Francisco Barro es investigador del Instituto de Agricultura Sostenible del CSIC.

Francisco Barro es investigador del Instituto de Agricultura Sostenible del CSIC.

Salud

El español que es la gran esperanza de millones de celiacos y al que Europa cierra las puertas

El equipo de Francisco Barro ha conseguido un trigo sin gluten mediante CRISPR pero la UE sigue considerando estos productos como transgénicos.

21 junio, 2024 02:49

Francisco Barro conoce todos los secretos del trigo. Lleva casi 30 años dedicados a estudiar este sencillo cereal que nos acompaña desde los albores de la civilización y ha sido el más consumido en el mundo occidental a lo largo de los siglos.

Sus investigaciones han dado un resultado extraordinario: la posibilidad de crear un trigo sin gluten. Esta proteína, omnipresente en nuestra alimentación diaria (también se encuentra en el centeno o la cebada), complica la vida del 1,5% de la población que sufre celiaquía.

Su trabajo, pues, sería una liberación para el más de medio millón de personas que en España sufren esta enfermedad autoinmune para la que no hay cura: la única solución es una dieta sin la más mínima traza de gluten. Pero la Unión Europea no permite cultivarlo dentro de nuestras fronteras.

Lo que sí permite es comprarlo, así que el trigo creado por Barro y su equipo del Instituto de Agricultura Sostenible del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) tendría que ser cultivado fuera e importado por España y el resto de países europeos si queremos disfrutar de sus ventajas.

"Ni siquiera las multinacionales se atreven a meter este tipo de cultivos en la Unión Europea, les sale más rentable hacerlo fuera", comenta con resignación. "Esta legislación echa para atrás a cualquier tipo de empresa que quiera cultivar y comercializar el trigo en Europa".

La regulación europea, aprobada en 2001, es una de las más restrictivas del mundo respecto a los productos de origen biotecnológico. Tanto, que en más de dos décadas solo se ha aprobado una variedad de planta modificada genéticamente: el maíz Bt, creado para resistir las plagas de orugas conocidas como taladros.

"Pero hay más de 100 productos con características similares que importamos de otros países", señala.

Sin embargo, hay una ventana de esperanza: el pasado 7 de febrero, el Parlamento Europeo aprobó una propuesta de la Comisión que regulaba, en las plantas, las nuevas técnicas genómicas, entre las que se encuentra CRISPR, una herramienta conocida como corta-pega genético.

Entre sus muchas ventajas, CRISPR permite modificar el genoma con una precisión desconocida hasta el momento. Es decir, no crea productos transgénicos (aquellos en los que se inserta un gen extraño) sino que se usa para activar o desactivar un gen concreto cambiando una de las letras (A, C, T o G) del ADN.

En 2018, el Alto Tribunal Europeo consideró, no obstante, que los productos obtenidos mediante CRISPR eran similares a los transgénicos, por lo que su obtención y aprovechamiento estaba restringido dentro de las fronteras de la Unión Europea.

Fue una sentencia descorazonadora para el equipo de Barro, así como para miles de investigadores europeos que buscan mejorar las vidas de la gente con plantas más resistentes a plagas y al cambio climático.

La propuesta aprobada el pasado febrero puede colocar a Europa, si no a la vanguardia biotecnológica, más cerca de ella. Pero todavía queda un paso crucial: el texto final que actualizará la directiva debe aprobarse por el Parlamento surgido de las elecciones del 9 de junio.

Historia del trigo sin gluten

La idea original de Barro era justo la contraria. Pretendía crear un trigo con más gluten, que la calidad de la harina para hacer pan, aumentando su esponjosidad... Hasta que se dio cuenta de que había una parte de la población que seguiría sin poder comerlo.

El gluten no es una única proteína sino que son un conjunto dividido en dos familias: gliadinas y gluteninas. Las segundas se relacionan con la viscosidad de la masa y las primeras con la elasticidad. Estas últimas son la que contienen el 95% de los epítopos, las moléculas que reconocen los anticuerpos y generan la reacción inmune.

Para eliminar las gliadinas, aprovecharon un método de defensa de las células eucariotas frente a los virus: estos tienen una doble cadena de ARN, que reconocen las células y lo atacan. La idea era hacer 'pensar' a la célula que el ARN expresado por por los genes que codifican las gliadinas eran de virus y evitaran su expresión.

Consiguieron un trigo similar al que contiene gluten. Las pruebas en ratas fueron un éxito, y los ensayos en personas mostraron que el pan fabricado con esta harina era seguro y mantenía las propiedades organolépticas del trigo natural.

Era un hito no solo para celíacos sino también para intolerantes y alérgicos al gluten: un pan de trigo auténtico, más sano que las alternativas sin gluten.

"El trigo es el único cereal panificable", explica Barro. "Con la harina de arroz o la de maíz hay que introducir ingredientes que permitan trabajar la masa, como azúcares y grasas, lo que los hace menos saludable".

Su pan, en cambio, mejoraba incluso la microbiota de quienes lo probaron, "favoreciendo la permeabilidad intestinal y reduciendo las diarreas, un efecto negativo habitual".

Pero había un problema: tenían que introducir nuevos genes para ello, por lo que su trigo se calificaría de transgénico, palabra fuertemente estigmatizada en Europa pese a que "nunca se ha demostrado que estos organismos generen problemas de salud o medioambientales. Pero la percepción negativa está ahí".

Un jarro de agua fría

Con la llegada de las nuevas técnicas de edición genética podían solventar este problema. CRISPR no introduce material 'extraño' en el grano de trigo sino que simplemente realiza una modificación precisa en la cadena de ADN.

En marzo de 2018 publicaron un trabajo, 'Trigo no transgénico bajo en gluten', donde explicaban sus resultados. El sueño de mejorar la vida de millones de celíacos estaba al alcance de la mano, pero solo unos meses después llegó un jarro de agua fría.

En julio de 2018, el Alto Tribunal de la Unión Europea sentenció que CRISPR no estaba eximido de cumplir la directiva europea que regulaba los organismos modificados genéticamente, equiparando sus resultados a los productos transgénicos.

Barro no oculta su animadversión a las organizaciones ecologistas, "sobre todo francesas, que frenaron los transgénicos en 1992 y volvieron a hacerlo en 2018, pues son las mismas las que plantearon la cuestión al Tribunal de la UE".

La sentencia era una forma de solventar de forma transitoria un problema cada vez mayor. Las técnicas modernas de edición genética aparecieron después de la directiva europea que tenía que regularlas, por lo que era necesario actualizar la misma.

En 2023, la Comisión Europea envió al Parlamento un borrador que facilitaba un poco las cosas. Las técnicas no transgénicas, como las mutagénesis dirigidas (uso de químicos y radiación gamma o ultravioleta), quedaban exentas de la regulación más dura.

"Llevan usándose desde principios del siglo XX", comenta Barro. Producen mutaciones aleatorias que, mediante cruce y selección, se van afinando. CRISPR sería comparable a esta técnica, pero sin introducir mutaciones no deseadas en otras partes del genoma.

El borrador fue aprobado por el Parlamento el pasado febrero, con 307 votos a favor, 263 en contra y 41 abstenciones. Tras ello ha pasado al Consejo de la Unión Europea, que lo debatirá con el nuevo y Parlamento y la nueva Comisión surgida tras las elecciones del 9 de junio, para dar paso al texto definitivo.

Número aleatorio de modificaciones

¿Eso significa vía libre para el trigo sin gluten? Barro tuerce el gesto. "No va a satisfacer a todos y hay muchas lagunas que depurar todavía. Por ejemplo, el límite a las modificaciones del genoma para considerarlo un organismo de tipo 1, no transgénico".

Ese límite está en 20 modificaciones. Es decir, 20 letras entre miles de millones, "un número arbitrario, ¿por qué 25 modificaciones tienen que ser más peligrosas que 19? Esto no tiene ningún sentido desde el punto de vista genético".

Sobre todo cuando los genes que codifican proteínas que disparan las reacciones inmunes al gluten son más de 100. "Nuestras células son diploides, tenemos dos pares de cromosomas, pero el trigo panadero es hexaploide porque tiene tres genomas: al hibridar en el pasado, en lugar de integrar unos genomas en otros se mantuvieron separados".

Por eso, Barro y su equipo creen que, de introducir un límite a las modificaciones, deberían serlo por cada genoma, no por organismo. "La fresa, por ejemplo, es octoploide, tiene cuatro genomas. No se podría hacer nunca nada con ella".

El investigador español lamenta la estrechez de miras de la Unión Europea cuando en otros países (Estados Unidos, Australia, Japón) no miran la tecnología sino el resultado final. "Si el trigo es comparable al natural, no hace falta regulación especial".

Su equipo continúa trabajando en este trigo sin gluten para que llegue al mercado cuando antes. "No hay que añadir aditivos ni hacer nada especial para cultivarlo". En el futuro está la posibilidad de continua con otros cereales, como la avena o la cebada. "¿Es posible una cerveza sin gluten? Por supuesto, lo que hemos hecho es extrapolable a otros cereales".

Lo único necesario es mantener separado el trigo sin gluten del que lo tiene, para evitar cruces. "Mientras menos trabas burocráticas pongamos, más beneficio habrá para el consumidor final, incluyendo el precio".