
Hernán Lara Zavala. Foto: Instituto de Cultura y Artes del Gobierno del Estado de Campeche.
Hernán Lara Zavala: en la muerte de un hombre verdadero
Era querido por miles de lectores. Me dolía y me duele que en España se le conociera tan poco, que los lectores españoles se perdieran sus novelas y sus pasmosas lecciones de literatura inglesa.
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No me gusta escribir obituarios y mucho menos de mis hermanos de la vida. Tampoco me gusta expresar por escrito y publicar mis emociones íntimas, que las guardo para mí. De modo, lectores, que estas notas no son un obituario. Es un pronunciamiento por Hernán Lara Zavala, por la amistad profunda que sentí por un hombre verdadero a la hora de su muerte. Y un descargo de conciencia.
La gran novelista mexicana Mónica Lavín, íntima amiga común, me llamó hace poco menos de dos meses desde México para comunicarme la triste noticia: Hernán se había caído y en el golpe se había fracturado el cráneo. Estaba grave, pero la esposa de Hernán, Aída, espléndida mujer, tenía esperanzas de su recuperación.
El sábado último por la noche, Mónica volvió a llamarme desolada: Hernán no había podido resistir y había fallecido hacía unas horas. La pegajosa tristeza me emborrachó y no me dejó dormir en toda la noche. Toda la noche despierto pensando y recordando a Hernán: nuestras aventuras literarias en Monterrey, donde lo conocí hace más de 40 años, los viajes interminables por el mundo: Lima, Buenos Aires, Barcelona, París, Chicago, Bogotá: diálogos sobre la literatura y la vida durante noches enteras.
Una botella de tequila y dos vasos sobre la mesa y la voz magistral de Hernán impartiendo magisterio. Profundo y experto conocedor de las literaturas inglesas y norteamericanas aprendí con él muchas cosas que no sabía: desde los sonetos y las tragedias de Shakespeare hasta las novelas de Hemingway y Faulkner.
Nos perdíamos en las cantinas tradicionales de Ciudad de México, desde la Plaza de Garibaldi a las tabernas nocturnas de La peligrosa Lagunilla, desde la Ópera al Habana: botella de tequila, vaso tras vaso, e interminables conversaciones entusiastas y profundas con Hernán, que más de una vez me llamaban a releer esos clásicos y buscar en sus textos los rincones escondidos de los que me hablaba entusiasmado el novelista mexicano.
Un regalo. Como lo eran las clases de Hernán en la UNAM. Por eso era el ídolo absoluto de todos sus alumnos, curso tras curso, año tras año. Novelista extraordinario, les recomiendo de su obra Península, Península, una gran novela de su tierra yucateca que recibió grandes premios en México y Estados Unidos. Y aplausos de sus miles de lectores porque todos sabían que estaban leyendo a un gran novelista. Promotor y fundador de revistas literarias, cursos especiales sobre literatura, creador de foros universitarios internacionales.
Tenía un estilo físico muy particular: pantalones vaqueros celestes, camisas vaquera del mismo color, cuando no a cuadros, chaqueta de cuero cuando no azulmarina de tela vaquera y zapatos de cordón color vino: ese era su uniforme cotidiano, su ropa de trabajo. En ocasiones de gala o actos solemnes, Hernán se vestía con trajes y corbatas envidiables, impolutas, parecía un actor del alto Hollywood.
Más los gestos de su rostro, el movimiento de sus manos perfectas mientras hablaba y reía, su voz magistral, desde luego, su bigote mexicano, su pelo entrecano cayéndole por debajo del cuello y de sus hombros. Un hombre refinado con los años y el roce de la vida que ni en los momentos más engorrosos perdía la serenidad de su voz y su mirada.
Era un ciudadano integral, que llamaba la atención donde estuviera. Su imitación de Octavio Paz declamando sus versos se hizo legendaria en México y en todo el mundo de habla hispana. Un ser extraordinario que rompió con estudios y formación, con respeto y voluntad, la vulgar mediocridad de cualquier ambiente.
Ese era Hernán Lara Zavala: la lealtad encarnada en un hombre verdadero. Leal, amable, encantador, generoso, hacía amigos por donde caminaba y era querido por miles de sus lectores. Me dolía y me duele que en España se le conociera tan poco, que los lectores españoles se perdieran las novelas y las pasmosas lecciones de literatura inglesa.
Un tarde, en Tampico, el puerto mexicano por donde entró Trotsky a México y por donde salió el Gramma de Fidel Castro para fundar la Revolución cubana, tuvo un lugar un acto en el que íbamos a participar los dos ante un público que llenaba la gran plaza de la ciudad, a la intemperie, unos minutos antes de empezar y de repente, su esposa Aída tomó en sus manos y por sorpresa el micrófono, mandó callar al público y dijo con firmeza entusiasta: "¡Mi marido es un gran escritor!".
La gente se quedó estupefacta y en silencio. Un segundo después, Aída me entregó el micrófono. Tomé la palabra y con la misma firmeza entusiasta en mi voz dije: "Señoras y señores, esto no solo es una declaración de amor. Es sobre todo una verdad evidente. Lean sus libros y lo entenderán todo". La gente empezó a aplaudir y no dejó de hacerlo en cada intervención de Hernán Lara Zavala.
Después, al terminar el coloquio, nos fuimos a tomar una botella de tequila. Dos vasos y, trago a trago, a celebrar. Y, sí, claro que era una verdad evidente. Y ahora, en la hora de la muerte cruel de Hernán Lara Zavala, nacido en 1946 (el mismo año en el que yo había nacido en Canarias), lo recuerdo y lloro en la madrugada de Madrid, con insomnio y pena.