
Elenco de 'El Gatopardo', adaptación de Netflix.
'El Gatopardo', versión Netflix: una adaptación rebajada, empoderada y clasista
El conocimiento de Tom Shankland, director de la serie, sobre la novela de Lampedusa se intuye escaso tras visionar las seis horas de su metraje.
Más información: La actualidad de 'El gatopardo': cambiarlo todo para que nada cambie
"Sedara, un consejo: las tulipas, jamás con el frac”. El Príncipe Salina se ríe en la cara de su oponente burgués justo antes de empezar el baile en El Gatopardo versión Netflix. La pulla de Don Fabrizio, interpretado por un sensacional Kim Rossi Stuart que quiere ser Burt Lancaster sin conseguirlo, es brillante y además casi parece resumir esta adaptación.
Las tulipas son estridentes en su cromatismo, quieren destacar a las primeras de cambio y lucen como si fueran artificiales, mientras el frac es elegante de manera natural, aunque no casa bien con cualquiera, es un conjunto sólo reservado a la clase, pues quien carece de ella y se atreve a portarlo sucumbe al más absoluto ridículo.
Las flores son, por si lo dudaban, la serie de 2025 dirigida por Tom Shankland, un cineasta británico más bien desconocido pese a sus años en la profesión, tantos como para dirigir un capítulo de House of Cards en 2016. Su conocimiento de la novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa se intuye bastante escaso tras visionar las seis horas de metraje, como es comprensible muy acomplejado con relación a la película de Luchino Visconti, Palma de Oro del Festival de Cannes de 1963 y un monumento de las Artes del siglo XX.
Las comparaciones son odiosas y llegarán. Al tener tan ilustres precedentes es inevitable meditar los seis episodios de la plataforma a partir de la herencia y el gran problema de adaptarla a nuestro presente, tan presentista, ceñido a una serie de estándares que han convertido las obras cinematográficas en perlas raras en contraposición a lo hegemónico de muchas producciones intercambiables entre sí, productos.
Este lo es al 100% y tiene la grandiosa virtud de sintetizar a la perfección lo normativo de su época, aficionado a considerar al espectador como un ser sin ambiciones visuales, un conformista dispuesto a tragarse cualquier mensaje aséptico, o no tanto.
Lo preocupante es que todo recibe un apoyo incondicional de Feltrinelli, feliz por celebrar los setenta años del sello con este lanzamiento que propicia una nueva edición de la novela en las librerías italianas con la fajita de Netflix en la cubierta y ningún recuerdo a cómo el texto se publicó en Milán gracias a la valoración de Giorgio Bassani para cubrir de oro al jugador por antonomasia de la literatura europea de los cincuenta, Giangiacomo Feltrinelli, quien así encadenaba su segundo bombazo tras el de 1957 con Doctor Zhivago, de Boris Pasternak.
Los asistentes a las salas de cine de 1963, no solo en Italia, quizá habían leído la novela póstuma del noble siciliano y sabían por supuesto de Luchino Visconti, un director con descendientes que fueron los amos de Milán e ideología comunista, por eso mismo Alberto Anile y Maria Gabriella Giannice titularon su ensayo sobre el filme con el título de Operazione Gattopardo: come Luchino Visconti trasformó un romanzo di destra in un successo di sinistra (Feltrinelli, 2017).

Izquierdas y derechas son muy prescindibles en la serie, que rehúye el enfrentamiento con la leyenda desde el principio. En la versión de 1963 el soldado muerto en el jardín de la villa muestra el ingreso de la historia en el seno de ese orden tan antiguo e inamovible.
Aquí el milite ignoto y fallecido es una anécdota, la conciencia de estar ante otro tiempo sí, pero sin la poética de antaño, con las frases más célebres de novela y película situadas en otros escenarios y algo a destiempo por ese miedo a mirar cara a cara la maestría pretérita.
En este Gatopardo esa omnipresencia de la Historia cede, por nivel intelectual y acorde con las tendencias del siglo a rebajar el contenido, a un enconamiento de clases. Visconti brindaba al público más densidad sin juzgarlo incompetente, mientras hoy en día el decrecimiento conlleva descartar temas fundamentales para aligerar la trama, centrándola con machaconería en la nobleza del Principe y el amor con actores y actrices insustanciales.
No se comprende cómo tuvieron la osadía de querer ser Alain Delon o Claudia Cardinale, algo que desde luego no son Saul Nanni y Deva Cassel, respectivamente Tancredi Falconeri y Angelica Sedara, la unión matrimonial de la aristocracia y los burgueses en auge. Cambiar todo para que nada cambie.
Eso dice el sobrino a su tío, el Príncipe, aquí a caballo con ese típico rayo de sol tan Instagram. El ángulo que nos falta del trío es Concetta, la hija de Don Fabrizio interpretada por Benedetta Porcaroli, fantástica al aprovechar este caramelo, con más presencia que otrora tanto por la imposición de protagonismo femenino como por hacer suyo el personaje, si se quiere el eslabón perdido en la derrota tanto en la novela como en la película.

Saul Nanni y Deva Cassel en 'El Gatopardo'.
El factor Concetta es el que hace reventar las coordenadas a las que estamos acostumbrados para El Gatopardo, transformándolo en ese folletín de amor con aire a Bridgerton con acento en el clasisimo. En Lampedusa y Visconti la construcción del personaje Príncipe Fabrizio di Salina era coser y cantar, bien por el origen de ambos creadores, bien porque sabían, volvemos a la tulipa y el frac, cómo el menos era más a la hora de exhibir el porte aristocrático, en 2025 muy recalcado para alegría de Kim Rossi Stuart e impresionar al auditorio menos documentado por esa exaltación de lo que nunca será como antes.
El llanto perpetuo del Príncipe quizá deba conectarse con el gusto emocional impuesto a cucharadas, un absurdo cuando la obra tiene como uno de sus ejes la valentía del patriarca con la Historia, ese cambiar todo para que nada cambie que lo hermana más con Tancredi, aquí aún más mediocre y signo de los tiempos.
La supervivencia no vendrá del abolengo, sino de la avidez de las hienas y chachales, encarnadas por Calogero Sedara y Angelica una transacción carnal para sellar el viraje hacia otros derroteros. Cassel, hija de Vincent Cassel y Monica Bellucci, enfunda el mismo vestido en todos los momentos cumbres, hasta en el baile, quien sabe si por asumir lo utópico de asimilarse con Claudia Cardinale.
La flaqueza del sobrino y la hija de los potentados de signo opuesto aumenta la estatura de Concetta, una mujer frustrada y fuerte ante pactos que vetan su amor por Tancredi, aun así empoderada, con las hechuras de su padre y por lo tanto poderosa, dueña de las riendas de su destino, única con mimbres para alargar el prestigio de la estirpe.
En El Gatopardo viscontiano la sucesión entre tío y sobrino es un plano en que el rostro de Tancredi irrumpe en el espejo que usa Don Fabrizio para afeitarse. “Zione, bisogna cambiare tutto affinchè nulla cambi”. Aquí el cristal que asocia es con Concetta desde la sangre y la continuidad de aquello tan lamentado, pues con el otoño del Príncipe asoma el adiós de un savoir faire imposible de reeditar, bañado de liderazgo incontestable.

Fotograma de 'El Gatopardo'.
En el baile, este último mohicano de los suyos pronuncia la frase sobre que ellos fueron los guepardos. Luego llegarán las hienas y los chacales, unos y otros se creerán siempre la sal de la tierra. Usarla en esa conclusión altera todo el sentido del relato por el empeño en dar con la tecla épica en otra parte, relegándose la historia ante el héroe individual, dignificado por Rossi Stuart, y la obligatoria vuelta de tuerca femenina de ese factor Concetta.
Es lícito imaginar esta versión en manos de un director italiano en vez de Shankland. No quedan Viscontis en la arena. La fantasía nos transporta a Paolo Sorrentino y una afinidad electiva y estética del napolitano conduce a Yorgos Lanthimos. Su adaptación sería un festival desde su lenguaje, reconocible, autoral.
Esta de Netflix lo tiene desde la normatividad y sería una buena noticia que interesara a las generaciones más jóvenes pese a no alumbrar nada nuevo bajo el sol, ni sus redundantes destellos de anuncio televisivo lo son. Un éxito de esta producción sería convidar a la lectura de la novela lampedusiana y el filme del titán lombardo. "Sedara, gli do un consiglio: le tulipe mai col frac".