Image: Matar a un periodista. El peligroso oficio de informar

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Ensayo

Matar a un periodista. El peligroso oficio de informar

Terry Gould

22 octubre, 2010 02:00

Terry Gould. Foto: Paul McGrath

Traducción de Isabel Murillo. Libros del Lince. 2010. 334 páginas. 23 euros


Averiguar las razones que llevan a un periodista a desafiar el riesgo hasta caer muerto por causa de sus informaciones es el objetivo que condujo al también periodista Terry Gould a indagar en la vida de siete colegas en los cinco países con mayor número de asesinatos. No quería investigar los asesinatos sino la biografía de los asesinados, lo que le ocupó cuatro años y le permitió elaborar un informe muy oportuno de un drama frecuente que a veces pasa inadvertido. Cuando el autor abandonaba Moscú, adonde había acudido para entrevistarse con Anna Politkovskaya, a la que no pudo conocer pues fue asesinada esos mismos días, tuvo que explicar en su hotel quién era aquella combativa periodista tan bien conocida en Occidente por sus trabajos de denuncia de la corrupción política. La ocultación de su existencia es otro precio que el poder inicuo impone a veces al periodista incómodo. El asesinato de Politkovskaya ocupaba grandes espacio de la televisión occidental, mientras se despachaba en un minuto en las emisoras rusas.

El libro de Gould se adentra en los tragedias de Guillermo Bravo Vega, de Colombia; Marlene García-Esperat, de Filipinas; Manik Chandra Saha, de Bangladesh; la ya citada Politkovskaya, de Rusia; Valery Ivanov y Alexei Sidorov, también de Rusia, y Khalid W. Hassan, de Irak. Los siete casos participan de varias coincidencias: todos fueron asesinados tras la difusión de informaciones acerca de acciones irregulares, corrupciones del poder o flagrantes delitos; todos eran conscientes de los riesgos que les acechaban pero disponían de escasas medidas de seguridad, trabajaban en condiciones desfavorables y vivían a veces como si el peligro fuera irreal; en todos los casos, el interés de policías y jueces por castigar a los asesinos fue insuficiente, hasta llegar a la desfiguración del hecho o su aparcamiento en vía muerta.

También coincidían en su objetivo profesional. Querían denunciar arbitrariedades, injusticias, abusos, corrupciones. En palabras de Gould, "creían apasionadamente en el principio de que hay que impedir que el poderoso oprima al débil", y "pese a sus fallos y defectos, cada mañana iban a trabajar con la convicción de que el objetivo del periodismo es defender a quien está indefenso". Aunque estas frases huelan a literatura épica, es verdad que la información constituye un valor social de primera magnitud y que las sociedades informadas están mejor defendidas frente al atropello. Los ideales que se puede perseguir con el ejercicio informativo han sido también la causa de una supeditación del periodismo a otras ambiciones y en este libro queda bien a las claras cómo a veces es la política o el partidismo (Saha) lo que mueve las voluntades. Eso nadie puede impedirlo y es el público el que ha de distinguir el periodismo como servicio a la sociedad del periodismo como servicio a una idea.

Claro que a veces es la propia sociedad la que prefiere seguir ciega. Politkovskaya, por ejemplo, se indignaba porque la mayoría de los rusos no querían conocer lo que sucedía en su país, "razón por la que podían cometerse tantas atrocidades" (p. 158). "¿Por qué necesitamos saber esto?", le interpelaba la gente. En esos momentos el periodista ha de entender que sirve a la sociedad informando de lo importante aunque no quiera conocerlo. Esta determinación es lo que guió la vida de esos periodistas a la tumba, que han demostrado con su sacrificio que el silencio es el mejor aliado de la corrupción y un enemigo declarado de la libertad.