bucle que en el espacio mediterráneo tiene una prevalencia tremenda.

"El modelo de gestión del riesgo de inundación que se ha utilizado todos estos años en España y la costa mediterránea hay que desecharlo. Tenemos muchísimos vicios adquiridos en relación con el riesgo de inundación"

Es un escenario preocupante...

En los espacios mediterráneos el territorio es suelo y se ha ganado mucho dinero con la venta de suelo urbanizable, con la construcción. En 2005 se celebra en Kobe la II Conferencia Mundial de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastre. En ella se afirmaba que la gestión no puede sustentarse en el supuesto control de la peligrosidad, sino que debe centrarse en limitar la exposición al riesgo,  y reforzar la vulnerabilidad de la población y bienes que ya están expuestos. Pero en 2005 nosotros estábamos en plena burbuja inmobiliaria. así que podemos imaginar el caso que se hace a esto. Ninguno. 

La ley del Suelo del 98 amparó los procesos de urbanización generalizados y propició la declaración como urbanizable de prácticamente toda nuestra franja costera, por intereses obvios para la construcción. También fue la primera que intentó controlar, mediante la ordenación del territorio, los problemas de riesgo. Se redactó a partir del desastre de la Biescas. Y en ella se recoge un artículo mediante el que se declaran no urbanizables los terrenos inundables. Pero al mismo tiempo es la ley que propicia la burbuja inmobiliaria. El interés de los ayuntamientos en declarar no urbanizables las zonas inundables fue ninguno.

Posteriormente, en 2008, la nueva ley de suelo empezó a exigir al planeamiento el Informe de Sostenibilidad Ambiental, incluyendo una cartografía de inundabilidad. El tema es que muchos de los PGOUs son previos a ese cambio de legislación. Nosotros mismos hemos creado toda la exposición a los riesgos con la que nos encontramos en la actualidad.

Conforme a lo que cuenta, hay mucha gente engañada. Personas que creen estar viviendo en una zona segura cuando realmente no lo es o no lo es del todo.

A veces se trata de una alegalidad, porque la creación de esas zonas urbanizables es previa a toda esta normativa. Pero en el momento en que permites urbanizar unos terrenos, desde el punto de vista institucional, como responsable de la gestión del territorio, le estás dando a estas personas la garantía de que se pueden usar para vivir. La pregunta es ¿y ahora qué hacemos? Porque hemos habilitado la construcción en territorios de riesgo pese a que había un patrón de peligrosidad originario. Esto genera una inercia muy difícil de corregir porque afecta a un pilar de nuestra economía, la construcción. Ahora estamos en un periodo de reactivación de ese modelo económico. 

“En el momento en que permites urbanizar unos terrenos, desde el punto de vista institucional, das a las personas la garantía de que se pueden usar para vivir. Hemos habilitado la construcción en territorios de riesgo pese a que había un patrón de peligrosidad originario"

Ahora que estamos en 2025, ¿su percepción es que estamos aplicando las enseñanzas?

Hay que pensar que un proyecto urbanístico o un plan general de ordenación urbana tiene que contar con el aval de los organismos de cuenca. Y estos sí que están, progresivamente, siendo más rigurosos, más restrictivos respecto a lo que se permite o no, especialmente desde que entró en vigor en España la Directiva Europea de Inundaciones. Luego está la realidad… porque hay muchos resquicios por los que se puede ir perpetuando el modelo. Imaginemos el caso de las inundaciones de Campanillas. Hemos visto la gravedad de los problemas y tenemos la propuesta de urbanización de cuatro o cinco sectores nuevos en la vega baja.

María Jesús Perles, durante la entrevista.

María Jesús Perles, durante la entrevista. Álvaro Cabrera

Con unas 7.000 viviendas.

Lo que dice la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres  respecto a esto es drástico. Un espacio en el que ya se han aplicado medidas duras para controlar la peligrosidad nunca se puede volver a declarar urbanizable. Hay que aceptar que la protección absoluta no es posible y planificar teniendo en cuenta los accidentes. El control de la peligrosidad tiene que estar encaminado a salvaguardar los espacios en los que ya hemos permitido esa exposición, porque hay una deuda moral después de que hayan sido las instituciones las que han permitido esa ocupación, pero nunca a volver a generar situaciones de exposición al riesgo. 

Imaginemos el caso de Valencia. ¿Qué hacemos con las zonas que ya están consolidadas? A esas personas hay que protegerlas. Y hay que hacerlo con medidas de control de la peligrosidad, si no pueden aplicarse otras. Lo que ocurre es que se están utilizando estas situaciones de crisis de manera un poco demagógica. Todos queremos que a esas personas se les proteja, porque están en zonas inundables y se les permitió construir en ellas. Hay una cierta sensación de solidaridad social que nos lleva a pensar: 'vale, se hicieron mal las cosas, fueron fruto de un error, pero de alguna manera hay que resolver la situación de riesgo que se ha generado”. 

Y es ahí cuando es fácil que las instituciones aprovechen la sensibilidad social del momento para argumentar que la única solución posible es crear nuevas presas, más encauzamientos, más infraestructuras duras. Lo que ocurre es que cuando se da por controlado nuevamente el peligro, se aprovecha para ampliar los espacios urbanizables en esas cuencas. Ese es, en muchos casos, el objetivo último. La demagogia aquí da mucho juego. 

¿Desde su punto de vista no deberían permitirse los desarrollos que se plantean junto al Campanillas?

La cuenca del Campanillas puede servir de ejemplo respecto a lo que estamos comentando y los distintos modelos de gestión del riesgo. Es una cuenca inundable de forma natural y se construyó la presa de Casasola para mitigar el peligro, así como la del Tomillar. También se hizo el encauzamiento del arroyo del Tomillar para evitar los problemas en el Parque Tecnológico de Andalucía. Hablamos de una cuenca en la que la intervención para controlar el peligro ha sido contundente y costosa, y sin embargo, llega el año 2020 y se producen unas inundaciones de una dimensión extraordinaria. 

¿Podemos asegurar que ese espacio en el que hemos intentado mitigar la peligrosidad es poco peligroso? Nada, en absoluto. Hemos comprobado que las intervenciones sobre el peligro no han sido suficientes, no han sido acertadas. De hecho, en algunos casos, esas intervenciones son las que han generado el peligro.

Me estoy refiriendo, por ejemplo, a dejar inacabado durante años el encauzamiento del arroyo del Tomillar, que desbordaba súbitamente su caudal, acelerado por el propio encauzamiento, en las mismas puertas del núcleo urbano de Campanillas. O no prever en el mantenimiento de Casasola lo que resulta inevitable: las crecidas en cuencas con dinámicas de erosión y movimientos en masa como la del Campanillas generan unos arrastres de magnitud extraordinarias, que, necesariamente, causan problemas en los desagües de fondo.

"Si ahora lo que vamos a hacer es promover la urbanización de los espacios aguas abajo del Campanillas, iniciamos de nuevo el bucle. ¿Lo que se pretende es salvaguardar la seguridad de las personas o favorecer las actividades económicas de un sector determinado?"

En este contexto de ineficacia, se piden nuevas medidas de control sobre la peligrosidad. Teóricamente, para salvaguardar la seguridad de las personas que ya están expuestas. Pero si ahora lo que vamos a hacer es promover la urbanización de los espacios aguas abajo, iniciamos de nuevo el bucle. La cuestión es clara ¿Lo que se pretende es salvaguardar la seguridad de las personas o favorecer las actividades económicas de un sector determinado? ¿Cuánto de caro nos va a salir la supuesta seguridad de esos suelos? ¿A pesar del historial de fallos, vamos a seguir afirmando que somos capaces de controlar el peligro? La capacidad de ese terreno no es la de la urbanización, es evidente. 

¿Permitir la construcción de más viviendas en ese entorno es negligente? 

A mí me parece que es imprudente. Y no es que me lo parezca a mí, es que lo dice la Oficina Nacional Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres. En eso consiste el cambio de modelo. Este tipo de casos es el que hay que evitar. Porque está demostrado que no podemos asegurar que el peligro de una zona está controlado, lo único a lo que  podemos aspirar es a reducirlo. 

María Jesús Perles muestra uno de los libros de tiene en su despacho.

María Jesús Perles muestra uno de los libros de tiene en su despacho. Álvaro Cabrera

Asegurar, por ejemplo, que la presa de Casasola tiene controlada la peligrosidad, significa aceptar que el cálculo de avenida de proyecto y extrema, y consecuente zona de resguardo de seguridad, basado en los periodos de retorno, no plantean incertidumbre.

Esto hoy día está puesto en cuestión por los expertos en materia de peligrosidad de inundación de distintas disciplinas. Para garantizar que la presa lamina la crecida correctamente, habría que asegurar, igualmente, que está, siempre, en un nivel de mantenimiento y eficacia funcional perfecto. Ya se ha visto que no es el caso. En esta línea, entre las reglas esenciales de UNESCO para gestionar la inundación se indica con claridad: "Aceptar que la protección absoluta no es posible y planificar teniendo en cuenta los accidentes"

El asunto es si las administraciones, quienes tienen la última palabra en este tipo de cuestiones, priman más el aspecto económico o la prevención.

En el modelo de gestión hay otros intereses que van más allá de la protección de la población respecto al riesgo. Intereses que pesan mucho en determinados casos. Lógicamente, al final depende de cada administración, de cada técnico responsable, de cada promotor y de cada organización urbana. Habrá decisiones más armónicas, más sensatas y más eficaces que otras. Pero lo que es cierto es que de forma paralela y subyacente, junto al modelo de gestión del riesgo, está el modelo del uso del territorio, que en nuestro entorno tiene mucho que ver con entender el suelo como un capital para la producción económica.

¿Cree que se puede utilizar la crisis de la vivienda para allanar el camino a la construcción casi en cualquier parte?

Evidentemente, se presta al uso demagógico en este sentido. Y claro que hay que construir viviendas, sobre todo VPO, pero hay que pensarse dónde. Lo que no podemos es dotar al territorio de una capacidad que no tiene. El nuevo Marco de Sendai viene a decir que hay que aplicar un enfoque resiliente. Es decir, que hay que aprender de los errores y proponer soluciones distintas a las fallidas. 

¿Aprendemos? 

Me da sensación que poco. Todavía son comunes las propuestas que tratan de esquivar de una forma u otra la evaluación de riesgo. Por ejemplo, la modificación del Plan Especial del Puerto para la Torre en el dique de Levante. Fue considerada una modificación menor, pese a que es un ajuste que debe permitir la construcción de un rascacielos de 150 metros en un terreno ganado al mar. Por este motivo ha estado exenta de la evaluación de riesgo. No ha habido una evaluación del riesgo en la zona de esa propuesta. Y eso en un escenario de  elevación del nivel del mar, incremento de los temporales y erosión costera, de las mangas marinas , en un dique de Levante que ya tiene fisuras y deficiencias, en una ciudad que tiene un riesgo nivel de riesgo sísmico importante...

En este caso, no se ha evaluado si el terreno es peligroso, si tiene una capacidad idónea. Una vez que ubiquemos la construcción en ese punto ya habremos creado la exposición y generado el problema. No hablo de la seguridad del edificio, hablo de la seguridad de ese espacio.

A usted no le gusta ese proyecto.

No. El rascacielos del Puerto me parece absolutamente innecesario. Nuestra identidad como ciudad, las particularidades que tiene Málaga desde el punto de vista territorial y urbanístico, tienen mucho que ver con esa cercanía del mar a la montaña. Nuestra identidad es esa. Ese patrimonio paisajístico, esa impronta que tiene tan particular nuestra bahía con la montaña, que hace de telón de fondo, genera una imagen muy identificativa y particular que no tienen otras ciudades.

Por eso es muy gratuito alterarla con un modelo constructivo que es muy añejo, que está muy pasado de moda, que pertenece a otro tipo de ciudades como Dubái, como Singapur, ciudades que no tenían nada que perder cuando construyeron esos espacios. Pero no es nuestro caso. En cualquier caso, no estamos hablando de la oportunidad o no de un rascacielos, sino de la oportunidad del lugar en el que se pretende ubicar. La ubicación define absolutamente la imagen de la ciudad.

"Lo que es inaudito es que un cambio de uso de esta magnitud (Torre del Puerto), en un espacio que está llamado a recibir distintos tipos de amenazas, haya esquivado tan ostensiblemente un procedimiento administrativo reglado de evaluación del riesgo"

Desde su punto de vista, ¿es un sitio de riesgo para una construcción de esas características?

Sí, es un sitio de riesgo para una construcción de esas características. La ley de Suelo de 2015 indica que se declaran no urbanizables los terrenos con riesgo, con especial atención a los que incrementan con el cambio climático, como lo derivados de los embates marinos, inundaciones costeras y ascenso del nivel del mar. No quiero decir que después la construcción invierta un esfuerzo extraordinario en que se gane seguridad. Procurarán cimentar hasta el infinito. Pero lo que es inaudito es que un cambio de uso de esta magnitud, en un espacio que está llamado a recibir distintos tipos de amenazas, haya esquivado tan ostensiblemente un procedimiento administrativo reglado de evaluación del riesgo. 

¿Y sobre el modelo de ciudad?

El contexto de cambio climático incide en el incremento de riesgos que afectan de forma particular a nuestra ciudad. El escenario es de incrementos de olas de calor, de sequía, de inundaciones, de incendios, de temporales y erosión costera, de contaminación de acuíferos. 

Tendríamos que estar aprovechando las oportunidades que brinda el marco europeo para el refuerzo de nuestra infraestructura verde. Nos va a hacer mucha falta para luchar contra estos riesgos. 

Esos riesgos afectan no solo a la población, sino a nuestra clave económica. La ciudad de Málaga es particular porque tiene muy buen clima, muy buen estar en la calle. Si esas constantes de confort ambiental se van a ir reduciendo, deberíamos ser los más interesados en utilizar la estrategia y las herramientas que se proponen para no seguir saturando densidades y aumentar los espacios de refresco, de sombra. Sustituir cemento por verde tanto a nivel intraurbano, para regular el calor, como en el espacio periurbano de la ciudad que regula la erosión y la virulencia de las inundaciones.

El modelo de construcción de rascacielos dentro de la trama urbana ya saturada es erróneo en este sentido. Claro que se pueden construir, pero en espacios que sean más proclives, que no saturen, en nuevos entramados de ciudad. El modelo de generación de la ciudad y de relación con el territorio no es un modelo resiliente, no es un modelo que se base en aprender de los errores. 

Es un defecto que tenemos en el entorno malagueño, es esa sensación de aprovechar nuestros recursos con una intensidad tal que acabamos por matar a la gallina de los huevos de oro. Eso es muy característico de Málaga, de la costa. Hay un texto de Brigitte Bardot cuando se alojó en Torremolinos. Describía donde estaba como un paraíso. Pero ¿cómo hemos sido capaces de utilizar ese paraíso hasta el punto de destruirlo? Se ha perdido por una actividad económica muy intensa, muy desasosegada, que beneficia a unos cuantos y que se podía haber utilizado con otra perspectiva. 

Con lo que comenta, no creo que esté muy satisfecha con la evolución de Málaga. ¿Comparte el entusiasmo que muchos muestran?

El entusiasmo hay que medirlo en estas coordenadas, el entusiasmo no nos puede llevar a perder el norte. Cuando las potencialidades económicas son muchas, el riesgo es utilizarlas de forma desmedida y sin tener control sobre las repercusiones y, de alguna forma, morir de éxito. Por ejemplo, el tema de la vivienda turística. Parecía un sector de oportunidad y hemos conseguido que los beneficiados sean pocos y los perjudicados muchísimos. 

El crecimiento es interesante si produce beneficio a los ciudadanos, pero si lo que hace es producir problemas sobrevenidos a los ciudadanos... ¿El crecimiento para quién? Por eso, el uso desmedido y un poco insensato de nuestra potencialidad nos lleva a que las repercusiones negativas sean mucho mayores que los beneficios. 

Usted participó en el primer y único concurso sobre el Guadalmedina.

En el caso del Guadalmedina hablamos de un río que ya cuenta con un nivel de intervención extraordinario. Por eso no creo que quepa una vuelta atrás. Es un río extraordinariamente artificializado. Al estar inserto en el entramado urbano requiere un tratamiento urbanístico.

Pero hay tratamientos suaves o muy duros y contundentes y lo que no podemos nunca olvidar es que es un río y que tiene una funcionalidad. El Guadalmedina tiene unas características de riesgo muy importantes, con la población expuesta al límite de su cauce. La seguridad de los caudales está asegurada por la presa del Limonero, que no tiene los niveles de seguridad física que la de Casasola, porque es una presa de material suelto.

Estamos observando desde hace tiempo problemas en los casos de inundación empírica. Cuando analizamos las inundaciones de Campanillas de 2020, vimos que la lluvia fue de un periodo de retorno de 25 años. Sin embargo, lo que se inundó es lo que estaba previsto en la cartografía oficial que establece los niveles de riesgo para un periodo de retorno de 500 años. Los modelos predictivos utilizados para gestionar la inundabilidad están subvalorando absolutamente la peligrosidad. Y a eso se le une el cambio climático.

En el caso del Guadalmedina, formé parte del equipo que propuso el tema de puentes-plaza. Pero era un momento en que había empezado la revisión crítica sobre todo lo que estamos diciendo ahora. Simplemente por eso, hoy sería más precavida si hiciera la misma propuesta. En cualquier caso, nosotros siempre propusimos puentes-plaza mucho más reducidos en tamaño. Lo que se propone ahora son puentes-plaza muy amplios, que vienen a ser una especie de embovedamiento encubierto.

Lo que está claro es que los ríos mediterráneos se pueden integrar en las ciudades, pero sin anular su personalidad y su morfología. Tenemos la percepción de que el río, su lecho y su llano de inundación es un espacio vacío que hay que utilizar. Es casi genético. Pero esa percepción hay que cambiarla porque aunque nuestros ríos no lleven agua buena parte del año, siguen siendo ríos. Ocultarlos en la trama urbana es como entender que son vergonzantes.

"(Guadalmedina) Estamos propiciando un incremento de la exposición urbana basándonos en la cuestionable garantía de que la peligrosidad se va a aquilatar. Las recomendaciones internacionales, y la propia experiencia empírica, apuntan en sentido contrario"

¿Para usted sería una temeridad ir adelante con el puente-plaza que se ha planteado?

Quien tiene que decir si es o no una temeridad es el organismo de cuenca, que se va a fundamentar en parámetros hidrológicos.

Hasta hace unos años ese organismo de cuenca decía que no se puede tocar el lecho y ahora dice que sí...

Claro, claro. Los criterios son adaptables, parece ser. En cualquier caso, las cosas hay que acometerlas con orden y con lógica. Para que la presa del Limonero funcione bien y no la podamos ver con problemas derivados, por ejemplo, de la cantidad de sólidos, tendríamos que haber reforestado la cuenca alta. ¿Por qué no empezamos por la ingeniería forestal? ¿Por qué siempre optamos por medidas rápidas, drásticas y no acudimos a la raíz? 

Si la producción de sedimentos no fuera tan grande, si la presa del Limonero no fuera de materiales sueltos, si no estuviera incrementando la torrencialidad de las precipitaciones con el cambio climático... Entonces podríamos decir que estamos en un espacio seguro. La realidad es que hay muchos puntos de incertidumbre.

Yo consideraría imprudente bajar las exigencias de seguridad para permitir la construcción de los puentes-plaza, habiendo además otras opciones. Estamos propiciando un incremento de la exposición urbana basándonos en la cuestionable garantía de que la peligrosidad se va a aquilatar. Las recomendaciones internacionales, y la propia experiencia empírica, apuntan en sentido contrario: la incertidumbre dentro de los datos y los modelos debe ser reconocida de manera explícita, y hay que tener en cuenta en la planificación que el futuro será diferente del pasado.