Ayer, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, habrán salido a las calles miles de féminas en el mundo para reivindicar los derechos de la mitad del ídem, por cierto, una mitad de humanos, una mitad de humanas, por tanto, sí, derechos humanos. Habrán faltado las mujeres afganas, las iraníes, sus masas sin voz, sin voces… Habrán faltado las ucranianas y las gazatíes, o masas de ellas, dedicadas a otros menesteres más perentorios, con otras reivindicaciones.

No las españolas, ni las francesas o las italianas, por supuesto las estadounidenses, que motivos tienen… Ellas al menos no habrán tenido más problemas para manifestarse con sus pancartas, más allá de los impedimentos particulares de aquellas que aún tengan que dar explicaciones y se vean sometidas a la verdad absoluta impuesta por otros. 

Y habrán acudido muchos hombres. Como cada año. En un número creciente de compañeros de existencia concienciados de que algo sigue yendo mal y que jornadas como esa del 8 de marzo sirven para recordarlo.

Por ejemplo, aquí en nuestro país, el 65% de las empresas no cuentan con representación femenina en sus Consejos de Administración. O solo el 36% de jefaturas de los medios las ostentan mujeres: la paridad se alcanzaría en el año 2074. En España, digo, no estamos tan mal. En Japón el porcentaje es 0. En Estados Unidos, de momento, un 47%. En los museos la dirección femenina alcanza solo el 18%. Afortunadamente, en política, se consiguió en 2024 casi el 50% de paridad.

Se dieron estas cifras en la gala de Las Top 100 organizada por el vertical Magas de este periódico. Allí también pudo escucharse a Cruz Sánchez de Lara, vicepresidenta ejecutiva y editora de Magas y de ENCLAVE ODS, apelar a la ambición, la necesaria para seguir creciendo, porque "liderar —dijo— no es escalar, sino conseguir que otros quieran escalar contigo y que sientan que tu meta es la suya".

Hay más datos. Como este del informe Women in Business, de la consultora Grant Thorton, que enciende el semáforo rojo. Porque España, a pesar de ser el mejor país europeo en cuestiones de liderazgo femenino en la empresa, ve cómo caen sus cifras de directivas, hasta el 38%. Pero también las de CEOs, situadas en el 19,3%. Y la catástrofe se refiere a las presidentas de compañías: solo un 4,5%.

Hay otras reseñas. Más allá de las empresariales. Dice la ONU que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual en algún momento de su vida. La Organización Internacional del Trabajo reconoce que las mujeres ganan, en promedio, un 20% menos que los hombres por el mismo trabajo. Reporta la UNESCO que 132 millones de niñas en el mundo no asisten a la escuela

Y no olvidemos a las indígenas, a las migrantes, a las que están viviendo en zonas de conflicto bélico. Sufren la doble discriminación, por su condición social, económica y política y por la femenina. Sin duda. No olvidemos a las ucranianas: ha habido más de 1,5 millones de desplazadas internas, según ACNUR. Ni a las gazatíes. La ONU cuantifica que el 70% de la población que necesita asistencia humanitaria en la franja son mujeres y niños.

Todas lo valen. Todas lo valemos. Todas se merecen otros destinos. Y no es una casualidad que justo esta misma semana se estrenara el documental The final copy of Ilon Specht, realizado por el oscarizado Ben Proudfoot, en torno a la figura de la creadora del eslogan que más veces se repite, se ha repetido, se repetirá y se autorepetirá: "Porque yo lo valgo". La frase se ha convertido en una especie de consigna no solo feminista sino del reconocimiento total y absoluto de una misma, de uno mismo, de cada una de las personas, todas grandes, todas valiosas, todas diferentes.

El eslogan, y lo cuenta el filme, está fraguado, como ocurre en general en las grandes historias, en torno a una de amor, y no precisamente romántico.

Ilon, que murió en 2024, era en los años 60 una exitosa directora creativa de agencias de publicidad. No hay que haber estudiado esta carrera ni haber visto la serie Mad Men para saber que eran épocas en que aun la vida de las mujeres giraba alrededor del hombre en la mayoría de los anuncios. Ella motivó el gran cambio. Y, más allá de que comenzara entonces la pujanza de los movimientos feministas, su lucha le nacía de dentro. 

En el documental, la hijastra de Ilon —hija de un importante publicitario con el que se casó— relata que su auténtica madre minaba su personalidad desde la más tierna infancia y que el matrimonio de su padre cambió su vida. Porque, asegura que Ilon "fue mucho más allá de lo que le correspondía, para hacerme sentir que yo valía la pena y es lo que también hizo por otras mujeres. Ella me salvó". 

Specht creó aquel eslogan que no nos ha abandonado y lo convirtió en legado. Y todo porque no quería escribir consignas destinadas a que las mujeres se sintieran bien para los hombres. De hecho, en su agencia intentaron que aquella frase para, entonces, el champú Preference de L’Oréal, la dijera un hombre. Ella consiguió torcer aquel destino para darle el protagonismo a la mujer. Y hasta ahora. Las mujeres del mundo podemos estar agradecidas. Aunque ella, en el documental lo extiende y afirma: "O todos valemos o nadie vale".