Tiene mérito que en la semana de los juicios de las tarjetas black y del caso Gürtel, el posnavajeo del PSOE, los “debates” en Podemos y la prolongación de las gansadas independentistas (aromadas con el sobaco de Anna Gabriel), el protagonista haya sido Chiquito de la Calzada. Mérito significativo: los españoles han escogido fijarse en un hombre íntegro, bondadoso y genial. Durante unos diítas al menos.

Ahora que andamos pochos, conviene recordar que hace veinte, veintidós años, España era un país optimista. El ciudadano común salía y no paraba de cruzarse con otros ciudadanos comunes que imitaban a Chiquito, en la calle, en las tiendas, en los bares, en el trabajo... Cuando dos amigos se encontraban, nada más verse avanzaba el uno hacia el otro dando los pasitos característicos, sacando el culito, doblando levemente la cintura y dando puntaditas en el aire con las manos (¡aquello sí que era coser!), hasta estallar en el “Comooorl... Jarl... Pecadorrr”. No había conversación, por seria e importante que fuese, que no se relajase en algún momento con entonaciones chiquitescas. Sitúo en aquellos años nuestro mayor periodo de felicidad colectiva desde la Transición.

Que aquel contagio unánime lo produjese un solo hombre sigue pareciéndome asombroso. Y que lo que contagiase fuese un arte tan fino: una locura tan aquilatada de originalidad alcanzada a partir de lo popular y sin rebasarlo; desde Lorca, nadie entre nosotros había logrado ser tan popular y tan sofisticado a un tiempo. El escritor Luis Landero escribió en su día un precioso artículo sobre el rastro de la gestualidad japonesa en el humorista: “Chiquito se quedó fascinado con el laconismo gestual y ceremonioso del Oriente. Por eso él no hace gestos completos: sólo los esboza. O los inicia y enseguida los suspende y se echa atrás, como asustado o maravillado de ellos”. Y yo suelo decir que, por lo que ha hecho con el lenguaje, es lo más parecido que hemos tenido a Joyce, que sus parrafadas son nuestro Finnegans Wake



En Málaga se le veía siempre del brazo de su mujer, y la muerte de esta hace cuatro años ha dejado triste al hombre que nos alegró la vida. Los instantes más emotivos del programa de Bertín fueron los de la evocación de la pérdida. Curiosamente, con Chiquito ha ocurrido lo mismo que con Savater. Quizá la alegría que nos prodigaron ambos fue el excedente de su amor doméstico: por eso nos sentíamos en ella como en casa.

La gran frase definitoria del chiquitismo –no recuerdo si era de uno de sus imitadores, pero da igual: la obra de estos forman parte del corpus– era “al pan peich y al vino jánder”, con su aligeramiento de la pesadez castiza y la implantación de una lógica con sorpresa. Y el sketch más representativo era el del concurso Intente no imitar a Chiquito, en que el concursante debía aguantar un minuto entero sin imitarlo: tras 58 segundos angustiosos, se rendía en el 59 con un “No puedorrrr, no puedorrrrr”. Y así era: no podíamos estar sin imitarlo. Tal vez las cosas se jodieron cuando empezamos a poder.

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